El oficio del cronista, por Gabriel Merino

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Es verdad que al escribidor de vocación le da a veces por ensayo, la poesía, el cuento corto, la psicodelia…

Pero desde hace años, mucho antes de que existiera la imprenta, el almanaque o el periódico existía un escribidor, el cronista, a quien se le pagaba para que glosara la realidad y narrara –o interpretara- la historia pasada o reciente. Porque difícilmente, al principio, ningún cronista periódico se encargaba de contar la realidad diaria. Primero, porque no había medio para difundirla y, segundo, porque para rentabilizar su oficio éste había de ser pagado. Y los únicos interesados en que se escribiera la historia más o menos inmediata eran los poderosos, haciendo barrer al cronista la realidad que escribían hacia el ascua de su sardina.

 

Quiero decir que el oficio de periodista es relativamente reciente: eso de contar las cosas que pasan a la gente ni ha sido nunca seguramente objetivo ni siempre coincidía con los intereses de las personas de quien se contaban las cosas ni, en la mayor parte de los casos, interesaba a la audiencia. Una novela, el genero folletinesco, la información especializada en cosas palpables en casa -ya sea de zodiaco, de almanaque, de salud, de deporte, de libros o de punto de cruz- siempre ha resultado más interesante para la mayor parte de la gente que contarles las sesiones del congreso o de la bolsa o del concilio vaticano segundo. Un lector de periódico siempre entiende como más cercano -¡y es natural!- un suceso o la información del tiempo que la información sobre el IPC o la de las farragosas e inútiles comisiones mixtas del senado.

 

Los que ostentan el poder se dieron cuenta hace años  de qué importante es controlar estos medios periódicos para hacerles llegar sus  informaciones, dossieres y hacerse publicidad, pero no -¡para nada!- para que se cuente la verdad sobre ellos. El llamado “periodismo de investigación” siempre ha sido considerado como una variante incómoda de la crónica de la realidad que,  para quienes pagan a los informadores y ostentan las cabeceras de los medios de información, ha de ser tan digerible, plácida y asequible como un folletin o el programa de un espectáculo de circo. De ahí que haya periodistas de cabecera para cada tendencia que ya saben desde qué tienen y qué no tienen que contar a quién tienen que entrevistar, o a las preguntas que les tienen que hacer para crear un estado de opinión favorable a quienes mantienen sus medios. Para eso les pagan.

 

El hecho de que la información se haya convertido en los últimos 40 años -¿desde el Watergate, el último gran escándalo periodístico con repercusión para cambiar la realidad?- en un bien que todo el mundo puede compartir a través de las fotos de su móvil, de lo que escucha, de lo que percibe, de lo que escribe, de lo que opina, de lo que comparte o de lo que piensa, aparte de lo que vive en primera persona ha hecho que la información inmediata, variada y global se convierta en un peligro para quienes, desde siempre, estimaban qué cuando, como y cuál era la fuente de la verdad para contar a los demás.

 

Hoy todos somos un poco cronistas. Y vemos lo que pasa. En directo. Contarlo nunca puede ser un delito.

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