El horror en directo, por Gabriel Merino

Han pasado ya más de doce horas y la cifra de víctimas mortales parece situarse en 80.
Anoche, mientras Jorge Javier repartía cartas de esas cosas que se quiere decir la gente y la española daba un programa grabado del –por otra parte excelente- equipo de “Comando Actualidad”, me subí al ordenador y noté que en redes y en medios digitales se empezaba a difundir la noticia del gravísimo descarrilamiento de un tren Alvia de alta velocidad que había salido de Madrid y estaba a pocos kilómetros del su destino, Santiago de Compostela, con un balance inicial que se estimaba en 22 muertos. Hace tiempo que no sigo las noticias por radio, y si lo hago, lo hago por Internet. Me asomé a las escaleras y le pregunté a mi mujer: “¿Dice algo la tele de esto?”. Tenemos más de 100 canales de cable. Zapeó y al final, en el Canal 24 Horas de la española empezó a ver imágenes. También TVG había interrumpido de forma casi inmediata su programación para centrar todo su esfuerzo en informar del horrible accidente.
Nunca he sido morboso con lo ajeno, en absoluto. En los casi 18 años que he trabajado en medios, tener que informar de los sucesos –esas noticias que no son el IBEX,las notas oficiales del gobierno, cifras, tiras y aflojas políticos, chalaneos judiciales, municipales o de amiguísimos del alma- muchas veces es lo que realmente me ha puesto la piel de gallina y, en alguna rara ocasión, el nudo en la garganta. La verdad es que trabajar con sucesos hace que te vayas generando un callo –o que mantengas cierta distancia con ese “material de trabajo” si es que no quieres volverte loco ante ciertos horrores- cuando tienes que cubrir en directo historias como los atentados en que perdió las piernas Irene Villa, el incendio de los almacenes Arias, el horror de Alcalá 20, algunas tragedias en las pistas de Barajas u otras pequeñas historias descarnadas y dolorosas como suicidios,malos tratos y secuestros.
El informador–aunque trabaje para una empresa privada- ha de tener en primer lugar, una vocación de servicio público, como el bombero, el policía, el maestro, el juez,el médico del ambulatorio o el funcionario de detrás de la ventanilla. No se puede morder la mano del grupo editorial, la ideología o los anunciantes que te dan de comer pero si haces información lo que no debes hacer nunca es morderle la mano a la verdad ni ocultar lo que ocurre. Trabajé en una tele “todo noticias” cuyo slogan era “Está pasando, lo estás viendo” y en una radio local de formato similar que se jactaba de contar las cosas según ocurrían en la ciudad. De la misma forma que se cubrían acontecimientos deportivos, culturales o políticos estábamos mucho en la calle, con la gente, con el denostado suceso–parecía que quien hacía sucesos era más de segunda categoría informativa que quien hacía Moncloa o información parlamentaria-: los sucesos curten. Se trata de las cosas de verdad que les pasa a las personas, historias de las que nosotros mismos podíamos haber sido protagonistas.

Ayer mismo, yo había viajado en coche a Levante ida y vuelta para recoger a mi hija y a mi suegra y evitar que tuvieran que hacer el trayecto desde la playa, después de una semana de vacaciones, en un Alvia. Ayer mismo. Un tren idéntico.  El día de los atentados de Atocha oí retumbar mis cristales y ví levantarse las columnas de humo en el Pozo y en Santa Eugenia desde mi ventana: esa mañana tenía que llevar a mi padre a una revisión en el Virgen de la Torre, uno de los centros que recibió más heridos desde primera hora. Sientes que tú podías haber sido uno de ellos. Por eso, como te roza tan de cerca, cuando informas sobre ello debe ser con el respeto, el cariño, la mesura, la sensibilidad, la velocidad y el rigor que debe caracterizar a una información tan sensible.

Hace años que no trabajo ya ni en radio ni en prensa ni en televisión ni en Internet. Pero algo queda de esa vocación de informar. Y anoche me puse a subir a redes teléfonos, sitios donde ir a donar, opiniones de primera mano.Observaba horrorizado que pocas instancias oficiales  -Feijóo y Pastor fueron excepciones- se plantaron en el sitio a arrimar el hombro: los médicos en paro iban a los hospitales a ayudar, los bomberos en lucha laboral desconvocaban sus huelgas,los donantes de sangre colapsaban los centros de donación, los vecinos del pueblo abrían sus casas y las ponían a disposición de quien hiciera falta. Pero la nota de Moncloa no salió hasta mucho más tarde y encima fue un desafortunado cortapega mientras  la familia del jefe del estado –deben tener otras ocupaciones, supongo, en vísperas de Santiago-reaccionó con el mismo tipo dolido de nota que la que mandó el pápa desde Brasil. Y aún algunos medios –aún no alcanzo a entender con qué torticero interés en medio de la confusión, el dolor, y mientras aún había cadáveres entre los hierros- hablaban, sin pruebas o criterio, de atentados.

Dice Jorge Moruno esta mañana: “En los momentos duros, en las situaciones cruciales,desgarradoras, no aparecen los recortadores, los fondos de inversión, las grandes empresas, la idea de competitividad, el individualismo. Al contrario,es cuando se destaca la solidaridad, lo común y los servicios públicos que son de todos y para todos”. Yo también soy de los que siempre ha creido en la intercesión de la gente buena más que en la de los apóstoles, de todas todas.
Por eso me alegro que me quede un poco de profesionalidad y vergüenza torera de periodista, esa carrera que ya no ejerzo pero que llevo dentro. Y naturalmente me alegro de continuar siendo –sintiendo, poniendo orden a mis cosas, condoliéndome, alegrándome y buscando la verdad- básicamente una persona. Pero ahora ya soy como un columnista o como un tertuliano: me puedo permitir el lujo de contar estas cosas doce horas más tarde.

Mis condolencias.

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