El perro rabioso, por Javier Astasio

 
 

Italia está pagando todos los años de populismo berlusconiano, todo ese tiempo en que ha estado sometida al caprichos e interesado gobierno de un empresario tramposo y ventajista -ojalá hubiese alguno que no lo fuese- todo ese tiempo en que se ha dejado mentir, complaciente, por las cadenas de televisión y los periódicos de tan patoso como peligroso personaje, un tiempo, en fin, en el que, como acabará pasando aquí si no lo remediamos, la gente prefería poner más atención y más fe a lo que "le pasaba" y le contaban en la tele que a lo que realmente ocurría en sus vidas.

Hubo de ser la crisis la que achicase en Italia la larga sombra del tramposo, pero, aún así, no tanto como para privarle de representación suficiente como para ser decisivo en la formación del gobierno, ante el autoflagelante nihilismo del Movimiento Cinco Estrellas del cómico Beppe Grillo. Berlusconi, no sé ya si porque no quiso espantar a los votantes o porque alguna de  sus múltiples condenas se lo prohibían, no figuró en las listas como candidato, pero estaba claro que siguió manejando los hilos de su partido marioneta y que su único interés en el parlamento era el de beneficiarse a su mismo, así que accedió a apoyar a Letta en la formación de su gobierno en el que se reservó varias carteras, aunque, probablemente,  con la única intención de ganar tiempo mientras los jueces se pronunciaban sobre su futuro.

La semana pasada lo hicieron, condenando definitiva e irremisiblemente al hombre más poderoso de Italia a una pena que lleva asociada su salida del Senado, algo por lo que el capo de capos de Italia no estaba dispuesto a pasar, así que rompió su baraja de cartas marcadas y se llevó del gobierno a los cinco ministros prestados, devolviendo a Italia a crisis pasadas. Y una vez más ha tenido que saltar a la arena el anciano presidente Napolitano, para encontrar una fórmula que permita salvar al primer ministro Letta y su gobierno y devolver al país a su ansiada estabilidad.

Y es en estas cuando parece que la única esperanza de salvar al gobierno para mantener esa difícil estabilidad radica en que alguno de los diputados y ministros del odioso Berlusconi se atrevan a traicionarle. Mientras tanto el dominó europeo ve con temor como la ficha de la economía italiana peligrosamente endeudada se tambalea, amenazando con derribar a las demás y la española, la primera.

No sé si, al final, la cordura volverá a ese país, lo que sé es que lo que está pasando allí es la lógica consecuencia de tantos años de coqueteo frívolo con el populismo y el fascismo, junto una terrible crisis de identidad de la izquierda que ha preferido salvar sus caros zapatos y sus bien remunerados escaños antes que meterse en el charco de sacar a la clase obrera del encantamiento a que la someten cada día las televisiones del villano.

Ese es, creo, el peor mal de Italia, España y otros países europeos que la izquierda, y los políticos que dicen representarla, entre defender a los ciudadanos y sus derechos o salvar su estatus en la política, eligen siempre esto último, abriendo hueco a personajes como Berlusconi o Beppe Grillo que, cada uno a su manera contribuyen a agrandar el sumidero por el que se van el bienestar y la esperanza de los ciudadanos.

Berlusconi es un monstruo, un perro de presa engordado por votantes torpes, egoístas o ambas cosas a la vez, que se ha vuelto rabioso y arremete contra todo y contra todos. Un monstruo más digno de la pedrada que le dieron en el mentón hace tiempo en Milán que de los juegos y las constantes caricias con que le han premiado hasta ahora. El perro está rabioso y lo malo es que es ahora cuando algunos se dan cuenta de que son ellos quienes están encadenados a su cuello y no al contrario. Y el perro prefiere morder, aunque se ahorque en ello.
 
 

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