El hombre de la multitud, por Gabriel Merino

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“Las luces de gas brillaban todavía, mas la lluvia redoblaba su fuerza y sólo alcanzaban a verse contadas personas. El desconocido palideció. Con aire apesadumbrado anduvo algunos pasos por la avenida antes tan populosa, y luego, con un profundo suspiro, giró en dirección al río y, sumergiéndose en una complicada serie de atajos y callejas, llegó finalmente ante uno de los más grandes teatros de la ciudad. Ya cerraban sus puertas y la multitud salía a la calle. Vi que el viejo jadeaba como si buscara aire fresco en el momento en que se lanzaba a la multitud, pero me pareció que el intenso tormento que antes mostraba su rostro se había calmado un tanto” (Edgar Allan Poe.-“El hombre de la multitud”)

Descubrí de niño que los espacios abiertos a solas me incomodaban, especialmente por la noche y a oscuras. Debía tener diez años en un campamento cuando tuve que salir sólo de la tienda por la noche a las letrinas, como quinientos metros más allá de la zona de acampada. Había luz de luna, campo abierto, gorjeos de pajarillos nocturnos y quietud pero recuerdo que esa sensación de espacio abierto a solas – aún no había leido la historia sobre el wendigo de los mitos de Cthulhu- no sólo me incomodó sino que noté que me asustaba muchísimo, sin razón aparente. Con el tiempo me dí cuenta que la sensación de agorafobia me turba más que la de claustrofobia que, en ocasiones hasta me parece acogedora. No entiendo a mi padre, que fue incapaz de bajar a las catacumbas de Roma, o a mi mujer, que se negó de plano a recorrer los angostos túneles bajo la pirámide de Kefrén y temblaba –aunque  sé que es valiente- cuando descendimos a las tumbas del Valle de los Reyes o al Serapeum de Menfis.

 

Es cierto que a mí también me invade un tipo de claustrofobia, pero no la derivada de una inmovilización sino esa que sobreviene en cualquier reunión tumultuaria, ya sea la hora punta en el metro, unas fiestas de pueblo o de barrio, un concierto multitudinario, una manifestación, una cola o una fiesta de masas. Resisto mal las cantidades inmensas de gente y para ligar, bailar, emborracharme, tener sexo, drogarme, desfasar o alternar -cuando se ha dado el caso o la hipótesis teórica- de no hacerlo en intimidad estricta, siempre he preferido grupos reducidos, si no podían ser selectos. No es el hecho de que esté ya mayor para determinado tipo de eventos, pero jamás me he imaginado participando de buen grado en un macrobotellón, en un concierto de Rock in Rio o en la maratón de Nueva York.

 

Hay gente que, por el contrario, para vencer sus vergüenzas o sentirse integrado en su verdadera salsa, necesita estar rodeado de otra gente que siga exactamente las mismas pautas, ya sea bailando reggaeton o tralla, realizando las pruebas de un triatlón, protestando contra un gobierno cabrón o haciendo cola de 45 minutos para subir en la lanzadera del parque de atracciones. A mí esas situaciones me embotan y me revuelven, igual que me atemoriza sin razón estar sólo en un espacio abierto. Hay gente que odia o teme la oscuridad, la sensación de no poder moverse, la apnea: en mi caso esos temores irracionales se deben básica y fundamentalmente a los espacios abiertos en la misma medida que a las multitudes. He evitado en la medida de lo posible las concentraciones de gente porque, a diferencia del “hombre de la multitud” de Poe, esas grandes concentraciones me disgustan, me perturban, me desconcentran y hasta me desintegran de mi entorno. Estar inmerso en la masa no me hace sentirme en absoluto arropado, integrado o protegido sino todo lo contrario: me desazona.

 

Conocer  lo que ocurrió en la noche de la fiesta del Madrid Arena me ha hecho naturalmente, en primer lugar, condolerme por las jóvenes muertas y pos sus familias. Pero pienso: efectivamente, tengo casi cincuenta años pero ni con quince ni con dieciocho ni con veinte ni veinticinco hubiera pensado en esa fiesta como un destino deseable, incluso aunque el aforo hubiera sido el permitido. Jamás hubiera sacado una entrada para ese fiestón, como tampoco lo hubiera hecho para ningún otro acto multitudinario.

 

Conozco mis fobias y sé que ésta –como la agorafobia, como la de ciertos bichos, como la de la suciedad, la intolerancia o el pensar que alguien pueda hacer daño a mis seres queridos- me sobrepasa quizá más allá de lo racional. Y siendo como son esos temores, me gustaría que fueran hereditarios para que mi hija, por ejemplo, no se sintiera jamás tentada de acercarse a esas cosas que, para mí, son fuente si no de pánico, sí de una inmensa desazón.

 

Pero lo malo de nuestras fobias es que a pesar de que se puedan transmitir culturalmente, no son obligatoriamente hereditarias. Y que aquellos que deberían ayudarnos a superar algunos de esos miedos son tan irresponsables  que, más que ayudar, te hacen temerlas mucho más. Hoy sé que algunas de estas actividades, especialmente si hay entradas con código de barras de por medio, no son tan inocuas como caminar por la noche por un espacio abierto: el wendigo no existe pero está claro que ese hombre de la multitud de Poe, espacialmente si ha llegado hasta hoy y decidiera pagarse una entrada a una macrofiesta, seguramente se estaría exponiendo a un peligro mucho mayor.

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