El guiñol de Montoro y Monedero, por Javier Astasio



El problema de Monedero frente a la Hacienda Pública es la candidez del novato. O quizá creer que, si finalmente se demuestra que sus ingresos procedentes de América Latina lo eran para financiar el movimiento que dio lugar a  Podemos, el fin justificaba los medios y no haber escamoteado ni un céntimo al control bancario ni, por tanto, a la inspección de Hacienda. Si el dinero le hubiese llegado en los maletines de Flick, como le llegaba a aquel PSOE de Felipe el dinero de la socialdemocracia alemana, en cajas de zapatos de manos de empresarios y banqueros asustados como le llegaba a la UCD de Suárez, o los donativos que recibe el PP como contraprestaciones a generosas adjudicaciones de obras y contratas, como le ocurre al PP, Monedero no hubiera tenido que padecer lo que está ahora padeciendo bajo la lupa de cuantos desean que Podemos fracase, para que no fracase el chiringuito del que, desde hace décadas, vienen disfrutando.
Evidentemente, que ese dinero es sospechoso no se le escapa a nadie, pero no creo que PSOE o PP sean los más indicados para reprochárselo porque su pasado y su presente están llenos de rincones más oscuros aún que éste. Eso debería quedarle a partidos emergentes como Podemos, que, si no cuentan con fuentes de ingresos distintas de las cuestaciones entre sus militantes, muy difícilmente podrían plantearse el uso de los medios precisos en una campaña electoral.
Y digo esto estando seguro de que mediante un crowdfunding -en español, sablazo- o pasando la gorra en sus actos públicos podrían obtener esos fondos con la mayor de las facilidades. Lo que ocurre es que lo que menos importa es el dinero, lo que realmente importa es señalar la irregularidad que, en el mejor de los casos, podría atribuirse a una ingenua interpretación de las leyes, una trampa, generalizada entre los contribuyentes e inducida las más de las veces por asesores aficionados o poco escrupulosos.
Me viene a la memoria el caso de una compañera de la agencia EFE que, en los tiempos de UCD y de las primeras declaraciones de la renta, tuvo que enfrentarse a una paralela, en la que el inspector de turno se hacía cruces por cómo habían tratado de "colar" una declaración trampeada tan burdamente como esa. Era tal su asombro que acabó preguntándoles de dónde había salido tal declaración y ella acabó diciéndole que se la había hecho un amigo que entendía de eso. El picante de la anécdota es el de que el amigo era un  joven Francisco Fernández Marugán, que acabó siendo tesorero del PSOE y portavoz socialista en la Comisión de Presupuestos del Congreso amén de haber sido uno de los diputados de más larga trayectoria de la democracia.
Anécdotas aparte, si es reprochable la torpeza y el ocultismo a medias de Monedero, mucho más lo es la actitud del ministro de Hacienda que parece haberse adjudicado el papel de espía de su partido en las cuentas de los españoles que son de todos y en absoluto están para hacer el uso partidista de ellas que viene haciendo desde el primer minuto de cada uno de sus dos mandatos en el ministerio. Nunca un ministro ha exhibido con tanto descaro los datos de los contribuyentes que no le son simpáticos, datos que son sólo del contribuyente y de la Agencia Tributaria, pero que él no duda en insinuar o en comentar después de las consiguientes filtraciones a la prensa "amiga". Una actitud que bordea, si no traspasa abiertamente, la legalidad.
Eso y su contumaz tendencia a callar y ocultar las faltas de los amigos y no pasar ni una de las de los molestos adversarios. La prueba la hemos tenido con la escandalosa nómina de patriotas que, como dice hoy El Roto, mandaban su dinero a estudiar a Suiza, que el ministro tilda de agua pasada y que sin embargo revelaba el mecanismo usado por las grandes fortunas españolas, incluidas las de algunos de sus compañeros de partido. Tan burda ha sido su actuación que ha merecido el reproche de los mismos inspectores de Hacienda, que se ha visto obligado a admitir que se investiguen las actuaciones del HSBC en nuestro país.
Son cosas distintas, las de Monedero y Montoro, pero se están dirimiendo en un guiñol que iguala los tamaños y en el que yo, como cuando era niño, prefiero que gane el más débil, por pillo que sea, frente al ogro malvado que se esconde en el Ministerio de Hacienda. Sobre todo, porque, con su victoria sobre el villano, le irá mejor a la princesa, que es nuetsra democracia secuestrada.

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*