El inversor y la opinión pública, por Joan Anglada Salarich (@themoneyglory)

Por las Ramblas de Barcelona corre un señor vestido con túnica hasta los pies y un cartel donde hay escrita una predicción que anuncia el fin de los tiempos. A veces la fecha es específica, en otros sólo te pide que “te arrepientas” de tus pecados. Nadie le critica el contenido de sus escritos y nunca he visto que alguien dudara abiertamente de sus advertencias, ni de sus equivocaciones. El público no le recrimina que el fin del mundo, tal como él predecía, no pasara el 31 de diciembre de 1999.

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El comportamiento que tienen los lectores con los analistas o denominados “expertos” de la bolsa es similar. La audiencia no es crítica con los pronósticos que realizan los precios de las acciones, de las materias primas o los tipos de interés. No hay una venganza por los errores que cometen, que no son pocos. El motivo es que las predicciones de los “gurús” siguen un mismo patrón y no contradicen el marco financiero estipulado.

Los adivinos dicen a la gente lo que quieren oír: “la bolsa subirá antes de fin de año”, “la volatilidad continuará en el precio del trigo”, “las acciones de Microsoft están infravaloradas, su valor es de 38 dólares” . Sus cálculos se mantienen en un intervalo de una desviación estándar, con un acusado sesgo positivo, dirían los técnicos. Estas explicaciones mantienen el ritmo de los mercados y no encienden las alarmas; bien al contrario que predecir un Dow Jones en 36.000 puntos, tal como hicieron James K. Glassman y Kevin A. Hassett en medio de la euforia bursátil provocada por la burbuja tecnológica.

Ideas como la de estos señores son las que hacen fruncir el ceño de la opinión pública, porque se desvían significativamente de la normalidad. Lo mismo que proponer abiertamente que la compra de acciones de Bankia es un buen negocio o que Apple no es una empresa tecnológica, sino de productos de consumo. Todas ellas son una alternativa a las creencias populares. Uno de los expertos en este campo es Jim Chanos. El inversor se ha atrevido a cuestionar los beneficios de Dell, Hewlett Packard, Tesla o Caterpillar cuando los otros alababan sus virtudes. Sus análisis, criticados mayormente, se desvían del promedio.

Por desgracia, no todos tenemos el prestigio de Chanos, ni los recursos que dispone mediante el hedge fund Kynikos Capital. A los pequeños aficionados al juego de llevar la contraria nos aplasta el peso de la opinión pública cuando nos queremos expresar. Lo que dice la prensa o cualquier asesor de oficina tiene más credibilidad que nuestra opinión, aunque nuestras advertencias las sustenten cuatro estudios realizados con Excel y no un espíritu comercial para vender planes de pensiones y cuberterías de plata. Ya lo advierte Nicholas Nassim Taleb sobre la actividad de los profetas, en el libro “Antifrágil”: veritas odium parit (la verdad acarrea odio).

A la larga el inversor con ideas propias evita la reprobación de los otros callándose todo lo que piensa. Las teorías buenas y las malas. Es lo que en comunicación se conoce como el espiral del silencio, desarrollada por la profesora Elisabeth Noelle-Neuman. Según ella, en la sociedad hay diversas opiniones, pero unas prevalecen por sobre las demás. Las dominantes relegan a las minoritarias, que se funden hasta quedar en silencio. El destino de los que van contra la masa es acatar el pensamiento establecido por miedo a salir perjudicados y no terminar aislados del grupo. Para no terminar como un bicho “raro”, vaya.

A nivel personal he llegado a la conclusión que a veces conviene callar. Un caso particular: una conversación que tuve en un viaje en tren hará un año, mas o menos. Se me acudió comentar mis buenos presagios sobre Yahoo! a un compañero de vagón. La respuesta fue una carcajada que duró todo el trayecto. ¿A quién se le ocurría gastar dinero en una plataforma tan desprestigiada? Un tiempo después, por fortuna la razón se puso de mi lado y las acciones se incrementaron considerablemente. Si es odioso que se rían de tus opiniones, aún lo es más que te pierdan el respeto posteriormente.El profeta que las acierta recuerda más el estilo Sheldon Cooper, o Pitufo con Gafas, con la frase “Ya te lo decía” por bandera.

Al mensajero de presagios de las Ramblas aún nadie le ha roto el cartel que levanta bien alto de lunes a domingo. Tampoco se ha avergonzado de sus ideas como para retirarse. El hombre no sigue el statu quo establecido por la sociedad – buscar una profesión en un despacho de abogados, por ejemplo -, pero tampoco tiene ningún conflicto con otros profetas que andan todo el día con un mensaje en el hombro. Unos hablan del apocalipsis hacia el año 2020, otros por el 24. Dos años más, dos años menos, no importa, y si se equivocan continuaremos vivos para contarlo.

Lo que de verdad llamaría la atención de los transeúntes y los turistas sería que el cartel anunciara: “El Ibex cerrará el año 2013 en los 22.000 puntos”. Sobre todo porque en el mes de noviembre el selectivo aún se arrastra en los 10.000 puntos.

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