El País: 40 AÑOS POR LA BORDA, por Javier Astasio


Como diría el personaje de Vargas Llosa en "La catedral", hoy, cuarenta años después de que viese la luz aquel sueño de libertad que vino a colmar tantas esperanzas, hoy soy yo quien se hace la terrible pregunta "cuando fue que se jodió "EL PAÍS". Hoy, cuarenta años después de aquel cuatro de mayo me pregunto qué le ha pasado a aquel sueño para convertirse en un amigo traidor al que ya no quieres ver. en un compañero de tantas cosas que, al final, se ha convertido en todo aquello que criticabais juntos.
Si alguien me dijese entonces que aquel periódico que diariamente llevaba como una bandera bajo el brazo iba a convertirse en un enemigo de la libertad de expresión me hubiese partido la cara con él, si alguien me hubiese dicho entonces que, de tanto arrimarse al poder, de tanto confundir sus intereses con los de los lectores, aquel periódico que estuvimos esperando tanto tiempo acabaría escondiendo verdades y dando pábulo a mentiras, no sé si llegaría a las manos, pero sí que acabaría con él a gritos.
¿Cuándo se perdió EL PAÍS, cuando dejo de ser lo que soñamos? Es cierto que durante el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 mantuvo la calma y la dignidad y ayudó a que los demás la mantuviésemos, es cierto que nos abrió los ojos a muchas cosas, que nos ayudó a entender el mundo en el que entrábamos y a que ese mundo nos entendiese, nadie puede ponerlo en duda, Pero también es cierto que, con los años, de tanto mirar la vida desde la cima del éxito, fue alejándose de nuestras cosas, de nuestros intereses,  de la realidad, ensoberbeciéndose, poniendo distancia con sus lectores que, pobres de nosotros tardamos demasiado en abrir los ojos.
Casi por azar llegué al periodismo y casi por azar acabé en el grupo editor de EL PAÍS. Llevaba unos pocos años en la SER cuando me tocó vivir la llegada del PRISA, del "grupo" a la cadena. Cambiaron muchas cosas, pero a PRISA le puse la misma fe que le había puesto a cambiar el añorado y valiente Informaciones por aquel periódico que vio la luz en la primavera de 1976. Es verdad que yo, aún un novato sin un puesto fijo, oía hablar de "invasión", de inexperiencia y cosas parecidas, pero, para ser justo, he de decir que la SER y, de paso, mi vida cambiaron y cambiaron para bien.
No éramos conscientes, pero quizá ese fuese el principio del fin. Los editores de EL PAÍS decidieron convertir aquel periódico en un grupo multimedia, con su radio, con su televisión, con sus revistas, al calor de un Felpe González "generoso" que, a cambio de teñir a su gusto la realidad, ayudó a crecer ese incipiente grupo que, como la flor de invernadero, creció mucho y vistosa, pero débil, tanto que, enseguida y especialmente desde que entró en la aventura de las subastas del fútbol, empezó a perder sus pétalos agobiada por los hongos y el pulgón del crédito.
Fue entonces cuando hubo que alimentar al monstruo que, para sobrevivir, como Saturno, tuvo que devorar uno tras otro a sus hijos. Fue entonces cuando, para mantener la cartera publicitaria, algún que otro crédito y ayudas para renegociar su monstruosa deuda, comenzó a no informar de aquello que molestaba a sus poderosos amigos, por ejemplo, dela estafa de las preferentes. Fue entonces cuando sus directivos comenzaron a comportarse más como empresario que como periodistas. Fue entonces cuando el coraje y los principios se cambiaron por esa forma de miedo que llaman prudencia y el periódico con el que soñamos anduvo como un pollo sin cabeza, arrimándose al poder, fuese cual fuese su color, despistando a sus cada vez menos numerosos lectores.
Atrás quedaron al de cal de su lealtad a la Constitución el 23-F, con al de arena de dejarse embaucar por Aznar el 11-M, atribuyendo a ETA aquella matanza que tuvo más que ver con la postura a que Aznar nos arrastró en la segunda guerra del Golfo.
Pero, con eso y todo, incluso después de los ERE en el diario, de las ventas de tesoros como la editorial Alfaguara, de los despidos de gente con prestigio y con criterio, para sustituirlos por jóvenes y mal pagados becarios, con el deterioro del diario en la red, de la tortura a que se somete a nuestro idioma en sus titulares, de errores impensables hace sólo unos pocos años... con todo eso, lo peor es que el periódico y el grupo se hayan convertido en un instrumento en la mezquina defensa del que fuera su primer director y hoy capo tiránico, Juan Luis Cebrián, relacionado con los papeles de Panamá y con oscuros negocios que le será muy difícil explicar.
Cuarenta años después, quien fuera, con su soberbia y todo, un héroe de la democracia y la libertad de expresión, se ha revelado con un personaje inmoral que veta y prohíbe, que trata de acallar las críticas de las que parece merecedor con la misma dureza que los tiranos a que tanto ha criticado.
Cuarenta años después, Juan Luis Cebrián ha puesto en entredicho el prestigio del periódico con que soñamos. Juan Luis Cebrián, para tapar sus vergüenzas, se ha envuelto en su periódico, como en él se ha escrito tantas veces que hacían Pujol o Mas con la bandera catalana.
Atrás quedan aquellos años en que entraba con orgullo en el CIR de Araca con mi ejemplar de EL PAÍS bajo el brazo, atrás queda, en una carpeta, aquel otro ejemplar del día en que nació mi hija. Hoy, Juan Luis Cebrián ha tirado cuarenta años de prestigio por la borda.

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