El espejo y la ventana, por Javier Astasio

 
Me imagino a Mariano Rajoy, como a la madrastra del cuento, preguntando cada mañana a ese espejo deformante de la realidad que forman la prensa domesticada y dócil y la legión de asesores a sueldo: Espejito, espejito, ¿quién tiene la mayoría absoluta en las cámaras? Tú, le contestarán a coro. Y, si es así, espejito, seguirá preguntando ¿por qué no me siento querido por quienes me han votado? Porque hay una conspiración contra ti, le dirán, y, entonces, como el tonto cuando toma una senda, y se acaba la senda, seguirá caminando.
Pero un día reparará -quizá ya lo haya hecho- en ese rumor creciente que entra por la ventana y se asomará a ella. Y entonces verá que esos escaños que hacen absoluta su mayoría no se corresponden con el país que eligió, espero que conscientemente, gobernar. Verá que ese silencio de los corderos que ensalzó un día elogió en las calles de Nueva York ya no es tan silencioso, porque hasta las ovejas quieren comer y tener un techo bajo el que refugiarse y, por negárselo, a las ovejas les crecen ahora los colmillos.
Mal que le pese, de aquí a que termine la legislatura, si es que la termina, tendrá que escuchar más a la ventana que al espejo. Es más, si fuese práctico, debería prescindir de tanto asesor y tanto perro de presa mediático que sólo van a lo suyo, que no es lo nuestro, y por unos cuantos euros más cambian de dueño como él de corbata. Los perros han apretado demasiado a las ovejas contra las vallas del redil y, en contra de la costumbre, se están revolviendo contra ellos. Y, ellos, el pastor y los perros, no deben olvidar que, si comen, es gracias a esas ovejas que tanto desprecian.
Ayer se votaban en el pleno del Congreso dos iniciativas populares bien distintas una de ellas, presentada por casi un millón y medio de ciudadanos, tenía como finalidad cambiar la ley para paliar algo tan dramático como los desahucios, uno de los cuales, había llevado a esa misma mañana a quitarse la vida a un matrimonio mallorquín. Rajoy, como siempre, quiso dejar claro cuáles eran sus poderes y, en contra de la opinión mayoritaria de los ciudadanos y la totalidad de los grupos de la oposición, decidió que había que decir NO a la toma en consideración de la iniciativa. Y no sólo eso, puso además en danza a todos sus perros, desde el impresentable Martínez (el facha) Pujalte al jabonoso Alfonso Alonso.
El gobierno seguía sin mirar a la ventana y, al otro lado, la gente estaba cada vez más cabreada. Las familias en la calle, los suicidios de quienes no pudieron soportar verse así, la escandalosa contabilidad B del PP, los pagos en negro del partido y de sus mejores amigos, las ayudas  a la Banca con un dinero que es nuestro y la banca nos niega, los regalos escandalosos ayer a Camps y compañía y también a la familia Sepúlveda-Mato, las cuentas que Bárcenas controla en Suiza –de momento me niego a admitir que el dinero sea suyo- los sueldos pagados hasta ayer mismo, como quien dice, al propio Bárcenas, a Sepúlveda y a quién sabe cuántos más, a cambio de su silencio.
Frente al Congreso, dentro del mismo en la tribuna de invitados, en las sedes del PP de media España y en el corazón de cada uno de los que habíamos firmado antes o después esa iniciativa que buscaba nada más y nada menos que acabar con una injusticia clamorosa que condena a familias enteras a volver al XIX que tan dramáticamente pintaron en sus novelas Dickens y los naturalistas, se había levantado un clamor difícil de ignorar y el tirano del corazón de hielo –se puede ser tirano a pesar de tener millones de votos- se vio en la obligación de doblegarse y lo hizo.
La decisión no debió ser fácil, porque, con ella, no hacía otra cosa que reconocer a la gente, a la calle, la fuerza que puede llegar a tener si se mueve unida. Ahora va a ser cada vez más difícil tomar decisiones arbitrarias, ahora van a ser menos soportables aún las chulerías del indocumentado de Montoro y el cierre de filas, el esconder la basura bajo las alfombras, el guardar esqueletos en los armarios y cuentas en Suiza. Lo van a intentar, lo sé, volverán a mirar el espejo y, en cuanto se acalle el rumor de la gente en la calle, tratarán de olvidar la ventana. Pero ya nada será igual. Los ciudadanos ya saben que el poder es suyo y que los partidos, incluso en este imperfecto sistema, sólo son depositarios durante cuatro años de una parte de ese poder que les entregan los ciudadanos.
Rajoy acaba de anunciar en el Congreso que tiene intención de incluir a los partidos en la Ley de Transparencia. Espero que no sea a cambio de hacer tabla rasa con lo ocurrido hasta ahora. Si es esa la intención, más vale esperar tres años, que los jueces investiguen, que salga todo a la luz, que los ciudadanos sepana quienes les han prestado sus votos y que, en las urnas o en la cárcel, los que la han hecho la paguen.
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