El final del camino, por @JaviMoral_

‘También la piedra, si hay estrellas, vuela
sobre la noche biselada y fría
creced, mellizos lirios de osadía,
creced, pujad, torres de Compostela’.

Con estas elocuentes versos se refería Gerardo Diego en su poema “Ante las torres de Compostela” a la ciudad de Santiago, una de los mayores conjuntos arquitectónicos de nuestro país.
Son esas torres, las torres de su catedral casi milenaria, las que vislumbra el peregrino tras ascender el Monte do Gozo en lo que será el último tramo de su largo y duro camino. Comienza el descenso para adentrase en la historia e impregnarse del trasiego de los demás viajeros y estudiantes que recorren constantemente sus empedradas calles.
Tras llegar a la ciudad, atravesando algunas avenidas concurridas nos adentramos en su casco histórico guiándonos por las marcas gravadas en el camino. El asfalto se convierte en piedra y es entonces cuando realmente la ciudad nos invita a retroceder siglos en la historia como si del medievo se tratara. Bajamos por la Rúa de San Pedro, una de las calles más vivas y peculiares de la ciudad con distinguido ambiente de barrio, lleno de tascas y pequeños comercios para finalmente llegar al corazón de la zona vieja.
Cada paso a través de sus callejuelas nos acerca más a la Catedral, pues la ciudad creció alrededor de ella. Los edificios conservan sus escudos de armas medievales y la piedra se hace partícipe de nuestra visión en cada rincón. Ascendemos por la calle de las Casas Reales dejando atrás la denominada Puerta del Camino uno de los accesos más concurridos de peregrinos. Nos topamos con una de las múltiples iglesias y capillas que se erigen en Compostela, la Capilla de las Ánimas de claro estilo neoclásico.
Continuamos nuestro recorrido alcanzando la concurrida Plaza de Cervantes constituida por una fuente presidida por el busto del escritor manchego. Está plaza es un punto clave de reunión en la ciudad además de gran trasiego y fue y es clave para el trajín comercial en el corazón del casco histórico de Santiago.
Salimos de la plaza de Cervantes y nos adentramos en la calle de la Azabachería, la cual recibe su nombre por sus curiosas tiendas donde antaño se trabajaba el azabache. Todavía podemos observar que numerosos negocios de la zona se dedican a ello y son punto de venta para los peregrinos. En esa misma calle, más o menos por la mitad nos encontramos una pequeña plaza que nos da acceso a las escaleras que descienden a la popular plaza de la Quintana, un hermoso lugar presidido por la Torre de la Berenguela, la más alta de Santiago. La torre tiene un reloj en su parte superior que marca las horas de la ciudad, su sonido se escucha por todo el casco histórico. Esta plaza tiene su importancia pues es el primer momento en el que observamos la Catedral por uno de sus laterales. Además es aquí donde se encuentra la conocida como puerta Santa, de origen románico y que solo se abre en año jubilar. La estampa nocturna de la plaza de la Quintana es una de las más bellas de la ciudad.
Continuamos descendiendo a través de unas escaleras que nos llevan directamente a otro lugar señalado: la plaza de Platerías. Es aquí donde nos encontramos con comercios centenarios donde todavía se trabaja la plata, algo muy característico en Compostela. La plaza está presidida por una fuente de piedra donde unos caballos rodean su columna central. Acercándonos a la fuente observamos en su fondo un montón de monedas, pues la tradición nos lleva a caer en una curiosa trampa para los peregrinos y foráneos e la cual los lugareños te invitan a mirar el fondo mientras aprovechan para salpicarte.
Salimos de platerías y recorremos los últimos metros antes de encontrarnos a nuestra derecha con nuestro destino: la hermosa plaza del Obradoiro, centro monumental de la ciudad y punto de encuentro para peregrinos y viajeros. Un lugar de constante júbilo donde se entremezclan sentimientos de alegría por llegar al final, donde se escuchan las historias y anécdotas del camino y la música procedente de cualquier rincón de la plaza bien sea a través del cántico de la tuna o del sonido de las gaitas de algún músico callejero. Ante nosotros se erige la fachada del Obradoiro con sus dos torres y su increíble Pórtico de la Gloria. El románico, gótico y barroco conviven en perfecta armonía entre sus muros. Además de la catedral, la plaza está rodeada de edificios emblemáticos como el Hostal de los Reyes católicos, el Pazo de Raxoi sede del gobierno municipal o el rectorado de la Universidad de Santiago.
Llegamos a las últimas escaleras, los últimos pasos para disponernos a entrar en la catedral, la joya de la corona de la ciudad y una verdadera delicia para la vista. Dentro se respira un remanso de paz que se entremezcla con flashes y murmullos de los visitantes. Estos suelen seguir un ritual que se tenido que controlar a lo largo de los años para no dañar la estructura de la catedral. Antaño la gente a su entrada se daba cabezazos ante el denominado “Santo de los Croques” una escultura tallada en piedra del Maestro Mateo, artífice de la catedral y numerosos edificios de la ciudad antigua. Posteriormente el recorrido nos lleva a la visitar el sepulcro donde supuestamente están los restos del apóstol Santiago para finalizar con el mítico abrazo a la estatua dorada del santo que preside el altar catedralicio.
Tras la visita a la catedral salimos por de ella por uno de sus laterales para contemplar la última de las plazas que la rodean, la plaza de la Inmaculada. Observamos a la salida un precioso edificio perteneciente al Monasterio de San Martín Pinario.
Tras llegar a este punto nos mezclamos con los estudiantes y peregrinos por la conocida calle del Franco, llena de restaurantes y tabernas donde se pone a nuestra disposición una gran oferta gastronómica.
Santiago es la meta para muchas personas que buscan encontrarse a sí mismas. Es una ciudad llena de vida que se transmite a través de los ecos de la piedra sobre la que se asienta. Es el final de camino.

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*