El número de doña Cristina, por Javier Astasio

 
A estas alturas, no sé qué me desosiega más, si el hecho de que alguien haya tratado de enlucir algún que otro ingreso inconfesable fingiendo la venta de propiedades en nombre de la infanta Cristina o el de que la Agencia Tributaria, que era de lo poquito a lo que aún no le había perdido la fe en este país tan desdichado, ande manga por hombro procesando sin ton ni son datos que no comprueba y que, con ello, esté poniendo en evidencia la honorabilidad, que en este caso es de la infanta, pero que podría ser de cualquiera.
Como siempre, voy a hacerme un poco el tonto En el caso de que las transacciones inmobiliarias de las que se  viene hablando en los últimos días se hayan registrado sin error ¿Quién puede pretender y para qué hacer pasar por buenas unas ventas ficticias de fincas, incluso a sus verdaderos propietarios? La única respuesta que se me ocurre es que sólo lo haría quien tratase de justificar unos ingresos de origen, cuando menos, turbio. La siguiente pregunta ha de ser ésta ¿Hay alguien en el entorno de la infanta que cumpla con esa premisa? Pues no lo sé o, mejor dicho, no quiero cansarme ni cansaros repitiendo una y otra vez las fórmulas "presunto" y "presunción".
Descartada la posibilidad de que se estuviere blanqueando dinero con tan sorprendentes operaciones, sólo cabe el error inverosímil, pero repetido catorce veces y por personas distintas. Dicen quienes entienden de esto -registradores de la propiedad e inspectores de Hacienda- que la posibilidad de que se den tales errores y más repetidos tiende a cero. Luego, si el error no se ha producido entre gente acostumbrada a manejar documentos y a dar fe de ellos ¿dónde se ha producido?
Anoche mismo escuché como inspector de Hacienda dejaba claro que toda la documentación pedida por el juez sobre el caso, por tratarse de un caso que afecta a la familia real, pasa por "los despachos nobles" de la agencia, antes de ser remitidos al juzgado de Palma, de modo que tenemos derecho a pensar que se revisan una y otra vez para evitar errores embarazosos como los que ahora mismo nos ocupan y preocupan.
¿Qué hacemos entonces? ¿Volver al primer supuesto? Supongo que sería lo razonable. Y también lo más incómodo, porque, si las ventas figuran en la declaración de la renta de la infanta y, si figuran, habría recibido por ellas un importe de cerca de millón y medio de euros. Algo que es difícil que se escape a la propia infanta o a quien quiera que sea el que la asesore en el trámite. A mí, al menos, no se me escaparía.
Error o trampa, trampa o error, habrá que resolverlo. Y, cuanto más tarde en resolverse, más a verse perjudicada la buena imagen de quien, al final, resulte inocente de haber cometido el error o haber hecho la trampa. Y es aquí donde aparece el que, de momento, es el único culpable, si no del error o de la trampa, sí de haber dejado crecer el soufflé hasta reventar en todo su esplendor. Un culpable que no es otro que el ministro Montoro y sus colaboradores, tan prestos a levantar sospecha o a dar los nombres de infractores como Javier Bardem, Antonio Banderas o Leonel Messi y tan reacio a dar las claves que despejarían las incómodas incógnitas que plantea este caso.
Ya por último: ahora que todos sabemos que a los miembros de la familia real "gastan" DNI de dos cifras, va a ser difícil evitar bromas y gamberradas a cosa de tal circunstancia. Sería conveniente, más por camuflaje y disimulo que por afán democrático que, lo antes posible, les diesen uno de ocho cifras como a todo hijo de vecino. Ah, perdón, me olvidaba de que ese no es el caso.
 
 
 
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