El día en que murió John Lennon, por Gabriel Merino

Creo que soy bastante mitómano. Y de lágrima fácil.

La última vez que lloré por la muerte de un mito musical tenía 16 años. Era diciembre y según escuchaba en la radio que un hawaiano se había cargado a John Lennon en la puerta de su casa, el edificio Dakota de Nueva York, noté como se me caían las lágrimas en el café. Durante ese día y los siguientes anduve escuchando apesadumbrado el “Double Fantasy” recién comprado y notaba cómo cada vez que sonaba el hit “Just like starting over” se me encogía el corazón y se me ponía un nudo en la garganta.

Desde la muerte de Lennon ya no he vuelto a llorar por cosas de esas: anoche su hijo Julian Lennon, a cuyos feeds estoy abonado, subía en redes sociales un breve avance en titulares de la ABC que decía “Whitney Houston found dead”. El hijo mayor de Lennon comentaba su pesadumbre por la muerte de la voz negra del pop más exitosa de la historia: la sobrina de Aretha, la que vendió más discos que ninguna. Y el tono de su pesar parecía verdaderamente conmovido. Me quedé de piedra. Se me vino a la cabeza aquella mañana de 1980 y me dí cuenta que a pesar de lo mucho que me gustaba Whitney, estas cosas ya no me hacen llorar. A diferencia de lo de John Lennon, lo de Whitney era una muerte sobrevenida, pero es que además yo tengo treinta años más. No hace ni una semana que hacía el comentario de que, como viejo que me hago, hay mitos que ya no aprendes a valorar si no mueren: era el caso de Amy, cuyas canciones he empezado a escuchar con más reverencia a partir de su muerte.

Amy como Michael Jackson, como Elvis, como Sid Vicious, Kurt Cobain, Hendrix, Morrison o Joplin, o como la misma Whitney, incluso como muertos en vida del tipo de Syd Barrett tenían maneras de vivir que hacían augurar que no llegarían a nonagenarios: en la riqueza o en la pobreza, en la salud o en la enfermedad, incluso en lo público de la fama o lo privado del declive -en varios casos-del olvido. Aquí en España tenemos también ejemplos. Hay quien les llama juguetes rotos, incapaces de digerir la fama o acelerados. Llegan a ser al final, en muchos casos esos cadáveres hermosos del “vive deprisa…”, aunque otros llegan a la muerte completamente deformados pero a mi, el denominador común de todos aquellos a quienes no les llegó un loco a tirotear a la puerta de casa, el que me pone un nudo en la garganta, -aunque ya no me haga llorar abiertamente- es la sensación de fragilidad e infinita soledad que me transmiten desde su condicion de mitos.

La mirada triste de Jim en la portada del “Morrison Café”, la voz rotísima de Janis en sus penúltimos temas, los intempestivos abandonos del escenario de Amy en algunos de sus últimos directos, la cara aterrorizante de muerte que se la había puesto a Michael al saber que tenía que dar decenas de conciertos en Londres para salvar los trastos, la adiposidad con chorreras sudorosas de Elvis en los conciertos de cuero blanco en Las Vegas eran situaciones que se me hacían demasiado paralelas con esas fotos de revista tipo “Confidential” que vi hace unos años de una Whitney desdentada, de pelo sucio y consumida. Pese a que años después se le vió reaparecer con una apariencia más sana, su mirada estaba perdida: había perdido la luz de esa adolescente que empezó cantando gospel que cautivaba tanto como su privilegiada voz.

Y, al final, el dolor de Julian Lennon es lo que me contagió y me recordó que, una vez, como mitómano, también lloré. Que tengas un buen viaje, de otro tipo: el mejor, Whitney.

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