EL QUE LA HACE DEBERÍA PAGARLA, por Javier Astasio


La frase "el que la hace la paga" es una vieja sentencia de esas que nos regala la sabiduría popular, usurpada por Rajoy y los suyos en los últimos tiempos, está resultando, a su pesar, li único fiable de lo que está saliendo de sus labios últimamente. Que conste que soy consciente que, si lo repite como una letanía, es porque cree que, con ella, construye un parapeto, un refugio, en el que ponerse a salvo de la debacle judicial que está abriendo el suelo a sus pies desde hace meses.
Supongo que Mariano Rajoy será consciente, aunque sea en cabeza ajena, de que juguetear con los tiempos y las leyes, como pretende y como ha venido haciendo la intrépida Theresa May, ventajista donde los haya, no siempre acaba bien. Mejor dicho, por lo general acaba mal. No hay más que ver el resultado de las elecciones celebradas ayer en el Reino Unido, en las que los británicos han corregido viejos errores, mostrando a la primera ministra la puerta de salida, haciendo evidente lo que todos dábamos por hecho, que no están dispuestos, al menos la mayoría, a dejarse en la gatera de una más que incierta seguridad los pelos de sus derechos y las garantías de que se respetarán. Theresa May apostó la libertad de los británicos a una reacción visceral de los ciudadanos al terror loco y acaba de perder la mayoría absoluta que heredó del nefasto Cameron. La hizo y la va a pagar con creces.
Algo parecido le está ocurriendo a Mariano Rajoy, cada vez más tenue, más difuminado, menos real en su presencia, como si pretendiese desvanecerse, desaparecer de una historia que no es en absoluto la que hubiese deseado para sí y los suyos.
El que la hace la paga, sí. Antes o después, pero la paga. La va a pagar Esperanza Aguirre, ya la está pagando, reducida a la nada, ella que camina desde la cuna un metro por encima del suelo que pisan los mortales, el servicio, que dirían en su casa. La está pagando con esta cura de humildad por vía de urgencia y, no tengáis duda, la pagará también en los tribunales, porque a nadie puede ya convencer de no era ella misma el barro de la charca de sus ranas.
La hizo y la ha pagado Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda, quien, con toda la prepotencia y el respaldo que fue capaz de darle el gobierno, su gobierno, y que se ve ahora como chupa de dómine por haber puesto la alfombra roja de la amnistía fiscal a centenares, si no miles, de defraudadores que escondían su dinero, en paraísos fiscales, bajo ladrillos o en altillos y en cuentas secretas en Suiza. Ayer supimos que eso que él y los suyos llamaron "regularización fiscal" y que no trató de ser y al final fue una amnistía para los defraudadores de tantos años, no cabía, cabe ni cabra en nuestra constitución, porque, como dejó por escrito en su fallo el magistrado ponente del TC y ex diputado popular, Andrés Ollero, y suscribieron por unanimidad el resto de magistrados, con esta medida se legitimaba el fraude, se quebraba el principio de que todos los ciudadanos somos iguales en obligaciones ante la Hacienda Pública, porque  "afecta a la esencia del deber de contribuir al sostenimiento de los gastos públicos, alterando sustancialmente el reparto de la carga tributaria a la que deben contribuir todos, según su capacidad económica, con igualdad y progresividad",
Todo un rapapolvo que el Gobierno trata de disimular pretendiendo hacernos creer que la sentencia no anula la amnistía, algo falso de todo punto, porque lo que finalmente no anula son los efectos de esa amnistía, ya que quienes se acogieron a ella, Bárcenas, Rato y otros famosos imputados incluidos, lo hicieron, porque creyeron que el procedimiento era legal. 

Sin embargo, lo que queda claro es que la medida de Montoro, impuesta por decreto ley urgente y amparada en la necesidad de aflorar esos capitales para ganar liquidez, resulto ser inconstitucional, porque se tomó, como tantas otras medidas de este gobierno heredero del anterior, el que martirizó a los españoles durante sus cuatro años de mayoría absoluta. El ministro Montoro la hizo entonces y debería pagarla ahora, al menos él, porque pretender que todos esos defraudadores acogidos a su ley y quienes le respaldaron, como el mismísimo Rajoy, parece que, de momento, es más u deseo que una realidad alcanzable.

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