El ladrillo: gloria y condena, por Javier Astasio



Durante muchos años ha sido la base del milagro económico español, la actividad económica que permitió a nuestro país alcanzar cifras récord de ocupación y una prosperidad difícil de llevar sin excesos, más propia de la descarada cigarra que de las sufridas hormigas. Ahora, más de una década después, nadie quiere aparecer como el padre de aquel milagro, de aquel sueño que ha acabado por convertirse en nuestra peor pesadilla.

Aquella ley del suelo, con la que Aznar prendió la mecha de ese descomunal castillo de fuegos de artificio, acabó llevando la codicia y el delirio a los ciudadanos de un país que, no sólo querían vivir en Europa, sino que querían hacerlo como europeos. Con esa ley, cualquier terreno paso a ser susceptible de ser urbanizado, cualquier huerto pasó de dar la cosecha de naranjas que permitía hacer más llevadero el temido fin de mes a llenar de millones el bolsillo del propietario con un dinero que parecía quemarle en las manos.

Lo malo es que en el huerto en el que se plantan ladrillos y cemento difícilmente vuelve a crecer nada y los apartamentos, como algunas frutas, si no se cogen a tiempo, acaban pudriéndose en el árbol. Y, por desgracia, eso es, exactamente, lo que ha pasado en España: la máquina sobrecalentada que bombeaba el dinero para sostener lo que al final no ha pasado de ser una farsa, ha acabado por griparse y la falta de liquidez de la noche a la mañana ha provocado el pánico, primero, y la asfixia, después, de todo el sistema, con la consiguiente parálisis de cualquier otra actividad, ligada o no al mal llamado milagro español.

Lo peor de que un país como el nuestro haya pasado tantos años, con uno y otro gobierno, a dieta de ladrillos es que esa dieta, como la Dukan, aunque consiga determinados objetivos, como el cuasi pleno empleo, a la larga acaba originando graves trastornos metabólicos que llevan al fracaso de órganos vitales: los riñones, en el caso de la dieta Dukan, y la banca, en el del atracón de ladrillos en que se basó la frágil prosperidad española.

Ahora que llega el rechinar de dientes, nadie quiere asumir responsabilidades, y eso que casi todos la tienen. Los gobiernos de Aznar por dar vida al monstruo, los de Zapatero por no acabar con él a su debido tiempo, los ayuntamientos por pagar sus veleidades y lujos electoralistas con recalificaciones de su suelo, los constructores por colocar su tabla en la cresta de la ola tan ciegos de ambición que no fueron capaces de ver que habían llegado a la playa, los banqueros porque no fueron capaces de prever que eso de comprar dinero caro fuera para venderlo más car aquí no podía ser buen negocio y los ciudadanos, ni todos ni con la misma responsabilidad, por dejarse embaucar por todos los anteriores y dejándose arrastrar hacia el actual abismo.

Quizá el único consuelo que nos queda es el de que, puesto que el mundo no deja de ser un organismo interdependiente, nuestro atracón de ladrillos, con su consiguiente empacho está despertando dolores de cabeza en Francia y Alemania, porque, de un tiempo a esta parte, sus economías, sin clientes a quienes vender sus productos en la empobrecida Europa, están viendo ralentizarse sus economías y están haciéndoselo pagar a los inflexibles líderes que habían decidido retirar la respiración asistida al continente enfermo.

No sé qué es lo que nos deparan los próximos mese en Europa, pero parece claro que los europeos han decidido cambiar de médico y lo están buscando. Mientras tanto, aquí en España, el ladrillo vuelve a ser lo que fue en origen: barro.


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