El hombre y la luna, por Javier Astasio

 
 

Todavía recuerdo las enormes polémicas que mantenían algunos comerciantes del mercado frente al que me críe y frente al que vivo en torno a si, realmente, el hombre, Armstrong, había pisado la luna o no. Recuerdo que a mí, adolescente y bachiller, aquello me indignaba ¿Cómo dudar de tan grande avance de la Humanidad? Pero ya se sabe que en lugares como el mercado de mi barrio, como todos los mercados, lo importante es discutir, polemizar, unas veces sobre algo más o menos trascendente, casi nunca sobre política y casi siempre sobre fútbol.

Con el tiempo descubrí que aquellas dudas que tanto me indignaban y que acabaron descalificando ante mis ojos al carnicero que las alentaba, estaban más extendidas de lo que yo pensaba. Incluso, llegue a ver un magnífico documental, "Operation Lune", creo que francés, en el que jugando con esa duda y con la complicidad de personajes públicos, entre ellos Kissinger y la viuda de Kubrick, ponían en evidencia la credibilidad de los medios, haciéndonos creer que las famosas imágenes del hombre en la luna fueron rodadas bajo la dirección del cineasta en su estudio, cerca de Londres.

Que tales dudas cupiesen aún en el 2002 es consecuencia de que, en realidad, el hombre ha sacado poco de la luna: apenas unos datos, la gloria y quizá la conclusión de que habitarla difícilmente será rentable. Algo que, en mi opinión, podría extenderse al resto del Universo. Todo, creo, porque, como en el poema de Kavafis, lo importante no es llegar sino ir, porque lo que hemos sacado y sacaremos de la luna y, en adelante, de Marte, lo sacaremos de la travesía en sí misma y de la tecnología que la hace posible.

Es frustrante, cuando no indignante, comprobar que el esfuerzo tecnológico y económico que se pone en juego en esos viajes bastaría para dar solución a la mayoría de los desequilibrios que aquejan hoy al hombre aquí en la tierra. A veces pienso que, si miramos o, mejor dicho, "miran", a la luna y a los planetas, es para no ver que lo que pasa aquí -hambre, enfermedades, etc.- es tan grave como evitable.

Todo es cuestión de prioridades. Lo de poner el pie de Armstrong en la Luna no era sino una forma de tranquilizar a la deprimida población del país más poderoso de la Tierra, asustada ante el éxito soviético en la carrera espacial. Con la guerra fría como telón de fondo, con el encarnizamiento de la Guerra del Vietnam, después de la crisis de los misiles y los disturbios raciales del Sur, había que dar a la sociedad americana un caramelo que entretuviese su hambre y calmase su ansiedad.

El caramelo fue caro, muy caro, pero cumplió a las mil maravillas. El orgullo de los norteamericanos por serlo se disparó y los miedos, poco a poco, se disiparon, entre otras cosas, porque, de paso, se nos mostraron las ventajas militares de tales avances y se forzó a la Unión Soviética a desviar demasiados fondos a su programa espacial, lo que, unido a la guerra de Afganistán y a la catástrofe de Chernóbil, forzó el cambio.

Neil Armstrong, el hombre que dejó su pisada y su trascendente frase en la Luna, nos dejó ayer en su Ohio natal. Al contrario que muchos de sus colegas era un hombre tímido, cuando no huraño, que pocas veces se prestó al espectáculo. Nunca sabremos que pensaba las noches de luna llena, cuando miraba aquel lugar que pisó el 21 de julio de 1969.
 
Lo que sí sé es que, desde entonces, la luna ha perdido gran parte de su poesía y su misterio. También sé que, si esta entrada se hubiese titulado "El hambre y la Luna", no sólo no habría perdido sentido sino que, quizá, tendría más.

 
 

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