El 'Latin Sound': Cuando la pachanga se convierte en culto, por @renacerelectric

En estos días en los que la música y la mercadotecnia van de la mano más inseparables que nunca, creo que vale la pena analizar uno de los casos incomprensibles que el “mágico” mainstream hace posible con una facilidad pasmosa. Me refiero a lo que podríamos denominar como “Latin Sound”, ese efecto que va mucho más lejos que el causado por la marca de desodorantes Axe en las fiestas de fin de año. Y sí, está claro que no hablo de nada nuevo pero, por favor, no caigamos en errores; con esas dos palabras no me estoy refiriendo a genios como Tito Puente, Cachao o Rubén Blades... No, nada de eso, el estudio va a la parte más asimilable y, ya que estamos, cutre, de los movimientos y estilos afrocubanos que el pop hispanohablante adoptó. Así, sin pedir mayores permisos, se empezaron a gestar bestias sonoras irreconocibles que poco o nada tenían que ver con la auténtica raíz. Dónde encontrar ahora la cumbia, la guaracha, el son, estilos que para poder disfrutarlos de verdad, en su plenitud, tienes que rebuscar en las grandes figuras del género. Y es que la nueva cantera no está dispuesta a dejarse aconsejar por sus mayores.

Y no hay duda que nuestro dedo acusador podría apuntar a muchos figurines de la industria, ya que gran parte de ellos tienen la culpa de que el oyente sin miras se atonte cada segundo un poquito más de lo que estaba. En cualquier caso, el nombre de Emilio Estefan es requerido para hablar con propiedad del asunto. Este cubano que a los quince años fue forzado por su familia a refugiarse en las manos del Tío Sam, más exactamente en la cálida Florida, parece haberle cogido gusto a un hogar del que ya no se despega. Pero no seamos tan críticos con este auténtico hombre del Renacimiento, ya que también es cierto que nadie le regaló nada. El instrumentista, amante de la percusión, pronto dio rienda suelta en los Estados Unidos a su amor por la música. Esto le llevó a terminar formando su apuesta más seria en dicho terreno, los por aquellos días requeridos por el público hispano de Florida Miami Latin Boys. Fue por entonces cuando conoció a la que terminaría siendo su esposa y su mina de oro, Gloria Estefan, una vocalista a la que pondría al frente de su nuevo proyecto: The Miami Sound Machine. Los tiempos estaban cambiando y Emilio tenía que ofrecer algo refrescante, algo que calara en su gente pero que se llevara de calle a los niños de las hamburguesas. Dicho y hecho, ya que con The Miami Sound Machine había fundido a la perfección ambas maneras de entender la vida, pensamientos representados en la cultura pop y en las bases afrocubanas. Todo ello, presentado en la versátil voz de su esposa Gloria, parecía crema para todos esos paladares que buscaban una marcha alternativa a los sonidos “disco” más recalcitrantes.

No vamos a profundizar en lo que derivó el tema: gloria para la Miami Sound Machine, carrera en solitario de su solista, ascenso al Olimpo de las ventas... y tras todo ello, un Emilio Estefan que se transformaba en el verdadero rey Midas de un sonido que casi había inventado él solito. Esos fueron los inicios, los días de vino y de rosas, pero todo aquello tenía que esconder un lado oscuro para el futuro de aquel nuevo género; y ese cáncer que atacaría hasta los huesos del legado Miami Sound Machine fue la clonación sonora (promovida en gran parte por papá Emilio). Saltemos a nuestros días, y permitámonos algún que otro pequeño flash-back, para así descubrir una lista de artistas que cortados por el mismo patrón se entregan sin freno a una venta musical lejana del acierto compositivo y pegada a la pachanga veraniega. Sí, habéis leído bien, una pachanga que parecía únicamente reservada para caldear los chiringuitos en las noches de verano, un soniquete en el que te podías encontrar tanto a Georgie Dan como a Los del Río o Los Inhumanos –¿alguien recuerda a los Zapato Veloz o el rap de “Mi Abuela”?–. Momentos bizarros en definitiva, instantes para el recuerdo de un verano que no hubiera sido el mismo si en aquella terraza de Torremolinos no se pinchara una y mil veces “La Barbacoa”.

Sí, ya sé que puede parecer un desvarío, que me separo demasiado de la cuestión, pero mis razones me mueven. Veamos, tomemos como ejemplo iniciático a Ricky Martin (ya retomaremos la saga Estefan más adelante). Este jovencito de melena al viento ya había hecho sus pinitos en sus tiempos mozos como miembro de los insoportables Menudo, una de esas apuestas por los grupos infantiles que tanta gracia hacían cuando eran Los Parchís los que aporreaban con sus tonadas las pantallas de nuestros televisores –aunque, seamos sinceros, ahora mucho rollo revival y demás pero, qué narices, eran insufribles–. El caso es que este muchacho parecía haber inventado el arroz con leche cuando en 1995 publica su álbum A Medio Vivir y rompe en listas con aquel “María” (a.k.a. “1,2,3... Un pasito pa'lante”). Lo que pocos sabían es que el figura no se había comido un colín en Europa con sus dos obras anteriores, trabajos que como es lógico no tardarían en revalorizarse al subir al estrellato el señorito Martin. De ahí pasaría a su cuarto Vuelve, un disco en el que sus canciones, al igual que pasa con todas las que canta Pau Donés (“Depende”, “Bonito”), sonaban como calcos de lo que ya se podía denominar sin ruborizarnos como “Latin Sound”. Tonadas como “Por Arriba, Por Abajo”, “La Bomba” o “La Copa De La Vida” parecían cañonazos compuestos para hacer estallar el top ten de los autos de choque de cualquier feria de segunda (y a fe que hasta los Pitufos Maquineros llegaron visitar dichas maravillas de la lengua cervantina); pero lo curioso del asunto es que las emisoras de radio vibraban a golpe de unos temas sosos con estribillos que, al igual que un anuncio de números de información telefónica, se hacían incomprensiblemente fáciles de recordar. Así seguirán sus pasos en su quinto redondo, en este caso homónimo, que recuperaba en remezclas canciones mil veces escuchadas, añadiendo a esto novedades como el “Livin' La Vida Loca” –por cierto, impagable la versión freak del genial Weird Al Yankovic dedicada a la saga Star Wars y que tituló “Livin´ La Vida Yoda”–. Pero el rey león se creía que con su magnetismo animal podría jugar con el público a su antojo. No, por ahí no pasaba una masa que ya había visto crecer centenares de propuestas que le podían dar lo mismo que Ricky, y hasta bastante más. Así que el batacazo llegó sin avisar cuando Martin se lanza con “Sound Loaded” a estudiar otros parámetros que no dejaron del todo contentos a unos fans que ya no podían menear las caderas como antaño. Eso sí, el cantante se tiró por el puente pero con cuerda, ya que su latinísimo –por llamarlo de alguna manera– “She Bangs” actuó como tabla de salvación.

Pues bien, me he adentrado en Ricky Martin ya que fue uno de los grandes pelotazos del efecto “latino wanna be” en España. Es posible que los lectores recuerden otros, así que sólo tienen que cambiarles la cara. Tenemos a un Elmer Figueroa (Chayanne) en el que su representación de Los Parchís puertorriqueños, Los Chicos, le ayudaría luego a tener un pasado más bonito para las acólitas sentimentaloides. Por otro lado nos topamos con un Enrique Iglesias que, jugando sin querer –eso jura él– con el apellido de papi, se hace un sitio como una réplica exactamente igual de ñoña de aquel primerizo Alejandro Sanz de “Pisando Fuerte”. Y así podríamos seguir hasta rellenar una lista kilométrica, pero creo que será mejor morder la carne fresca y dejar de marear la perdiz. Pues bien, todos los antes nombrados –y esos en los que pensáis y que no han entrado por falta de ganas de aburrir al lector– sucumbieron de una u otra forma a los arreglos marca “Latin Sound”: una guitarrita española por aquí, una sección de metales por allá, coritos estridentes a la par que dulces, base agitada disfrazada del tan nombrado estilo afrocubano y, por supuesto, unas letras con estribillos sinceros y sentidos (léanse poemas delicados de la talla de aquel que rezaba “Mueve Tu Cucu... Mueve Tu Cucu”). A todo esto hay que procurarle poner una escenografía a la altura de las circunstancias y, ya lo tenemos, mutaciones a la carta en un simple cambio de corte publicitario.

Cualquier artista que se precie dentro del ritmo pop latino –palabras que no entran ni con calzador– deberá haber probado las mieles de la copia en estos fundamentos básicos, ya que si la cosa no sigue dichos derroteros en los días que corren, se puede dar por perdido. Así, y sin despeinarse demasiado, desde Christina Aguilera (aunque ahora pinte de regordeta chulita desvergonzada) hasta David “posturitas” Civera, pasando por Carlos Baute, Thalia o David Bisbal, todos se han marcado ese meneo de caderas que da el “Latin Sound”. Y esa es otra, ya que esos Davides, Chenoas, Bustamantes, Rositas de España (y últimas de Alemania) y demás elementos de este nuevo folclor creado por la maquina de hacer dinero Operación Triunfo, han sabido tomar todo el maná que se desprendía de esa lluvia regeneradora de un sonido en el que la música no cambia y son los nombres de los artistas los que se mueven sobre un mismo esquema. Y es aquí el punto en el que retomamos la iniciada en el comienzo de este artículo saga Estefan; con ese Emilio que, al igual que realiza sin escrúpulos el otro rey de las discográficas Tony Mottola, ha colocado su puesto de chufas (producciones asociadas) en medio de Miami, lugar desde el que vende a todos sus clientes el mismo cucurucho de lo que en su día fue un aperitivo de apetecible sabor –para el que quiera apreciarlo como tal– y ahora ya ha empezado a tomar un gusto algo rancio.

En este regreso al típico estilo de vida Estefan, nos encontramos con muchos ahijados que han puesto en sus manos una carrera que sueñan segura dirigida por este gurú del “star system”. Una de sus “originalísimas” apuestas en el nuevo siglo: el retomar en 2002 los Miami Sound Machine, aunque ahora el artículo aparezca en femenino. Y es que en estos tiempos de plexiglás, de pin ups de cartón piedra, la juventud vende. Quién querría ver a la clásica formación, ahora con una Gloria que hace todo lo posible por derrocar en su lucha interior a Fidel Castro, entonando una vez más aquel sincopado “Dr. Beat”. Nada mejor que un trío de sirenas para vender tanto imagen como... ¿música? Bueno, si uno se atreve a clasificarla así, perfecto. Qué demonios, también querrán dar algo para incentivar al público masculino. Y es que, mientras existan clubes de fans desbordados, adolescentes histéricas lamiendo el suelo pisado por alguna pop star, merchandising por vender, y sí, mientras continúen dejando cantar a Fran Perea –ya lo sé, este muchacho no pertenece al estudio, pero... no me lo podía guardar por más tiempo–, el “Latin Sound” seguirá en la cresta de la ola, ¡y en cualquier estación del año! Pobre Jon Secada, el que apuntaba maneras de crooner latino con aquel “Otro Día Más Sin Verte” y, miradle ahora, olvidado en un rincón, sólo salvado en contadas ocasiones por Gloria Estefan para que le haga coros a algún temita. Él, que perteneció a la escudería de Emilio, que era el niño mimado de la casa, no quiso cambiar y pasar por el aro, con lo que desde entonces las listas se lo han hecho pagar. Así está el tema.

por Sergio Guillén

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