El poster de los helados, por Gabriel Merino

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El algodón no engaña.

Me acuerdo cuando me padre me decía que de chaval con cincuenta céntimos se arreglaba o que volvió cobrando un pastón, creo que cuarenta mil pesetas, cuando regresó de la emigración a España. Me acuerdo también de cuando los saci, los bazooka y los pumby empecé a tener paga semanal, un duro, y cómo eso pasó a los cinco duros de final de la infancia o las quinientas pesetas de la adolescencia. Mi primera beca: treinta mil pelas.  O mi primer sueldo. Y me acuerdo, cuando empecé a ganar regularmente todos los meses, más o menos en 1985 o así, lo que valía una barra de pan o una entrada al cine o el metro o un taxi o una entrada de discoteca o una caña o un alquiler mensual de un piso.

 

El poster de los helados –superdifundido estos dias en internet- no engaña. Quince pelas el polo de limón, veinte un drácula y si ya te metías en virguerias, pagarte el pasote de treinta pelas –dieciocho céntimos- por un helado. Si: parece el rollo del abuelo Cebolleta. Pero no pensaría en esto si no fuera porque en el 89, antes de casarme, ganaba –verídico-más que ahora. Es verdad que era en la tele y que sólo estaba aquella; que trabajar allí  -para alguien que estaba a medias con la carrera de periodismo- era casi un privilegio, pero no es menos cierto que entraba a currar a las siete y media de la mañana y había dias que te habían dado las ocho de la tarde y no te habias ido aún. Destajo bien pagado. Pero … te comprabas un polo por quince pelas, si.

 

El primer paquete de Fortuna que me compré valía 12 pelas –siete céntimos de euro, ¡los veinte cigarrillos, todos!-; un bonobús de los primeros, con sus diez viajes, costaba creo que treinta pelas. La pistola, ocho pelas. Luego, ya cuando salía por ahí, un cubata  de ron guapo en el Joy Eslava debía costar el pasote de quinientas pelas -¡tres eurazos!-. La entrada al cine costaba entre los cinco duros y las 125 pelas que creo que costaba cuando empecé a salir con mi chica.

 

Por mi primera habitación en alquiler aportaba 15.000 pelas, creo, unos 90 euros. Y cuando me casé y pagábamos un piso entero en alquiler –era 1990- creo que nos fuimos porque tuvieron la cara dura de querérnoslo subir de un año para otro a unos 390 euros.

 

¿Por encima de las posibilidades?. Me metí en una hipoteca que podía pagar, cuando el piso en el que me metía me iba a suponer 20 años de pagos. Por lo que me dijeron que valía mi piso en 1990, diez años después daban eso cinco veces que, por cierto, tampoco lo valía. Yo nunca he cobrado en negro ni he defraudado ni he dejado de declarar el IRPF ni de pagar el IVA. No me he quedado en descubiertos bancarios. Mis tres primeros coches fueron de segunda mano, y cuando me compré el de primera mano, no costó lo que un yate.

 

Nunca he pedido que me concierten el instituto de mi hija porque es público, como fue su colegio y su escuela infantil. He cotizado lo que me mandó el pacto de Toledo sabiendo que España era el país con la natalidad más baja del mundo, y consciente de que me estaban aplicando una estafa piramidal consentida. Me fui del periodismo el día que me dijeron que con mi sueldo y trienios podían pagar tres becarios. Sé lo que cuesta un carro de la compra, un litro de gasolina y un café de barra de bar, no como algunos políticos. Sé por qué Bankia, ahora que acabo de terminar de pagar mi piso, me ofrece un préstamo con unos intereses –dice- ridículos. Y sé por qué yo no quiero pedírselo.

 

Cambiarme los dientes me ha costado lo que un coche pequeño. La pyme en la que trabajo las pasa putas y ahora tenemos que cobrar a los clientes un 18% de IVA -no sé cuánto será, por cierto a partir del próximo viernes. A ver si cogen las vacaciones y se acaban ya los consejos de ministros-. El campamento urbano de verano de mi hija –trabajamos los dos, por suerte o por desgracia- también sé lo que cuesta. Y lo que cobra Ana Botella por una multa de esos semáforos traidores que han instalado por todo Madrid. Y el IBI. Así que cuando veo el poster de los helados no puedo por menos de pensar en el sueldo que tengo y en que hay 400.000 políticos en España, uno por cada 100 españoles, que seguramente ni hacen estos cálculos ni necesitan cotizar lo que yo para cobrar una jubilación, una indemnización, un paro o un mordisco. Y  encima tienen las santas gónadas de decirme lo de las posibilidades.

 

Pues me pongo negro, ¡que quieren que les diga!

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