El poso, por Gabriel Merino

Crear idea de nación, de estado, de federación, de unidad requiere de símbolos y de educaciones. Cuando los niños (norte)americanos van al cole, lo primero que hacen es izar bandera, cantar el himno y escuchar su declaración de derechos y libertades. Pero hace 235 años, los Estados Unidos eran un vasto territorio variopinto cuajado de indios cheroquis y navajos, puritanos de Nueva Inglaterra, esclavistas sureños, misiones de California , esquimales, franchutes de la Luisiana, redactores tocquevillianos de constituciones, buscadores de oro, vaqueros, especuladores, vendedores de pócimas, familias que emigraban al oeste, petimetres de la metrópoli, negros sin derechos, pescadores de río, rednecks, exploradores de la tundra, sheriffs y espaldas mojadas. Y para crear la idea de estado les hizo falta bastantes más cosas que un banco central.

En Europa vivimos homosapiens –tengo dudas, pero creo que lo somos- desde hace tiempo inmemorial. Durante siglos la historia se ha escrito aquí, así que hay datos. Y en este continente hay pueblos de toda clase que, aún hoy, creo que mantienen sus rasgos primigenios de tribu: los ingleses siguen siendo anticontinentales pero expansivos básicamente porque son una isla; los escandinavos son frios, austeros y solidarios, de ahí su alta tasa de suicidio; los franceses, con eso de que están en el centro creen que de ellos emana la grandeur del continente; los alemanes, con haber formado su actual nación de los últimos, son los más nacionalistas. Aplican la doctrina Monroe de los americanos, pero aquí: “América para los americanos”, “… y lo demás también”, que decía Perich, con coña. Los suizos, con lo de la neutralidad y la opacidad del liberalismo, siempre han conseguido vivir muy bien a costa de los demás. Podría seguir con irlandeses, islandeses, griegos, húngaros, polacos…

Pero me voy a centrar en lo nuestro. De aquí dicen que somos un pais de colonizadores –básicamente porque hay que emigrar para medrar o prosperar- pobres, quijotes, impacientes, acrisolados después de mil invasiones desde la celta o la goda a la de los árabes a la de Napoleón. Los extranjeros que nos visitaban tradicionalmente siempre nos tenían por un país guerrillero, sanguíneo, racial, atrasado, de maneras hidalgas para mantener la apariencia, creyente en la providencia y, sobre todo,  cuando no pedigüeño, pícaro. Es un país donde la mayor parte de la gente resolvemos fácilmente los problemas de los demás mientras los tenemos irresolubles en casa.

Desde que nos han querido amalgamar a los 27 en un totum revolutum alrededor de una moneda nos dieron el carné de europeos sin necesidad de preparar la oposición ni libro de instrucciones. Veníamos de un régimen en que al demócrata, al disidente o al diferente no sólo se le veía con malos ojos sino que se le podía formar un consejo de guerra. Pues de ahí a estar en la Unión Europea sólo pasaron ocho años. Los políticos que se felicitaban por ese logro podían poner cara de europeos, pero los colegios, las familias, las empresas, las asociaciones seguían siendo las mismas que antes. La gente descubrió el hipermercado de las libertades y empezó a echar artículos al carro sin pensar –aunque lo intuyeran- que también había obligaciones. Hubo convenios sin trabajar, subsidios sin producir, subvenciones sin crear, empresas que cotizaban en bolsa que no fabricaban nada, lino sin recolección, aeropuertos sin aviones y derechos sin un solo deber.

Cuantas veces se exige aquí un derecho constitucional obviando los deberes aparejados, cuántas veces se invoca la presunción de inocencia o la prescripción ignorando la que te cae por el presunto delito en el código penal, cuántas veces se pide liberalismo cuando lo que se desea es que no haya regulación o fiscalización, cuántas veces se exige crédito sin saber que hay que devolverlo, cuántas veces se dice que se genera trabajo cuando el que lo da se lleva prácticamente todo lo que produce ese trabajo, cuántas veces se pide que vuelva Fernando VII al grito de “viva las caenas” ahora que la Pepa – aquella Pepa avanzada pero inmediatamente decapitada- va a cumplir 200 años.

Somos así. No nos han enseñado a ser otra cosa. Y hay muchos a quienes tampoco les gusta ni enseñar cómo se es europeo ni que te lo enseñen en el colegio. Pues de aquellos polvos vienen estos lodos.

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Gabriel Merino
Jefe de Opinión de Periodísticos.com

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