El FMI y los pollos, por Javier Astasio


No creo que a estas alturas sea necesario recordar una vez más quienes han ocupado la dirección del Fondo Monetario Internacional ni enumerar sus hazañas, para tener claro qué es lo que los mortales, los que no nos movemos en limusina, podemos esperar, no ya de las previsiones del fondo, sino de sus verdaderas intenciones. Y me explico: con sus cifras de esta madrugada, lo que hace la institución que dirige la prevaricadora Christine Lagarde es  dar la razón al único gobierno de la Europa del sur que ha sido fiel a sus recetas y que ahora se ve amenazado por sus empobrecidos electores.
Una vez perdida Grecia, que el próximo domingo optará por una izquierda diferente a la que durante décadas se ha venid alternando con la derecha en el despeñadero griego, parece que el FMI pretende poner en manos del PP de Rajoy la munición que le permita defender el cortafuegos contra esa nueva izquierda en el Mediterráneo, la última trinchera de quienes defienden a sangre y fuego la economía especulativa contra el avance imparable de quienes están dando sentido a los que durante décadas nos hemos dejado embaucar por quienes dejaron la calle y los problemas de quienes les votaron, para sentarse en los sillones de cuero de los consejos de administración del IBEX 35 para ocuparse sólo de sus intereses.
Afortunadamente, o por desgracia, los cantos de sirena del FMI y el uso propagandístico que de ellos va a hacer el PP chirrían en los oídos de tantos y tantos españoles que han perdido el trabajo, la casa y el bienestar de que disfrutaban tras tantos años de lucha y de trabajo. A ninguno de ellos, por más que insistan portadas y telediarios le van a convencer de que la cosa está mejor. A ninguno le van a hacer creer que trabajar unas pocas horas a la semana, cuando y donde quiera el patrón, a cambio de unos pocos euros, es tener un puesto de trabajo, porque esos miniempleos miserables no le garantizan el futuro para el que tanto se había preparado.
Este gobierno y todos esos grandes organismos que trabajan al servicio de una superestructura que escapa al control de cualquier poder democrático confunden intencionadamente contratos y empleos, pretendiendo hacernos creer que lo otro, trabajar y progresar en una empresa, aportar y recibir a y de esa empresa nuestros conocimientos, está anticuado y, yo lo escuchado, es también egoísta y cómodo.
Por eso y para eso nos han sumergido en esta crisis que, al menos en Europa, ha sido perfectamente diseñada. Por ello han dejado en el paro y sin red a millones de europeos, especialmente en el sur y especialmente en España, a sabiendas de que, en pleno desierto, quien más quien menos buscará un refugio, por pequeño que sea, en el que tratar de sobrevivir.
Combatir esta ofensiva publicitaria del Gobierno y de quien una vez tras otra equivoca a su gusto los pronósticos le va a resultar fácil a Podemos y le resultaría fácil al PSOE, si el peso de la púrpura de esos consejos de los que os hablo se lo permitiesen, Bastaría con pedir a la gente que mirase a su alrededor y echase cuentas. Bastaría con preguntar a los jóvenes qué expectativas tienen de alcanzar algún día la independencia que da vivir en una casa propia. Bastaría con pedirles que pensasen en cuántos de sus amigos están en el paro o trabajan a salto de mata por una miseria. Inmediatamente se silenciarán las fanfarrias y caerá el más ominosos de los silencios sobre estos señores que nos han dejado sin sueños ni derechos.
Lo que ha hecho el FMI es decirnos, como en lo peor de la posguerra, que este año habrá pollo para todos, esos pollos que soñaba el buen Carpanta en los tebeos, pero el hecho de que haya pollos como para saciar el hambre de todos los españoles no quiere decir que esa hambre se vaya a saciar, lo que ocurre es que, de los pollos del FMI, unos pocos españoles se comen los de todos los demás.


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