El día en que los partidos políticos se suicidaron, por Javier Astasio

 
 

Que los partidos políticos españoles han saltado al vacío hace tiempo ya es algo incontestable. Es un dato que se recoge con toda rotundidad y fiabilidad en los últimos sondeos, se hagan públicos o no y, por eso, ya hay partidos, algunos a la desesperada, que,  más allá de removerse inquietos en sus poltronas, están bajando al suelo de la calle, para tratar de salvar los muebles del negro futuro que se pinta para ellos.

Hoy lo dice claramente el Observatorio elaborado para la Cadena SER, según el cual un 57% de los consultados ya no confían en la eficacia de los partidos y los sindicatos, hasta el punto de creer que la democracia, que sigue recogiendo el apoyo mayoritario de la ciudanía, funcionaría mejor sin ellos. Menos sorpresivo quizá, resulta el dato de que los españoles rechazan más claramente si cabe el capitalismo, al que, evidentemente, culpan de las consecuencias de la crisis que estamos padeciendo.

Como la memoria es flaca, los partidos se llenan la boca de la palabra transición y no les encanta contarla a su manera y con sus protagonistas cambiados. No recuerdan, porque no les ha convenido hacerlo, que el verdadero protagonismo de aquella salida incruenta a la dictadura fue de los españoles movilizados por lo que querían y organizados en asociaciones vecinales, sindicatos y partidos que bajo otros modelos, claro, pusieron en la calle la presión necesaria para que los restos del franquismo acabasen por hacerse el harakiri.

Pero los partidos, especialmente cuando comenzaron a "tocar" poder, se dieron cuenta que el apoyo táctico de las bases ciudadanas, articuladas en gran medida en torno las combativas asociaciones de vecinos sólo no cabía en su estrategia futura, sino que iba a convertirse en un incómodo lastre para sus planes. Por eso quien quizá más les debía, el PSOE, porque entonces apenas tenía militantes, aunque, como diría un castizo, sí tenía "posibles". Puso en marcha su labor de zapa para acabar con tan incómodos compañeros de viaje que, antes o después, acabarían exigiéndole políticas y alianzas de izquierdas que ya no cabían en su mundo.

Qué distinto hubiese sido todo si los socialistas, en lugar de deberse a los "nuevos ricos" en que, más que engañados, nos habíamos convertido sus votantes, hubiesen tenido que compartir proyectos y estrategias con aquella enorme fuerza ciudadana que conscientemente se encargaron de desarticular. Probablemente hubiesen estado más pegados a tierra, probablemente nunca hubiesen dicho aquello de que "bajar los impuestos es de izquierdas", probablemente no se hubiera suprimido el impuesto sobre el patrimonio, al menos para los muy ricos, y probablemente la caja del Estado hubiese resistido mejor los envites de la crisis. Pero no, había que estar en Europa y había que comportarse como los campeones de la democracia que creíamos que eran los europeos.

Lo de las masas, lo de la gente en la calle, lo de las reuniones para discutir los problemas del barrio, la carestía de la vida o los abusos de los ayuntamientos; aquellos locales en los que se compartían información e ideas, al tiempo que se ensañaba a leer y escribir, se daban clases de macramé o de pintura y cerámica, aquellas naves y garajes donde se formaban grupos de teatro, no eran muy del gusto de quienes comenzaban a gastar coches caros, se fueron a vivir a modernas y luminosas urbanizaciones y comenzaban a dejarse ver junto a tiburones y contratistas que, en vez de aportar al proceso, les susurraban al oído aquello de "qué hay de lo mío".

Los partidos políticos, especialmente los de la izquierda y especialmente el PSOE, soltaron amarras y de alejaron, a un tiempo, de la gente y de la realidad. Por eso hemos llegado a esto. Por eso la gente está recuperando la calle para decir "aquí estamos y lo vuestro no nos vale". Por eso la gente sigue apoyando los escraches, pese a las campañas de criminalización emprendidas por el partido del gobierno y algunos "viejos jarrones" del PSOE.

Por eso, el día que creyeron que podían prescindir de los ciudadanos, los partidos, al menos los de la izquierda, se suicidaron. 
 
 

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