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EL MÁS MISERABLE, por Javier Astasio

 
Nadie podía imaginar hace tan sólo unos días que Mariano Rajoy iba a interiorizar lo que le venían diciendo las urnas en los últimos tiempos: que la corrupción sí acaba por pasar factura y a él y a su partido se la estaba pasando. No quiso verlo y, en su manipulación de la realidad, no hacía otra cosa que insistir, ayer mismo, en su despedida lo hizo, en la letanía de que debe gobernar quien gana las elecciones y en que él, otra media verdad, nunca las había perdido, sin querer darse cuenta de que, en España, gobierna el partido que más apoyos reúne para hacerlo ni que quienes le apoyaron el viernes en la moción apenas sumaban once millones de votos en las urnas, mientras que los que llevaron a Pedro Sánchez hasta La Moncloa, superaban los doce.
No, Rajoy no quiso darse cuenta de que la victoria, el gobierno, depende sólo de bajar los impuestos, manipular los datos económicos o prometer una y otra vez lo que no se puede cumplir. Tampoco se dio por enterado, a pesar de haberla despertado en su favor, de que la justicia es un gigante dormido al que cuesta poner en movimiento, pero que, una vez en marcha, es imposible de parar, algo que ha experimentado en sus carnes y las de los suyos.
De todos modos, no han sido esos sus mayores pecados políticos, por más que él y los suyos llamen usurpación del poder a que ciento ochenta de trescientos cincuenta diputados aprobasen su censura después de las duras condenas al PP y varios de sus dirigentes en el primer juicio por la trama Gürtel.
Su mayor pecado fue el de no matar al padre, el de no desmontar el falso prestigio de un personaje como Aznar, incapaz de cualquier sentimiento, fundamentalmente los de la culpa, el arrepentimiento y la piedad, incapaz de ver el mundo, si no es desde el fondo de esa mirada sombría, helada, llena de dureza, desde esa mueca de quién no sabe reír ni llorar. El mayor pecado de Rajoy, su mayor error ha sido el de no desmontar al oscuro personaje que le precedió y asumir sin cambios la cómoda y eficaz maquinaria que dejaba, quedándose con la herencia de la corrupción sembrada por el modelo de partido que le había dejado Aznar. 
Rajoy no se atrevió a matar al padre que se quedó, protegido por los ultraconservadores del Tea Party, a sueldo de Rupert Murdoch, cobrando aplazada y en diferido la coartada que el español bajito había dado a la infame coalición que invadió Irak para dar rienda suelta a los negocios de venta de armas y suministros, de reconstrucción de todas esas infraestructuras innecesariamente arrasadas y de alquiler de pistoleros a sueldo para proporcionar falsa seguridad a un país despojado de cualquier atisbo de organización No se atrevió con él y le dejó entretenido en su fundación, convertido en una especie de oráculo siniestro que se hace presente en los peores momentos del partido al que empujó hasta donde está, para echar sal en las heridas abiertas.
Ayer, claro, no podía faltar a la cita para sobrevolar como el carroñero que es el cadáver aún fresco de su sucesor, Mariano Rajoy, que algo barruntaba cuando esa misma mañana, en su emotiva despedida, emotiva hasta las lágrimas, se cuidó de marcar la distancias con el señor de las tinieblas, advirtiendo de que se ponía a la orden del sucesor que eligiese el partido, subrayando ese "a la orden", como un reproche preventivo a Aznar.
Pero a Aznar siempre le ha dado igual, antes y ahora, el futuro, el bienestar ajeno. Tampoco le han importado las formas, algo que debe ser de familia, porque no hay más que ver el papel de la familia Aznar-Botella en el expolio de las viviendas sociales que fueron de todos los madrileños, dejando en la calle a centenares de familias incapaces de pagar la desproporcionada subida de alquileres que los fondos buitre beneficiarios del saqueo les han impuesto.
Ese es José María Aznar, el personaje que regresó ayer de las tinieblas para, pausadamente, leyéndolo de un cuaderno abierto sobre la mesa, con voz impostada, se exculpó de cualquier pecado cometido por su partido y se ofreció con descaro, sin encomendarse a dios ni al diablo, para reconstruir lo que llamó el centro derecha. Ese es José María Aznar, el ser más miserable que ha pasado por la política española, removiendo la carroña del que un día fue su partido, el PP hecho a su imagen y semejanza que el viernes naufragó en el Congreso.

 
 
 

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