El día que el Sporting dejó de ser un club simpático

Devorado por los resultados y el resquebrajamiento de su relación con el presidente. Manolo Preciado deja de ser el técnico del Sporting tras seis inolvidables campañas en las que no solo devolvió la esperanza a un club a la deriva, sino que demostró que otro fútbol también es posible.

Sin pelos en la lengua, cercano... y encima fumador. El cántabro se había convertido por méritos propios en una 'rara avis' en un mundillo como el fútbol de élite, que hace tiempo que ha dejado de entender de romanticismos. Su tragedia familiar, la valentía al renunciar al club de su vida tras el desembarco de un personaje como Dimitri Piterman, y su gran gestión deportiva en el propio Racing o el Levante, le abrieron las puertas del Sporting en el verano de 2006.

Por aquel entonces, el rojiblanco era un club en concurso de acreedores y que peleaba por no seguir los pasos del eterno rival, el Oviedo, descendido a Segunda B en los terrenos de juego y posteriormente a Tercera de forma administrativa. Con un presupuesto y una plantilla inferiores a las rivales como Real Sociedad o Hércules, en su segunda temporada al frente del equipo, Preciado obró el milagro de devolver al histórico club gijonés a la máxima categoría tras una larga década en Segunda.

Asturias, colores al margen, recuperaba una ilusión por el fútbol, eclipsada por los problemas económicos de sus grandes clubes y la irrupción de la 'Alonsomanía'. La comunión directiva-staff técnico-afición era total. Y el Sporting parecía iniciar un lento proceso de recuperación económica que, casi un lustro después, sigue siendo una utopía. O una gran farsa.

A pesar de triunfos irrepetibles como el de la temporada 2010/11 en el Santiago Bernabéu y de tres salvaciones in extremis, la situación del Sporting jamás ha dejado de ser dramática. Por esta razón (unida a un exceso de celo), el eterno presidente Vega-Arango ha ido convirtiendo a Preciado en cabeza de turco de una realidad más que cruda.

Lastrado por una situación económica que ha condicionado una política de fichajes tan criticable como modesta, Preciado se ha limitado a hacer su trabajo. Sin levantar la voz, defendiendo a los suyos, como el también decapitado Emilio de Dios. Y en clara inferioridad de condiciones en comparación con los dispendios de rivales directos en una situación tanto o más dramática que la del propio Sporting. Pero así de cruel (y deficitario) es el fútbol moderno, que se ha cobrado en el cántabro una víctima que representa mucho más que un número, que otro técnico fulminado por los malos resultados.

Por esta razón, solo una minoría en Gijón ve con buenos ojos el cambio de entrenador, mientras la mayoría comienza a mirar de reojo al palco. Sin más patrocinadores que dos organismos públicos en quiebra (Ayuntamiento y Principado), sin mayor patrimonio que el de una cantera que, para disgusto de muchos, se ha convertido en la única fuente de ingresos de la entidad (Míchel, José Ángel...) la afición rojiblanca se pregunta si el relevo más adecuado no ha de producirse en una cúpula que no ha sido capaz de encontrar más recursos económicos que el de un fondo de inversión.

La sospechosa aparición de Doyen Group, al que desde algunos medios cercanos al Consejo de Administración presidido por Manuel Vega-Arango se trató de beatificar, y la inscripción de algunas de las perlas de Mareo (Canella, Sergio Álvarez y los internacionales Sub'17 Álvaro Bustos y Álex Serrano) en la cartera de estos inversores -a espaldas incluso de los propios futbolistas y de sus agentes- han escocido, y mucho en un sector del sportinguismo que no puede hacer nada por evitar el hundimiento del club. El problema no es que no pueda haber nadie dispuesto a comprar, sino que al igual que ocurre en muchos otros feudos balompédicos (curiosamente, también vinculados a estos especuladores), los que calientan la poltrona no quieren vender aunque estén dejando todo como un solar y encima recurran al engaño para engatusar al populacho. En medio de este drama, la pregunta, tal y como titula en su obra el periodista y amigo, Rubén Díaz en su libro, no es otra más que '¿Quién mejorará a Preciado?'.

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