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EL FOSO DE LA JUSTICIA, por Javier Astasio

 
Pese a que he conocido en ella las castas, la soberbia, el desprecio por los de a pie y su afinidad con el poder, siempre he visto a la justicia como la última esperanza para quienes creen, creemos, en el Estado de Derecho. En cierto modo, sigo creyendo. Confío en las garantías que ofrece la posibilidad del recurso a instancias superiores, la esperanza que supone, para quien se ha sentido injustamente tratado por un juez o por un tribunal, poder recurrir esa decisión que ha considerado injusta, ante una instancia superior, siempre con más experiencia, siempre con más cabezas en el tribunal que amplíen la mirada sobre el caso.
En teoría nada hay que reprochar al sistema. Sin embargo, los plazos, los costes y todo aquello con lo que la Justicia pretende defenderse de la sistematización del recurso, del "recurrir por recurrir", del "tirar por elevación", por si en instancias superiores el viento soplase de otro lado, hace que la justicia acabe siendo un lujo al alcance de pocos, al alcance sólo de quienes tienen el tiempo y los recursos suficientes para "sostener" un caso durante años en los tribunales.
Por el contrario, eso mismos recursos, ese recorrer instancia tras instancia, utilizados por quienes tienen o han tenido el poder político y económico en sus manos, se convierte en una barrera, en un foso, en el que quienes sólo tienen la razón se ahogan, mientras los otros, los que controlan el poder desde siempre añaden más y más agua para hacer inalcanzable la orilla del resarcimiento justo.
La justicia como esperanza, como arma de defensa, y la justicia como arma ofensiva, no sólo porque ofende, con la que quienes han perdido el poder o lo ejercen en otros campos, atacan a quienes les suceden, a sabiendas de que, aunque, al final, resplandezcan la razón y la verdad ya será tarde o será mucho el daño causado al adversario.
Me estoy refiriendo, creo que no hay que explicarlo, a la ingeniería judicial del PP, diseñada en gran medida por el ínclito Federico Trillo, manifestada em esa ofensiva de recursos con los que el Partido Popular ha bombardeado siempre que ha podido todo lo que no podía controlar en el parlamento o en otras instituciones políticas, buscando subvertir en los tribunales la voluntad de las mayorías.
Fue así como se cepilló en el Constitucional el Estatut que los catalanes votaron en referéndum, ese sí, con garantías, en el año 2006, haciendo caer el polvo, los polvos, en los que creció la frustración de los catalanes, transformada en la avalancha de lodos de los últimos meses, en la que se puso en serio peligro el mismo Estado de Derecho que sólo, al final, el sentido común de unos sumado a la enorme torpeza de otros consiguió poner a salvo.
Lo malo es que es muy difícil convencer al PP de que deje los tribunales en paz, es muy difícil que lleguen a ver que eso de poner trabas a la justicia para que alcance tarde o nunca, a los suyos para alejar el castigo de quienes, ya es oficial, han financiado a su partido, dándole una ventaja insalvable desde la que hacer y deshacer, gobernando para los suyos, ni siquiera para quienes les votan.
En esa fase están ahora en Madrid y Valencia, poniendo palos en las ruedas de administraciones que quieren revertir en favor de los ciudadanos el resultado de años y años de gobiernos injustos que se han lucrado y han lucrado a los suyos, constructores y especuladores, mientras la justicia, la fiscalía, convenientemente infiltradas paraban o aceleraban los procedimientos al gusto de Génova.
Por eso quieren acabar con quienes quieren convertir a Valencia en una ciudad más justa y, por eso, quieren paralizar desde el Ministerio de Hacienda y desde los tribunales todos esos proyectos, todas esas obras, colegios, residencias de ancianos, centros culturales y sociales, que tan necesarios son para los ciudadanos.
Más de setecientos proyectos de ese tipo se han paralizado en la ciudad de Madrid, quizá porque no quieren que Manuela Carmena, la que, mientras fue decana de los juzgados de primera instancia de Madrid, acabo con las "astillas", los sobornos que atrasaban o adelantaban procesos a voluntad, enmiende con éxito la plana a los alcaldes populares que la han precedido, especialmente Gallardón y Botella, que durante sus mandatos rapiñaron lo que era de todos y para todos los madrileños.
Las Justicia como un foso, una trampa, con la que disuadir o ahogar a quienes quieren un mundo, una sociedad, mejor para todos.