El enano, el jobi y el elfo de la peli, por Gabriel Merino

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Hoy, dia 21 de septiembre, se celebra el “día mundial del hobbit”, dentro de la “semana de Tolkien”. Me dí cuenta recientemente del grado de universalización y calado que tiene la obra del autor inglés cuando un amigo contó que este verano, en la playa, oyó a una madre llamar al niño en voz alta: “¡Vente pacá, Légolas!”.

 

Yo también reconozco que a “mi” Gandalf se le ha puesto cara de Ian McGellen, a “mi” Aragorn cara de Viggo Mortensen y a “mi” Frodo, cara de Elijah Wood, pero que no vi la trilogía de Jackson hasta que no se rodó y editó en DVD “El retorno del Rey”. Como hice con las dos entregas anteriores, me compré la edición especial extendida de la última –no las ví en cine- y me pegué la panzada de las casi once horas seguidas de la trilogía –seis discos- del tirón. Y reconozco que no me defraudó, en general.

 

Previamente, sin embargo, mi acercamiento al universo de Tolkien había sido gradual, pero entregado. Y literario.  Reconozco que la primera vez que empecé “El Señor de los Anillos” antes de los 20, lo dejé, enloquecido por razas, personajes, rutas, espectros, mapas que no terminaba de encajar. Luego lo leí una, tres, seis…., yo creo que hasta ocho lecturas completas le he dado. Y me compré el juego de spectrum de “El Hobbit”, la peli de animación sobre el primer libro de la trilogía , “La Comunidad del Anillo”, de Ralph Bashki -¡si, el mismo que hizo Fritz the Cat”!-, un bestiario ilustrado de Tolkien  o el disco de Sally Oldfield “Waterbearer” en el que, aparte de la archiconocidíisima “Mirrors” –referencia, creo, al espejo de la dama Galadriel- aparecen canciones como las “Songs of the Quendi” o “Three Rings for the Elven Kings”. Y, además,  naturalmente, durante estos años me he empapado de literatura tolkieniana, desde el Valaquenta o el Silmarillion a la recientemente publicada –póstumamente, naturalmente- “Los Hijos de Hurin” y, entre medias, cuentos o historias como “Hoja, de Niggle”, “Egidio, granjero de Ham” o el que se supone que fue la madre de todas las batallas de la tierra media, el libro raiz, que –éste lo tengo en español y en inglés, este último con las ilustraciones originales de 1937 hechas para la editorial Allen & Unwin- ahora se presenta en trilogía cinematográfica y que esta semana, como obra literaria cumple 75 años: “El Hobbit”.

 

La Tierra Media con sus magos, hobbits, hombres, elfos, dragones, ents, trolls, enanos; con su geografía, su ética, sus edades, tiene poco que ver con el mundo conocido, aunque parezca solapada a nuestra tierra  y cuente el auge progresivo de la raza de los hombres frente a otras presuntamente más elegidas que los hombres por los Valier –los dioses de ahí-. Incluso, en mi afán descubridor de Tolkien y su circunstancia, también me leí esa heptalogía de Narnia –una Tierra Media más “cristiana” con posibilidad de ida y vuelta desde el mundo real, con faunos, animales, reyes humanos, brujas, centauros…- creada por C.S. Lewis, otro de los inklings de Oxford, amiguete personal del escritor de los anillos. A mí me alegra que la iconografía de Tolkien –trolls, elfos, hobbits, uruk-hais,- haya trascendido al común aunque hay cosas que no perdono a Jackson después de haber convertido ese mundo en una franquicia democráticamente universal. Por ejemplo, en esta peli que llega, que parece espléndidamente diseñada y narrada, pero que han convertido por arte de magia en otra trilogía…¿qué pintan Galadriel y Légolas, elfos con tirón con las caras de la Blanchett y el Bloom, si en realidad estos no salen por asomo en el libro que escribió Tolkien en 1937 a sus niños, que habla fundamentalmente de viajes, trolls de piedra, dragones, enanos, adivinanzas en cuevas oscuras y ríos por los que se huye en barriles?

 

Aunque sea 75 años más tarde, creo que para un amante de la literatura –ya no sólo fantástica- y por buena que sea la película que ha de llegar, nunca es tarde para empezar esta historia ahí donde empezó todo, en el capítulo 1, “Una tertulia inesperada”: “En un agujero en el suelo vivía un hobbit. No un agujero húmedo…”

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