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El 'mini yo' de Puigdemont, por Javier Astasio

 
Anda el patio alborotado por los delirios nacionalistas -supremacistas, dicen- de quien hoy será elegido president de la Generalitat y no se dan cuenta de que es el nacionalista designado por la cúpula nacionalista para gobernar a los catalanes los próximos cuatro o quién sabe cuántos años. Qué esperaban de un nacionalista, al menos de un nacionalista puro. Los nacionalistas, sean de donde sean, también y especialmente los españoles, son todos supremacistas, al menos en el territorio que pretenden, porque se encaraman a la diferencia para justificarse y no conozco a nadie que se señale a un tiempo diferente e inferior a sus vecinos, a nadie que pretenda imponerse desde abajo a los demás, todos se creen distintos, se creen mejores y son, casi siempre y por desgracia, excluyentes, hasta el punto de creer, valga la broma, que nuestra “parejita” eurovisiva iba a ganar, porque era la mejor y, si era la mejor, lo era porque era la nuestra
Joaquim Torra, el elegido por Puigdemont que ha aceptado el resto de la cúpula nacionalista tiene el cuello endurecido de tanto mirar al pasado y la mirada un tanto deslumbrada de tanto brillo como ha sacado al pasado, no siempre heroico de Cataluña, virtudes para unos, los nacionalistas, que, para mí, son defectos, si lo que se pretende que haga es conducir a Cataluña y los catalanes hacia ese futuro que sueñan, que todos soñamos, mejor.
Para desgracia de todos, el panorama que se abre con Torra en Cataluña vuelve a ser la constatación de la máxima que nos dice que cualquier situación por mala que parezca es susceptible de empeorar, porque quienes toman las decisiones y llevan años tomándolas sólo en un puñado de cosas intangibles que en nada mejoran la vida de los ciudadanos, más allá de lo que, para algunos, no para todos, no son más que sueños.
Cabe preguntarse el porqué de esta elección-designación, tomada en Berlín sin luz ni taquígrafos suficientes. Yo me inclino a pensar que la mayor virtud de Torra ante los suyos es la de no estar afiliado a unos ni a otros, aunque queda claro que se trata de un hombre de Puigdemont, un hombre instalado en la provisionalidad, dispuesto a quemarse en la pirotecnia del procés mientras se celebra el juicio a los procesados, valga la redundancia, por los hechos que llevaron a la aplicación del 155.
Mi única esperanza es que, a Torra, le guste el cargo tanto como le gustó a Puigdemont y que, como él, traicione las expectativas que sobre él se han forjado. Recordemos que Puigdemont, aconsejado por Urkullu, uno de los pocos nacionalistas sensatos que conozco, pareció por unos instantes, unas pocas horas, instalado en la duda y dispuesto a no dar el terrible e inútil paso que finalmente dio: la proclamación de la efímera República Catalana.
 Por más vueltas que le doy y después de escuchar a Javier Sardá lo que Oriol Junqueras le dijo, con un cristal de por medio, en un locutorio de la prisión de Estremera: que, como político, creyó que su obligación era quedarse, a pesar de la cárcel, en lugar de huir, en una clara alusión y como reproche al fugado Puigdemont, por más que trato de encontrarle una explicación al sorpresivo nombramiento de Torra. sólo la veo en que Esquerra, no Junts per Catalunya, no quiere otras elecciones, la misma que tendría la abstención de la CUP, porque unos y otros y de ser ciertas las encuestas, perderían escaños, en un momento en el que el soberanismo pierde fuelle y necesita que alguien reavive el incendio.
Ojalá Torra le salga rana a Puigdemont, como él nos salió rana a quienes le creímos más sensato y más dialogante, ojalá este "mini yo" del fugado president acepte, pese a su discurso instalado en la confrontación, el diálogo con un Rajoy aparentemente moderado. Sería bonito y reconfortante que así fuese, al menos hasta que uno y otro se midan en las urnas que liman aristas y todo lo suavizan. Quizá así los catalanes tuvieran el gobierno eficaz y realista que siempre les supusimos. Así que, como allí se dice "anem per feina".