El gran chapuzas, por Javier Astasio

 
Junto a su "madrina" -quien quiera ver segundas intenciones en el entrecomillado puede hacerlo- formó lo más parecido a aquellos Pepe Gotera y Otilio de los tebeos. Juntos proponían, aprobaban y, a veces sí, a veces no, inauguraban desde un peñasco hasta la carísima y gurtélica primera piedra de la que luego fue Ciudad Fantasma de la Justicia, con tal de salir en la foto y tener un escenario para que la condesa, siempre dispuesta a ello, pudiese cultivar su imagen, moviendo de paso la silla al mismísimo Rajoy y, cómo no, poniendo zancadillas al "hijoputa". Todo esto, y eso es lo grave, a costa del bolsillo de los madrileños que, un tanto abobados, les votaron y les votaron, dándoles más energía que la que daban al conejito las pilas de Duracell.
Lo malo es que Otilio González, mucho más torpe y primitivo que su jefe, Pepe Gotera Aguirre, era el que, al final, se quedaba solo en el tajo, con un resultado perfectamente lógico y llevándose, a la vez, las broncas del cliente y de su jefe. Pues eso es, precisamente, lo que hizo la condesa de Murillo cuando, en una interpretación digna de la doctora Nuria Espert y haciéndonos creer que lo hacía por la salud y la familia, anunció que se marchaba, aunque "no del todo" de la presidencia de la Comunidad de Madrid, aunque no del todo de la política.
Y a fe que lo ha cumplido, porque, desde que se fue no ha parado, empalmando su adiós de Sol con su condición de funcionaria de Turismo y, ahora, la de cazatalentos de lujo, aprovechando cada uno de los segundos que ha estado bajo los focos y ante los micrófonos, para seguir con la práctica de su deporte favorito que no es el golf, como cree mucha gente, sino repartir estopa a propios y extraños.
Y, mientras tanto, Otilio en el andamio, tapando agujeros y cubriendo desconchones de una gestión que, antes o después, y Aguirre lo sabía, comenzarían a deslucir y agrietar la imagen de un gobierno que fue despótico, caro e irresponsable.
Al "pringao" de Otilio González, se le está viniendo todo encima. Una tras otra, las consecuencias de todas y cada una de las chapuzas que antes se toleraban e, incluso, se aplaudían, están cayendo sobre su torpe figura y no hay más que mirarle a los ojos o escuchar sus explicaciones balbuceantes, para ver que está sobrepasado y pidiendo árnica, cuando no un milagro.
Hoy, por ejemplo, el Tribunal Constitucional estudia el recurso que interpuso el gobierno contra la "salvajada" -así me lo definió ayer un farmacéutico- de instaurar la tasa de un euro por receta. Un mal trago que Otilio podía haberse ahorrado visto el recurso interpuesto previamente contra la misma tasa aplicada en Cataluña. Pero no. En lugar de eso, prefirió multiplicar el trabajo de los farmacéuticos y disuadir a los pacientes dispuestos a objetar, obligándoles a rellenar tres veces por cada euro objetado un formulario digno de un tercer grado, en el que se piden los siguientes datos: clave del usuario, NIF del mismo, fecha de expedición de la receta, fecha de la compra, nombre y dos apellidos, domicilio completo, teléfono, dirección de correo electrónico, clave del medicamento dispensado, firma y fecha de la objeción, datos redundantes, porque en un país civilizado, y este presume de serlo, con el NIF se obtienen todos los demás datos de identificación. Yo lo hice ayer quince veces, no porque no pudiese hacer frente a los cinco euros cuyo pago objetaba, sino, como le explique al pobre farmacéutico, por una cuestión de principios. Hoy, probablemente, podría habérmelo ahorrado, pero me alegro de haber dejado por escrito mi oposición a tan injusta arbitrariedad.
Eso hoy, pero ayer al señor González se le cayeron los palos del sombrajo que pretendía instalar en las ventas y gracias que fue ayer y no dentro de dos días, porque, desgraciadamente, hubiese habido gente debajo y podríamos haber asistido a otra tragedia. Y no acabó ahí la cosa, porque, también ayer, se supo que el Supremo ha condenado al gobierno de Otilio González a pagar los cuarenta y tantos millones de euros de inversión que Esperanza Gotera había negado a la Universidad Complutense, a la que Aguirre y sus palmeros habían jurado odio eterno por un quítame allá esas memorias. Ahora, los madrileños pagaremos tres veces aquel castigo. Una en los intereses de demora de aquella cifra, otra en las costas y otra por la caída de los presupuestos de la universidad, algo que a Aguirre y González les saldrá gratis.
Hoy, cuando baje por la calle del Arenal, me asomaré por la bocacalle en que está la capilla del Niño del Remedio que tiene fama de milagrero. Estoy seguro de que allí me voy a encontrar a nuestro Otilio pidiéndole que escampe. Aunque, ahora que lo pienso, es probable que con su experiencia en las chapuzas, muy probablemente se habrá construido un túnel desde la Casa del Correo a la capilla, para poder visitar al niño más discretamente.
Se me olvidaba. Si yo fuese Ignacio González miraría los techos del ático de 770.000 euros en Marbella, con la suerte que tiene, estoy seguro de que tiene goteras. Y, mientras tanto, la condesa, feliz y contenta en su palacio.
 
 
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