EL FIN DE ETA, por Javier Astasio


Por edad me ha tocado, no a todos los españoles les pasa, haber sido testigo, en la distancia, eso sí, del nacimiento y el fin de ETA. Al principio, he de reconocerlo, durante los últimos coletazos de la dictadura, los de mi adolescencia, ETA tenía un halo de "robinhoodismo", si es que perdonamos el "palabro", porque atacaba a "los malos" y defendía a los buenos y, por qué negarlo, porque sus actos se circunscribían únicamente al País Vasco y, a lo sumo, Navarra. Eran tiempos en los que ETA se nutría de universitarios y, como el PCE, de alguna manera, aglutinaba la resistencia más activa contra el dictador. También, ETA era de izquierdas o, al menos, así la quería ver yo.
Estoy hablando de los tempos del "Proceso de Burgos", de una ETA que renunciaba a causar "daños colaterales", de una ETA, en fin, muy arraigada en el pueblo, que aún tenía la pátina de los aquellos movimientos de liberación nacional de los sesenta, una ETA contemporánea de los primeros años de la revolución cubana, una ETA con mucho de épica, que aún encontraba una cierta justificación para su violencia.
Os hablo, insisto, de años en los que, a Madrid, al resto de España, no le alcanzaban ni los tiros ni las bombas de ETA. Pero el tiempo pasó, Franco murió ensartado de agujas y electrodos en una cama de un hospital madrileño, el mismo que su régimen levantó para conmemorar los veinticinco años de esa paz terrible que siguió a su guerra. El tiempo pasó y llegó aquella democracia imperfecta en la que nos movemos aún, con aquellas primeras elecciones que pusieron a cada uno a trabajar en lo suyo, en las que aquella unanimidad en torno a ETA desapareció, como también desapareció la que había en torno al PCE, dando paso a la moderación y el posibilismo. Y a ETA que, con la amnistía, iba quedándose sola y sin argumentos para justificar la violencia que crecía en ella.
Poco a  poco, de ETA fueron desgajándose las distintas facciones que ya no comulgaban con toda esa violencia del pasado ni, mucho menos, con esa "socialización del dolor" con la que en adelante iba a justificar sus bombas, algunas de las cuales acabaron en terribles masacres, llegaron los tiros en la nuca, las bombas lapa y los más cobardes asesinato, en una escalada de atentados que aún resuenan en nuestros cerebros -Calle del Correo, Hipercor, las casas cuartel de Zaragoza y  Olot, la Plaza de Republica Dominicana, el sádico asesinato de Miguel Ágel Blanco, el de Ernest Lluch, el atentado del Aeropuerto de Barajas- como un palmarés del horror más ciego e inútil. que acabaron por hacer saltar, también, por los aires cualquier apoyo o simpatía que hasta entonces podría recibir, sobre todo del exterior,
Y, con su terror, incluso con el de "baja intensidad" que teorizó y practicó la banda, creció enfrente la eficacia policial y diplomática de los distintos gobiernos que se sucedieron en España, y se trabajó en distintos intentos de negociación, alguno dinamitado por el PP, para buscar una salida, la que por fin parece haber llegado, que pusiese fina a cerca de un millar de muertos y más de seis décadas de dolor.
Alguno de esos intentos me tocó vivirlo de cerca, del mismo modo que la política de dispersión de los presos de la organización y las distintas estrategias de "maceración" de unos militantes que estaban llegando a la edad en que otros se jubilan, en la cárcel y sin haber conocido una vida más allá de la clandestinidad, el exilio y las rejas. Sin embargo y curiosamente, al menos en mi opinión, el hecho que definitivamente acabó con ETA no tuvo que ver con ella ni con la lucha contra ella. Lo que creo que acabó con ETA fue, irónicamente, que durante cuarenta y ocho horas una gran parte de España diese por buena la atribución de la autoría de las matanzas del 11-M en los trenes de Madrid que. miserablemente, hizo el gobierno de Aznar.
ETA había exacerbado tanto su violencia que muchos españoles les creyeron capaces de algo tan ciego y sin sentido, sin siquiera el sentido que cínicamente dieron a más de uno de sus atentados. Verse ante el espejo de tanto horror les retrató en su locura y les dejó sin argumentos. Eso y el cansancio de una "guerra" que estaban perdiendo, les llevaron a callar las armas, primero, y a entregarlas, ahora, dentro de unos días.
Todo ha influido, las consecuencias del terror, el cansancio de quienes se embarcaron en una vida sin salida y sin relevo, el fin de la tortura y el terrorismo de Estado que, desgraciadamente, camparon por sus respetos en este país, el rechazo de gran parte de la población que valientemente llevó "Basta ya" a las calles de Euskadi, la eficacia policial, el fin de los santuarios en Francia y el resto del mundo, el 11-M, pero, sobre todo,, la llave para una salida negociada a la que llevó el convencimiento, primero en el ministerio del Interior -así me lo dijeron ya en los primeros noventa- y después en sectores cada vez más amplios de la población, de que "lo importante no era vengarse de ETA, sino acabar con ella".

Hoy, pese a quien pese, porque, a uno y otro lado hubo a quienes su existencia les convino, el fin de ETA, el que yo esperaba, porque es el único posible, el que nos permita ser más libres, ql que algín día sabremos que fue discretamente acordado, por fin parece haber llegado.

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