El Estado y las tragedias, por Javier Astasio

 
 

Horas después de la tragedia de Angrois nuestros gobernantes, los mismos que se han pasado meses minando la moral y el prestigio de los funcionarios públicos, a los que se ha tildado sin piedad y sin razón de vagos, egoístas, aprovechados y, cómo no, incluso de sindicalistas, esos mimos personajes se han deshecho en elogios a los bomberos, a los sanitarios, a los psicólogos y a los voluntarios que, más allá de horarios, huelgas, libranzas, vacaciones y, sobre todo, obligaciones reglamentadas, se pusieron a disposición de las autoridades para paliar en lo posible el dolor y los daños causados por el accidente del Alvia.

Como ya se ha dicho, la respuesta de todos estos ciudadanos ha sido la luz en estas horas negras que han seguido a la tragedia y esa respuesta ha sido la que ha dado la talla de los servidores de este Estado que, a cada minuto y a golpe de decreto, nos están quitando de las manos. Quiero creer que médicos bomberos o psicólogos, al margen de la explotación que pudieran sufrir en manos privadas, se comportarían de la misma manera que lo han hecho sus compañeros de Santiago, De lo que no estoy tan seguro es de que tuviesen a su disposición los medios necesarios para atender con eficacia una emergencia de esas proporciones.

Es de cajón que, cuando en una gestión entra en juego el lucro, entra también, de su mano, el cálculo de probabilidades, ese pensar y medir qué posibilidades hay de que se pueda producir una emergencia que pueda requerir decenas de camas hospitalarias, ucis y personal que las atienda, qué posibilidad hay de que los bomberos tengan que desguazar en horas un tren entero y de que dispongan del equipo adecuado para hacerlo.

Es evidente que los mercaderes que pujan por hacerse cargo de los hospitales públicos no se plantean estas contingencias. Ellos piensan más en los céntimos a recortar de cada menú, en ahorrar en gasas, vendas y calmantes que en catástrofes que, afortunadamente, resulta difícil que se repitan. Tampoco piensan, a la hora de contratarlo, en la calidad y cualificación del personal, más bien en su precio, y olvidan que, en todas las actividades, pero especialmente en la sanidad, la experiencia es un plus que revierte en la eficacia y el acierto en decisiones que han de tomarse en apenas unos segundos.

Y qué decir de los bomberos que nunca serán rentables porque, menos mal, no hay incendios las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año. Para nuestros gestores -en Madrid sabemos mucho de ello- son señores con demasiados días libres que pasan demasiado tiempo ociosos en los parques. Olvidan las horas de entrenamiento y la entrega con que salen a cada servicio, muchas veces a jugarse la vida.

Son sólo dos ejemplos de cómo se está maltratando a los servidores de este Estado que está ahí, no para que salgan las cuentas que, a ser posible, también, sino para cubrir las necesidades de quienes, como ciudadanos, lo sostenemos con  nuestros impuestos. Espero que las lágrimas, que quiero creer sinceras, no de cocodrilo, de Núñez Feijoo o los elogios de Rajoy y el rey a  los funcionarios no sean nube pasajera que se olvida al día siguiente. Espero que caigan en la cuenta de que, para quienes no creemos en la protección de la virgen del Rocío o la divina providencia, el Estado es, como al final para todos, la única protección y consuelo cuando nos alcanza la tragedia.
 
 

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