EL MINISTRO Y SU APARATO, por Javier Astasio


Hay personajes que escapan a su tiempo. Unos para bien, porque se adelantan a lo que les ha tocado vivir y tiran hacia delante del tiempo y el país en la que viven. Otros son como el sifón del váter que arrastran todo cuanto queda a su alcance a su oscuro y sucio torbellino. Jorge Fernández Díaz, supernumerario del Opus Dei e hijo de un militar que, en tiempos de Franco, probablemente en los años del nefasto alcalde Porcioles, fue nombrado subinspector jefe de la Guardia Urbana de Barcelona, es de esos, por eso está siempre dispuesto arrastrar a las alcantarillas todo aquello que le aleja de aquellos años felices, seguro, en los que su ciudad de adopción era española y bien española y se iba a misa y se comulgaba todos los domingos.
Quizá por eso, su amigo Rajoy, amigo desde los tiempos de aquella Alianza Popular que conservaba del franquismo la ideología y los correajes, le encargó del ministerio del Interior, un puesto clave para el control de todo el descontento que, sin duda, iban a producir y produjeron los crueles y arbitrarios recortes que, bien lo sabía, le iba a imponer la troika. Un puesto un cargo, que ha desempeñado con entusiasmo, reprimiendo manifestaciones, desalojando okupas ideológicos, los mafiosos parecen preocuparle menos, apaleando inmigrantes en las vallas de las fronteras africanas, dando la cobertura de sus antidisturbios a injustos desahucios que cada día dejaban a familias enteras en la calle y sin recursos, un cargo, en fin, desde el que hizo y deshizo en las fuerzas policiales, apartando a unos, curiosamente los que investigaron a su partido, y ascendiendo a otros, hasta configurar una verdadera policía política, puesta al servicio de los intereses de su partido y no de los de todos los españoles.
Ese sentido patrimonial de la patria que el ministro y la sociedad de que proviene es el que le lleva a enrocarse, enfermo de  autismo, cuando es pillado, una vez más, con la mano dentro dela lata de las galletas, negociando con el ya ex director de la Oficina Antifraude de Cataluña, el uso de informes incipientes o, simplemente, falsos, para ensuciar la imagen de líderes del independentismo catalán y alterar así fraudulentamente los apoyos de la ciudadanía a sus ideas o, aún mejor, para chantajearles y conseguir su neutralización.
Y llegado a este punto, me preguntó qué sabría el ministro de tan indigno magistrado, Daniel de Alfonso, como para ponerle a comer de su mano y servirle como un subordinado más, debiéndose como se debía a quienes le apoyaron en su nombramiento y no a quien quería acabar con ellos. Sin duda habrá un día en que acabaremos sabiéndolo, pero, mientras tanto, cualquier hipótesis va a ser creíble.
Siguiendo con este juego tan de moda de alterar la dimensión del tiempo, no sabéis cuánto hubiese dado por que el auto con que la Audiencia Nacional rechazó ayer el llamado "informe Pisa", un amasijo de recortes de prensa lleno de infundios e insinuaciones sobre la pretendida financiación ilegal de Podemos, se hubiese conocido en plena campaña electoral. Cuánto hubiera dado, también, por que la voz del ministro, despachando con el magistrado felpudo, de Alfonso, hubiese podido escucharse antes de que comenzase el calvario de los titiriteros que, en mayo, fueron acusados de ensalzar el terrorismo, cuando lo que denunciaban en su ficción era la falsificación de pruebas ¿le suena ministro? de un comisario contra su bruja protagonista, pruebas que un juez malvado daba por buenas en la ficción y otro juez admitió en la Audiencia Nacional.
Es el estado policial, no muy distinto del que persigue su odiado Nicolás Maduro, con el que sueña Jorge Fernández. Ese estado policial que dispara primero y pregunta después, el que da a la policía potestades que sólo corresponden a los jueces, es el que desea Fernández Díaz para "su" país, un país de patriotas, con policía patriótica, encargada de velar por la rectitud del pensamiento de sus pobres ciudadanos, expuestos al pernicioso contacto con la libertad.
Por eso el ministro que ha puesto en marcha un aparato conspirativo que vive en las cloacas y, desde ellas, tira de los pies de quienes se sienten libres y ejercen su libertad, para arrastrarlos a la sopa de falsedades y conspiraciones en que Fernández Díaz parece moverse como nadie.

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