El malvado arte de difundir rumores, por Julio Estremadoyro (@jestremadoyroa)

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 Un rumor difundido irresponsablemente por el congresista Yehude Simon, sobre un supuesto hijo extra matrimonial del presidente Humala, impactó en todos los sectores de la opinión pública. Ante el categórico desmentido de Palacio de Gobierno, el parlamentario tuvo que pedir disculpas. Pero, como afirmó el mismo presidente, el “daño ya estaba hecho”.

Lo ocurrido es un caso más de de los que el especialista norteamericano Cass R. Sunstein ha profundizado en un libro titulado en español “Rumorología”. Sunstein es un abogado y profesor universitario dedicado principalmente al estudio del derecho constitucional, derecho administrativo, derecho ambiental y de la economía conductual. Se le considera íntimamente ligado a Obama y uno de sus hombres fuertes en el manejo de la red de redes.

 El autor plantea las siguientes preguntas:

¿Por qué los seres humanos aceptan los rumores, incluso si son falsos, destructivos o estrambóticos? ¿Por qué la misma historia que viaja por Internet tiene credibilidad entre un grupo de personas, mientras que otros la consideran absurda? ¿Qué podemos hacer para protegernos de los efectos perniciosos de los rumores falsos?

 Angel Alayón, un colega venezolano, ha analizado lo sostenido por Sunstein y ha enfocado el tema así:

Los rumores son tan antiguos como la historia humana; siempre hemos vivido rodeados de ellos o incluso sufrido sus consecuencias. Del mismo modo que a través del conocimiento de otros sabemos que la tierra no es plana o que la materia se compone de átomos, los rumores se propagan entre todo tipo de personas –sensatas, razonables, de izquierdas o derechas—, y están ligados a sus deseos y temores.

El derecho de los ciudadanos a decir lo que piensan constituye uno de los pilares de los sistemas democráticos en que vivimos, y sin embargo, en la era de Internet, donde uno de estas falsedades puede crecer exponencialmente en tan solo unas horas, es fundamental proteger a las posibles víctimas de comportamientos maldicientes.

Ayudado por ejemplos de la vida real y estudios de la conducta, Sunstein aborda la compleja tarea de analizar los mecanismos que

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alimentan los rumores para tratar de encontrar ese equilibrio indispensable entre la necesidad de protegernos de ellos y la salvaguarda de derechos como la libertad de prensa y opinión, y así evitar que la era de la información termine convirtiéndose en la era de la desinformación.

Un ejemplo típico es  la esposa que se resistía a creer lo que la voz en el teléfono le decía con tanta claridad: su esposo le era infiel desde hacía cinco meses con Julia, una atractiva compañera de trabajo. Eso explicaba los viajes y el trabajo hasta bien entrada la noche. El esposo, según la voz, llevaba una doble vida. Ella no quería creer, pero se anidó en su pensamiento una pequeña duda que fue creciendo hasta lograr que la convivencia cotidiana con su pareja fuera áspera, incómoda. Luego de un tiempo, decidió confrontarlo. Él lo negó todo. Ella dijo que sabía que negaría todo. Y la confianza se fue erosionando. Era cuestión de tiempo para que conflictos mayores hicieran su aparición. Dos años después de la llamada, la pareja introducía los papeles para el divorcio. La esposa nunca estuvo segura de la infidelidad de su marido, quien nunca entendió lo que sucedió pues, en verdad, nunca le fue infiel a su esposa.

Las redes sociales

La redes sociales (Twitter, Facebook) son medios fértiles para la divulgación de rumores. Allí hemos sido testigo de muertos que resucitan en horas, bancos que quiebran pero que en realidad están solventes, secuestrados que se enteran de su presunta situación cuando están tomando un tranquilo baño de playa con la familia y la lista podría continuar con temas de mayor sensibilidad política. Son rumores. Falsos. Pueden ser poderosos. Pueden destruir matrimonios, acabar con la carrera de un político o de un artista, quebrar instituciones financieras y ocasionar conmoción social. Y algo tan poderoso vale la pena tratar de entenderlo.

Cass Sunstein se ha especializado en estudiar el fenómeno de los rumores, esas especulaciones que se transmiten con rapidez y que

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son creídas por ciertas personas a pesar de que su contenido es falso y no existe evidencia concreta y directa que permita comprobar la veracidad de la información. En el libro On Rumores (Rumorología), Sunstein trata de responder por qué hay personas que divulgan informaciones falsas y otras que las creen. La respuesta y sus implicaciones son de interés para el debate sobre la democracia y la libertad de expresión.

La probabilidad de que una persona crea un rumor depende de lo que pensaba sobre el tema antes de escuchar el rumor. Si usted cree que dentro de un partido político hay políticos corruptos y escucha el rumor de que un miembro de ese partido ha incurrido en actos de corrupción, es muy probable que usted crea en ese rumor. El rumor, aunque falso, será creíble en la medida de que las convicciones previas predisponen a la gente a creer. Como dice Sunstein: “Si usted es propenso a detestar a una figura pública, o de hecho, disfruta pensando las peores cosas de ella, tendrá motivos para pensar que los rumores perjudiciales sobre dicha figura son verdad incluso si rayan en lo increíble.” No procesamos la información de manera neutral. Nuestras creencias y prejuicios filtran y sesgan la información que recibimos.

Las convicciones previas no son el único motivo por el que podemos llegar a creer un rumor falso. Si un rumor es creído por un número suficiente de personas, otras empezarán a creer el rumor a menos que haya buenas razones para creer que el rumor es falso, plantea Sunstein. En materia de rumores, las creencias y el número de personas que le den credibilidad al rumor importa para su potencial de expansión. Experimentos demuestran que si una persona encuentra que la mayoría de un grupo al que pertenece sostiene que una determinada información es cierta, bien sea por conformismo o por presión social, la persona tenderá a alinearse con la opinión del grupo.

Las redes sociales —y en general internet— han facilitado la polarización de grupos. En palabras de Sunstein: “Cuando losmiembros de un grupo tienen una suposición previa y oyen un rumor, las deliberaciones internas reforzarán la noción de que su creencia está en lo cierto.” Pero no sólo de que su creencia está en lo cierto: cuando estas comunicaciones se establecen entre personas que sostienen la misma creencia, los miembros del grupo terminarán con posiciones y opiniones muchos más extremas a las que sostenían originalmente. Los rumores pueden funcionar como pastores que conducen a los fieles a posiciones extremas, alejando a los miembros de la sociedad de posiciones más fáciles de conciliar en un sistema democrático.

Contrario a lo que algunos pueden pensar, refutar un rumor falso puede ser contraproducente bajo determinadas circunstancias. La refutación puede, al contrario de lo que se pretende, reafirmar la credibilidad del rumor entre los creyentes y lograr que muchas más personas conozcan del tema, amplificando el efecto original. Por lo que el dicho “No aclares, que oscureces” puede haber encontrado asidero empírico en los trabajos que sirven de referencia a Sunstein.

Las ideas de Sunstein implican que debemos tener la guardia alta en relación con la información que recibimos. Y, en este caso, la mejor defensa es comprender cómo la sicología —creencias, emociones y prejuicios— y las creencias de nuestros grupos de referencia influyen en lo que estamos dispuestos a creer.

 (Fuente: Angel Alayón en  http://www.saladeprensa.org/art1043.htm)

 

 

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