El debate sobre el lenguaje sexista, por Javier Astasio: En todos están todas

No cabe ninguna duda de que el lenguaje puede llegar a ser un instrumento de dominación y de que determinados vestigios "culturales" que mantenemos en él son la prueba evidente de que esto ha sido y sigue siendo así. Sin embargo, pretender actuar sobre el lenguaje, alterando lo más elemental en beneficio de una presunta igualdad no sólo va en contra del sentido común, sino que,contrariando la estrategia elemental que persigue la sencillez y la economía del lenguaje, no hace otra cosa que dificultar su comprensión.
No seré yo quien niegue que determinados diminutivos aparentemente compasivos como "negrito", "gitanillo" o"chinito" tienen mucho de peyorativo. Por eso los he desterrado de mis conversaciones y los combato en la medida de lo posible. Pero, de ahí a forzar la feminización de la denominación de algunas profesiones o, mucho peor,verse obligado a arrancarse con la salmodia de duplicar, ora en masculino, ora en femenino, cualquier alusión a personas, va un abismo por el que es mejor no dejarse caer.
Todo es consecuencia de esa absurda moda de lo "políticamente correcto" que lleva a absurdos tales como cambiar el final a los cuentos clásicos o a llamar "afroamericano" a Nelson Mandela para no llamarle negro. Siempre he pensado, y quienes me conocen lo saben, que considero políticamente incorrecto lo políticamente correcto, Y me explico: todo lo forzado, todo lo que no es natural acaba llevando al absurdo y, por desgracia, caemos en ese absurdo con demasiada frecuencia.
Ayer se presentó y hoy lo recoge EL PAÍS, un informe del académico Ignacio Bosque en el que se analiza con seriedad el asunto y que, sin duda, dará pie a la apertura de un debate que, al menos yo, venía echando en falta.
Demasiado a menudo confundimos sexo y género y demasiado a menudo aceptamos a pies juntillas consignas y argumentarios que no siempre provienen de quienes están mejor preparados, sino que emanan de quienes detentan el poder -se puede detentar cualquier poder- cuya cultura deja a veces mucho que desear.
Creo que la batalla por la igualdad de la mujer y el hombre no está en cambiar una vocal por otra, sino en reconocer sus derechos. Creo que de nada sirve perder el tiempo en decir mecánicos y mecánicas, ingenieros e ingenieras, médicos y médicas o bomberos y bomberas, mientras las posibilidades de desarrollar una carrea profesional o los salarios que perciben no sean los mismos para unos que para otras. Tampoco sirve de nada hablar de ejecutivos y ejecutivas, cuando en los sillones de los consejos de administración se sientan, porque sí, más hombres que mujeres.
El debate está servido. Entremos en él sin prejuicios y con sentido común.
 
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