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El ilusionista y su clan, por Javier Astasio

 
Puigdemont es listo y no puede negarse que hay una cierta astucia en lo que hace y en cómo lo hace. Sin embargo, todo su esfuerzo y todo el sacrificio que, voluntario o no, se exige de los catalanes corre peligro de ser insuficiente para evitar el descarrilamiento de un tren lanzado a demasiada velocidad por una vía incapaz de soportar sus despropósitos.
Además, no hay que despreciar el hecho de que todo lo que hace o dice el ex president tiene un doble significado o, cuando menos, un doble uso. Sin ir más lejos, su presencia en Bruselas, que, más allá de provocar una crisis de confianza en el precario gobierno belga, apenas ha tenido resultados en el presunto fin perseguido de llamar la atención de las instituciones europeas sobre Cataluña y, cuando lo ha hecho, ha sido para obtener un rapapolvo como respuesta.
Queda pues claro que, si ese era el fin, el fracaso es evidente. Ahora bien, el otro fin, el oculto, el inconfesable, el de ponerse fuera del alcance de la justicia española, ese en el que realmente se ha echado el resto, está plenamente conseguido, porque se ha abierto una ventana de tranquilidad de dos o tres meses, a lo largo de los cuales el garantismo de la justicia belga asegura que, ni él ni los consejeros huidos serán entregados a España.
Por lo demás, semana y media después de poner pies en polvorosa, la presencia de Cataluña en la prensa internacional y sólo esos numeritos, esas atávicas coreografías organizadas a mayor gloria del procés y su conductor, con los alcaldes, bastón en ristre, de gira por Europa, a cuenta de los vecinos, independentistas o no son capaces, por lo vistoso de la estampa, son capaces de llamar la atención de los corresponsales, para quienes se monta en exclusiva el espectáculo.
Con ese fondo, con esa cla entregada a su causa, Puigdemont lanzó ayer su discurso, más exagerado que nunca, desplegó una y otra vez la paradoja de pintar un país opresor, en el que "ya no es posible vivir", ante un público entregado de doscientos alcaldes, de los más de ochocientos con que cuenta Cataluña, trasladados a Bruselas sin el menor problema con un billete de avión pagado con fondos de sus ayuntamientos, algo difícil de imaginar en la Turquía de Erdogán, con la que un día sí y otro también, se compara a España, entre otras cosas porque esos alcaldes, si así lo quisieron pudieron dormir esa misma noche en sus casas. en la oprimida Cataluña.
Paradójico y esclarecedor, porque Puigdemont sólo habla para convencidos, para su propia cla, y lo hace para atacar sin piedad a todo aquel que no le da la razón, para reprender con dureza a quienes no le hacen caso en las instituciones europeas y para animar a la sublevación a territorios europeos aparentemente calmados.
Todo un despropósito por parte de quien reclama la solidaridad de esos países y esos territorios a los que enmienda la plana. Un despropósito sólo equiparable a las mentiras con que, ebrio de soberbia, salpicó toda su intervención, hablando de maltrato a los consejeros detenidos, mientras recordaba que España había sido condenad, en otros tiempos, aunque sobre eso pasó de largo, por torturas. También se refirió a esos consejeros y a los dirigentes de ANC y Òmnium detenidos como presos políticos, algo que se hizo insoportable y ofensivo para quienes realmente habían conocido las torturas, a veces la muerte, en las comisarías y cárceles franquistas.
Transmitido en directo por alguna que otra televisión aquí en España, fue el discurso de un ilusionista destinado a engañar a quien quiere dejarse engañar, hacerse la ilusión, de que lo que el que ocupa el escenario tiene entre las manos es lo que muestra y no lo que esconde. Un espectáculo absurdo en el que la cla, los alcaldes de los bastones no fueron más que un decorado humano que aplaude acrítico los números, destinados en realidad a otra gente que ni se inmuta con ellos. Aunque el éxito de ese espectáculo es el de ocultar con su humo de colores la realidad, esa que se manifestó esa misma mañana en el Congreso en el testimonio de un policía de la UDEF señalando a Rajoy, Trillo o Cascos como destinatarios de los sobres de la Gürtel