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EL PATRIOTISMO DE CASADO, por Javier Astasio

 
Sé que es difícil creerme, pero os aseguro que cada día hago esfuerzos para no traer a estas páginas al líder del PP, aunque os aseguro que es él quien me lo pone difícil, porque un día sí día y otro también se empeña en mostrarse como es: estridente, indocumentado y falso, más parecido a un vendedor de mantas de esos que se acoplan a las excursiones del Inserso que al hombre de estado responsable que nos mereceríamos los ciudadanos.
Si cada intervención de Casado, de esas que su partido distribuye a los medios, cada fin de semana se pasase por el filtro de la verdad, pocas o ninguna sobrevivirían, pero hace tiempo, demasiado tiempo diría yo, que los medios en que tanto llegamos a confiar ya no se ocupan de la verdad y parece que se aplican con denuedo esa regla que corría, al menos en mis tiempos, por las redacciones; la de no dejar que la realidad estropee una noticia o un buen reportaje.
Está claro que, en tiempos en que la verdad se ha depreciado hasta límites inimaginables, tiempos en que lo que prima es lo vistoso, no lo importante, quienes carecen de escrúpulos y van sobrados de ambición se preocupan poco o nada por la verdad. Para ellos el monte del oportunismo está cubierto del orégano mentiroso con el que realzar la salsa de su éxito. No importa lo que se diga porque hoy la verdad importa poco y los efectos de una mentira se curan con los de la siguiente.
El pasado fin de semana, Pablo Casado regaló a los presentes en su mitin malagueño una revisión de la historia de España y del mundo que sería digna de un cuentacuentos chino, si no fuese porque a estos les preocupa más la verdad que a quien pretende gobernar este país. Habló como quien cuenta una proeza, un hito en la historia de la Humanidad, la masacre y el expolio que fue sucesivamente la conquista y la evangelización de América y que ahora la corrección política en boga obliga a llamar Hispanidad. Se ve que el niño Casado creció entre los sermones y las charlas del colegio religioso en que creció y las películas de Cifesa, "Alba de América", por ejemplo, con que quienes tenían mucho que ocultar barnizaron la siniestra verdad de la Historia.
Pero, si ridículo fue el cuento patriotero y grandilocuente del presidente del Partido Popular, más aún lo fue la parafernalia del propio mitin que, a falta de una Marta Sánchez que emborronase el himno, se sirvió del agitar de banderas perfectamente coreografiado, el movimiento efectista de la cámara y las casi lágrimas de Casado, más propias de Juana de Arco en la hoguera o de una virgen de Murillo para convertir un acto de precampaña en una misa patriótica.
Se ve que los asesores de imagen de Casado, él lo fue de Aznar y Rajoy, saben que deslumbrando a la gente con banderas y ensordeciéndola con himnos se le impide recibir los mensajes que le envía la realidad.
Hoy, masticadas las críticas al espectáculo del domingo, Pablo Casado se prepara para presentarse en Bruselas para contar a las autoridades comunitarias lo malos y lo peligrosos que son los socialistas y sus aliados los "podemitas", olvidándose de que un ministro de Sánchez, Josep Borrell, fue durante años presidente, un buen presidente, del Parlamento Europeo. Acude a Bruselas para llenar de barro las cuentas que llevará el gobierno ante la comisión europea, porque al patriota Casado le encantaría que fuesen rechazados, que volviesen los hombres de negro a imponer recortes, antes que conceder a su rival, uno de sus rivales, la victoria que supondría sacar sus cuentas.
Casado, como casi todos los patriotas desde arriba, es un patriota de sí mismo, alguien que, como los monstruos machistas, prefiere ver a su "amada" España muerta antes que en brazos de otro. Mientras tanto, su rival directo, Albert Rivera se frota las manos en silencio. La basta con ver al locuaz y mete patas poniéndose en ridículo día sí, día también.
 
 
 

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