El encanto de revelar un carrete, crear un álbum de fotos y leer en papel, por @josmurgui

cámaras antiguas

Cámaras antiguas que retrotaen a aromas pasados/ Mondragón. J.M

He llevado recientemente mi cámara Renetti a la tienda, para que me ayudaran a abrirla y evitar, con un descuido típico de rutinas pasadas, desvelar el carrete de las fotos misteriosas que él contiene. Se percibe una punzada de curiosidad al disparar la cámara, sin conocer el resultado de forma inmediata. Se ajusta el obturador, se calculan (a ojo) los metros de quien fotografía y la secuencia que será retradada, sin saber muy bien si el proceso ha salido bien, y si sería necesario repetir la operación.

Me gusta la espera a la que obliga tener una cámara analógica (sé están de moda). La mujer de la tienda me ha sonreido de forma extraña, como si se tratara de una gesticulación rara, por lo inusual que resulta hoy en día llevar un simple carrete a revelar. “Ya ni siquiera me acuerdo de cómo se abre”, ha señalado, observando la cámara, percibiendo su peso, como deleitándose en ella.

Tengo que decir que es una cámara preciosa; segunda mano, al parecer data de 1950-1960. ¿De quién sería? ¿Dónde fotografiaría? ¿Qué imágenes produciría?, pienso a veces. Le he comentado el gusto que da sentir esa curiosidad que la espera procura, como si el proceso de fotografiar fuera pura magia. Le he pedido que revele únicamente el carrete, a partir de ahí querría saber qué fotos han salido, para después crear un álbum de fotos. Son imágenes de Estambul, o al menos allí paseé la cámara. Y tengo mucha curiosidad, sobre todo, por la luz. Esa ciudad tiene una luz que desvela su ajetreo cotidiano y esa neblina de polución que la cubre.

Recuerdo los viajes con mis padres, la costumbre que había de llevar cámaras inválidas. A la vuelta, llegaba la hora de revelar los carretes, concluir las fotos y pegarlas en álbumes mazacotes donde escribíamos, en tiras de papel, las anécdotas de aquellos viajes vividos. Los álbumes se revisaban de vez en cuando, conservan aún el aroma propio de los años 80 y 90. “Nos hemos quedado sin un puto duro”, escribió mi padre en un álbum que hizo tras un viaje a Indonesia con mi madre, en el que al parecer les robaron hasta el último céntimo.

palpar las cosas es de extraterrestre

Como si palpar las cosas: fotos, libros, (música es más difícil, aunque quizás aplicable a los cedés) empezara a ser de extraterrestre/ Istanbul. J.M

¿Todavía se crean álbumes de fotos?

Hoy en día, sin embargo, en cuestión de pocos años, me da la sensación de que se ha abandonado la costumbre de crear álbumes de fotos, aunque puede que de vez en cuando se imprima alguna que otra foto para enmarcarla (recuerdos supervivientes remarcados, algo así aducía Orhan Pamuk en su obra `Estambul: ciudad y recuerdos´). En vez de sacar las fotos de cámaras mega-digitales con una funcionalidad que se escapa de mi escaso conocimiento sobre fotofrafía (es un mundo en el que todo parece funcionar al revés) las imágenes se almacenan en el ordenador, o en el disco duro, con las otras 15.000 carpetas de viajes, excursiones o acontecimientos sucedidos, sin palpar la fotografía, sin verla en la habitación o sala que ocupamos, sin darle ese toque a la estantería donde se almacenaban los mazacotes de álbumes de aromas pasados.

Esa sensación de no palpar, como si viviéramos en una mentira o una medio-verdad. Me sucede con el ebook o libro electrónico (¿hay diferencia?), incluso con Brave Readers, cuyos artículos jamás palpo (quizá debiera habilitar una herramienta para imprimirlos), algunos me gustaría guardarlos en el cajón de mi escritorio y releerlos de vez en cuando, otros romperlos por sucios, extraños y mal escritos o porque dicen muchas verdades que a veces duelen, y muchas otras veces, perfumarlos, de pequeña era costumbre en la correspondencia mantenida con amigas (del alma). La última carta que escribí fue el año pasado, la anterior unos meses antes.

No quiero decir que Internet, la digitalización y las nuevas formas de comunicación sean inútiles para la vida sentida, tienen una funcionalidad increíble, pero al mismo tiempo imponen una inmediatez de la que es difícil escapar, en comparación con aquel misterio del pasado o vidas cotidianas más lentas (parezco una abuela escribiendo esto).

Letras impresas

Letras impresas/ Vitoria.J.M

Libros que no se palpan

El ebook es un gran progreso, una auténtica gozada leer en el idioma materno en estancias largas en el extranjero (es la funcionalidad que le encuentro). Pero es frío y ¡no me entero del contenido que leo! soy incapaz de leer novelas con estructuras complejas (por ejemplo, Sofi Oksanen que pega saltos en el tiempo tremendos), pierdo el hilo de la historia, como si la información no se grabara de la misma manera en mi cerebro que como con el papel me ocurre. Desde el papel, entra el fondo de mi corazón, se incrustra en el alma, se lleva en las convicciones. ¿Por qué no ocurre desde esa pantalla cuyo color puede medirse, la letra agrandarse y no funciona en página si no en post? Extraño.

El encanto de pasearme por las bibliotecas. Me encanta la de Vitoria, solicito en un papel que me traigan uno de esos libros que tiene más de 30 años, almacenado en un lugar al que no tengo acceso. Y los títulos en las librerías, la textura de la portada, la ilustración…

Lo paradójico de todo, es que este post y cada uno que lee aquí, han sido previamente escritos en un cuaderno dedicado exclusivamente a Brave Readers, con la ayuda de mi pluma Waterman (es una auténtica gozada limpiarla). Sin embargo, el resultado final está expuesto en una web de pantalla que varía y un mundo virtual que se impone en nuestras vidas. (Débil voluntad  de los seres humanos).

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