EL FÚTBOL, EN EL ARMARIO, por Javier Astasio


Parece mentira que, ahora que nuestro país está a punto de cumplir cuatro décadas de democracia, una democracia más o menos imperfecta, pero democracia al fin, el deporte más popular, por no decir la actividad más popular, del país, la que ocupa horas y horas de radio y televisión y millones de páginas a lo largo de la semana, siga en el armario del más puro franquismo, un armario dentro del que no parecen existir las leyes que rigen para la ciudadanía en cualquier otro ámbito.
Es una situación tan lamentable como parece. A cualquiera le cuesta creer que los insultos y golpes que intercambian en el campo los jugadores, a la vista de millares, si no millones, de espectadores no tengan las mismas consecuencias que tendrían si el intercambio se produjera en la calle. Tal parece que, con el precio del abono o de la entrada, los espectadores tuvieran derecho a asistir y a participar a veces en un espectáculo que parece sacado de otros tiempos y otros lugares.
Y, todo, porque lo que nos "venden" es una realidad falseada, en la que nada es lo que parece. Y más, ahora que hay que llenar con aburridas verdades o atractivas exageraciones y mentiras tantas horas de programación y tantas y tantas páginas que, además y por si fuera poco lo anterior, no sólo se ocupan de esa realidad más o menos alterada, sino que también se hacen eco del estrambote que aportan, con o sin careta, ciudadanos de a pie con un móvil en las manos.
Ese es el mayor problema: en el ámbito del fútbol se habla demasiado, hablan demasiados, forjando una imagen distorsionada, no ya de lo que debiera ser, sino de lo que es ese mundo que mueve tantos y tan variados intereses. También que, ahora, gracias o por culpa de los potentes medios técnicos, es casi imposible, por más que se escondan los labios tras la cortina de las manos, es imposible ocultar lo que se dice sobre los terrenos de juego y la vieja y absurda consigna de que "lo que pasa en el campo se queda en el campo" se está viendo superada un día sí y otro también.
Pero, a lo que íbamos, en esos terrenos no está representada la sociedad que los mantiene. No existe en ellos la tolerancia de la que, afortunadamente, han hecho gala los españoles en estos últimos años. Nadie se atreve a dar los pasos que, en una fábrica, una oficina o cualquier centro de trabajo se van haciendo normales. En España, al menos en el fútbol de élite, ningún jugador, al menos que recuerde, se ha atrevido a dar el paso de salir del armario, haciendo pública su opción sexual si ésta no es la que podría esperarse de ellos. Únicamente, un árbitro de categorías inferiores se atrevió a darlo y, hacerlo, le salió caro, porque, al margen de si cumplía bien con su cometido, se vio sometido a tal persecución que se vio obligado a abandonar.
Y es que parece que, en ese mundo, el que más grita, el más bruto y el que más ruido hace es quien acaba imponiendo la norma y que nadie, salvo que no hacerlo implique grandes pérdidas económicas, persigue a los energúmenos. Tanto es así que, en los estadios, los gritos racistas, el machismo y, en general, cualquier otro tipo de intolerancia está más consentida de lo que lo estaría de puertas afuera del estadio.
El sábado, un jugador del Atlético de Madrid, un jugador nacido en democracia, supongo que, al menos, con estudios primarios, se enfrentó con su rival, Cristiano Ronaldo, al que, se supone que, para ofenderle, llamó maricón en el terreno. Lo más curioso es que el "incidente" se ha conocido porque el propio Cristiano lo comentó con sus compañeros, así como lo que respondió a su rival: "sí, pero soy millonario", lo que no deja de ser una tontería por otra tontería.
Hoy hemos sabido que, Arcópoli, asociación LGTB que fundamentalmente apoya a quienes sufren agresiones por su condición sexual, ha pedido a la Liga de Fútbol que investigue los hechos. Y me parece muy oportuno que lo haga. Basta ya de esconder estos miserables comportamientos. Quizá así los jugadores se atreverían a, en lugar de inventarse matrimonios "postizos" como hacen políticos y cantantes, dar el paso de "salir del armario" para que deportes como este salgan, no ya del armario, sino de la caverna antidemocrática en que hoy, con nuestro consentimiento, se mueve.

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