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EL ODIO, UNIFORMADO, por Javier Astasio

 
Supongo que a estas horas es ya de dominio público y no sólo en Madrid la triste historia de ese chat indeseable en el que un centenar de policías municipales de la capital mostraban su odio hacia la alcaldesa, Manuela Carmena, hacia los inmigrantes magrebíes, moros en su jerga, a los que "habría que tirar al mar" como "comida para los peces". También, su admiración hacia un grupo de jóvenes que cantan el "Cara al sol". Quizá se hayan sentido sorprendidos por el hecho de que en un cuerpo policial que se pretende moderno y democrático se escondan, aunque sólo a medias, estos personajes que, más que ofrecer confianza y seguridad a los ciudadanos, les llenan, al menos es eso lo que a mí me ocurre, de inquietud.
He de decir que no me he sorprendido del todo al tener noticia de las opiniones expresadas en tan odioso chat. Y, si no me han sorprendido, es porque, a pesar de que, no debo dejar de reconocerlo, la corrección en el trato para con los ciudadanos es habitual en este y otros cuerpos de seguridad, en más de una ocasión he sido testigo de abusos de autoridad y he podido ver alguna que otra pegatina nada tranquilizadora, por ejemplo, en la culata del arma reglamentaria de un agente y he sido víctima de la obcecación de otro que, empeñado en que el conductor estaba obstaculizando el paso de su coche patrulla, tuvo detenido a plano sol y en plena M-30 un autobús municipal con todo su pasaje, hasta que alguien con sentido común, le ordenó dejarnos marchar.
También, como trabajador que he sido de la Cadena SER, he sido testigo de la preocupante simbiosis en que se mueven a algunas horas policías, chulos y camellos, detrás de la radio, a sólo unos pasos de la Gran Vía, Por eso no me sorprenden, todas esas amenazas, a Carmena, a la prensa, todo ese odio al diferente, esos deseos de acabar a sangre y fuego con lo que odian, esa admiración por "la obra" de Hitler. Lo que me sorprende y me preocupa es la tranquilidad con que dan rienda suelta a su basura mental, como creyéndose impunes y respaldados por el resto de sus compañeros.
Afortunadamente, uno de ellos ha roto ese silencio que sólo podía ser cómplice y se ha atrevido a denunciarles ante sus superiores, que han puesto en manos del juez el asunto. Una reacción lógica, aunque quizá insuficiente, porque se supone que habría cabido también la puesta en marcha de una investigación interna que pusiese cara, nombre y número de placa a personajes tan siniestros que, esta misma noche, saldrán armados a la calle, con autoridad para ejercer la violencia, identificar y detener a cualquiera que crean que les mira mal.
Sé, insisto en ello, que son apenas una minoría en el cuerpo, en éste y en otros, y que la mayoría de sus compañeros son excelentes servidores públicos, dispuestos a ponerse en riesgo para defender a sus conciudadanos. Por eso, me parece urgente que se identifique a estos personajes y que se les retire de la calle, donde, a priori, parece peligroso mantenerles con un arma en la cintura. No creo que sea necesario recordar que, entre los asesinos de la dominicana Lucrecia, que hace veinticinco años se convirtió en la primera víctima del odio racista, había un policía nacional, tampoco que, entre los violadores de "La Manada", a los que se juzga hoy en Pamplona por su "hazaña" de los sanfermines de 2016 había un militar y un guardia civil.
No quiero decir, señalándolo, que haya que sospechar de todos los uniformados. Todo lo contrario, lo que deseo es que los responsables de cualquiera de los cuerpos armados que hay en este país limpien sus filas de estos personajes, porque, ni en Madrid ni en ningún otro lugar, debería caber el odio uniformado.