El currante liberal, por Gabriel Merino

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No seré yo quien repita ese viejo dicho insultante del “obrero de derechas” porque cada cual es muy libre, cualquiera que sea su renta, su cultura, su ocupación, su religión o su forma de ver el mundo, de elegir la opción política, ¡faltaría más!, que le parezca más adecuada a su perspectiva de las cosas.

Pero sí hay algo que me sorprende grandemente: de cuando en cuando recibo en el correo algún e-mail de amigos conservadores que parecen sorprenderse y te mandan, indignados –con cifras-, datos del sueldo que tiene un concejal socialista, o de lo que cobra el consejero de un banco que representa a un sindicato, o la indemnización, prejubilación o renta que le ha quedado a un ex diputado de partido de izquierdas. O critican el  bolso de firma que lleva una feminista progre.

 

No se escandalizan, sin embargo de que un banquero diga que no va a devolver el dinero que pide al estado, ni de que un obispo diga a sus fieles que aporten para una caridad que pretenden administrar ellos su paga extra cuando ellos no pagan ni el ibi. Con esto del ibi, por cierto, he tenido un pequeño tira y afloja dialéctico con un señor de mi edad que estudió en una universidad católica, que me decía que la iglesia pagará el ibi cuando lo paguen  por sus inmuebles los partidos políticos y los sindicatos. Y yo le razonaba que creo que lo pagan pero que, efectivamente,  si no lo hacen, el ibi lo debe pagar todo dios, sea de izquierdas o de derechas, creyente en dios o ateo. Naturalmente: hacienda somos todos, ¿no?. Incluso esos que te piden que marques una cruz en tu IRPF para que les den parte del dinero que aportas a ellos.

 

Parece que cuando el consejero del banco lleva corbata de Hermés, rimbombante apellido compuesto y representa a un partido conservador y liberal tiene mucha más razón de ser que cobre una pasta que si representa a una central sindical. También es más justificable que  a un político conservador le regalen trajes por los servicios prestados a los amiguísimos del alma  porque… -piensan algunos- ¿para qué va a querer un traje un sindicalista?.

 

Cuando yo me indigno del morrazo que gastan algunos, me da lo mismo que sean laicos, creyentes, comunistas, liberales, agnósticos, diputados, jueces, heteros o lo otro. Cuando uno tiene jeta, la tiene independientemente de que tenga la egb o un master mba, de que viva en el poblado de Pitis o en La Moraleja, de que crea en dios o sea ateo, de que milite en el PNV, en el PP o en la CNT. El morrazo endémico de algunos es lo que nos debe indignar.

 

Por eso, lo que más me sorprende, independientemente de nuestra opinión política, es que tantas personas pertenecientes al estrato social más amplio del país –esa nube de productores, consumidores y votantes que podríamos clasificar en clase media-alta/media-media/media-baja/baja- justifiquen sin problemas que un político desfalque si es de corbata, o que alguien pueda engañar si  lo hace desde un púlpito, o que no tenga que dar cuentas de lo que hace con el dinero de todos si es juez, o que pueda jugar con la pasta de todos si es banquero o saltarse la ley laboral si es empresario. Para estos ilegales pido la misma fuerza de la ley que para el sindicalista, el abortista, el ateo o el rojo chorizo.

 

Pero la misma. Porque son igual de jetas, de ladrones o de aprovechados. Es que si no, es de tontos. Y lo están viendo.

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