El hombre invisible, por Javier Astasio



Mientras los españoles, la mayor parte al menos, estamos viviendo la peor crisis que hubiésemos podido imaginar. Hemos pasado de los días de vino y rosa, del brillo del euro que nos abrió las puertas del mundo, desde Nueva York al Caribe, al más negro de los presentes en el que ni siquiera tenemos la confianza suficiente para pasar unos días en la más barata de las playas españolas. Aunque esto, que es muy sintomático, no es lo substancial, porque lo verdaderamente dramático es que crecen las colas ante los comedores sociales, la cesta de la compra lleva cada vez menos carne o pescado, mientras crecen en ella los paquetes de arroz, pasta y salchichas.
Dentro de un mes subirá el IVA, los transportes, la luz, el gas, las tasas universitarias, el material escolar y tantas y tantas cosas lo han hecho ya. Nuestros mayores miran cada céntimo de su pensión mientras rezan para no tener que tomar muchas pastillas que tendrían que pagar en la farmacia. Los médicos y enfermeras tienen que echar mano, en un país que hasta hace dos días era solidario, su código ético para no dejar en la calle a los inmigrantes y así poner en riesgo la salud de todos. Se invierte en reparar viejos coches más de lo que le darían a su dueño por ellos. Las terrazas de los bares no se llenan y, si lo hacen, es con cervezas y cafés interminables que se estiran como los de la panda de poetas, bohemios y buscavidas de "La Colmena" de Cela... Y así toda una larga lista de agravios y desgracias de los que todos hemos sido testigos.
Mientras tanto, el ministro Montoro cobra al mes mil ochocientos euros de dieta, teniendo como tiene tres pisos de su propiedad en Madrid. Mil ochocientos euros con los que la mayoría de las familias españolas harían maravillas, pagando vivienda, ropa, calzado, colegio de los niños, comida y podrían, incuso pagarse una vacaciones y alguna que otra caña los domingos.
Mientras, la Comunidad de Valencia, la primara en pedir ser rescatada, con una deuda vergonzante, la que Aznar señalaba como su modelo, la que tenía dinero para llenar los bolsillos de Calatrava, el Tous de los arquitectos e ingenieros, siempre igual, casi siempre inútil, a cambio de proyectos plagados de defectos o abortados. Mientras, Valencia se hipoteca en la financiación de la Fórmula 1, a mayor gloria de Aznar y su yerno, el que vive y negocia en las inmediaciones de la Gürtel.
Mientras, los errores de nuestro pijoministro de Economía hunden más aún si cabe la ya de por sí agujereada Bankia. Mientras, cada vez que habla Montoro sube la prima de riesgo. Mientras, las bocas rotas de los ministros del PP, hechas, tal lo parece, para hablar sin sentido, dejándonos, a nosotros y al país, con el culo al aire, un día sí y otro también. Mientras, España da pena o risa, salvo que hablemos de fútbol y otros deportes.
Y mientras, lo que es peor, este país parece no tener líder, porque el que consiguió serlo a la tercera se esconde o huye. Mientras, Mariano Rajoy se empeña en no disgustarnos con sus explicaciones o, cuando las da, son absurdas perogrulladas, estúpidas metáforas, a veces sobre el deporte, a veces sobre otras cosas, que me hacen dudar de su capacidad para ocupar el puesto que diez millones, ochocientos treinta mil, seiscientos noventa y tres españoles decidieron que ocupase.
A veces pienso que quien vive en La Moncloa es el Hombre Invisible.


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