El chándal y el táper, por Gabriel Merino

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Nunca pensé que, con la carrerilla del siglo XXI las cosas se pusieran –ya no tan conservadoras, que lo antiguo a veces tiene una  solera recomendable- tan vintage, bueno…tan viejunas. Y con cosas que creí que pasarían directamente a los museos de los horrores o de lo cutre.

 

 Pretender hacer pasar a un presidente del gobierno por austero diciendo que se ha ido a pasar el puente del trabajo con la familia y los tápers me parece, cuando menos, naïve, por no usar otra palabra más agresiva. Que conste que yo cuando salgo a acompañar al grupo scout de mi hija al campo sí que voy con los tápers bien repletos de filetes empanados, tortilla de patatas o esas croquetas caseras deliciosas que le salen a Pary. Pero creo que no es el caso de Rajoy, que por no saber, no sabía en su momento, que los chuchesh son las chuches y eso que tenía críos en edad de consumirlas. Que no me venga de consumidor de barriada. Como ya me ocurrió con aquel famoso precio del café de bar de Zapatero, me parece altamente improbable que Rajoy haya entrado en la cocina de la Moncloa ni haya abierto los cajones de los tápers para saber si los hay.

Y luego, está ese uniforme olímpico de Españistán. Después del logo de las ojotas para Madrid 2020, se nota que últimamente nos estamos poniendo chandaleros. Igual no es malo –porque la verdad es que no hay más que salir un rato a esa calle que no pisa el presidente ni sus asesores ni los banqueros del FMI ni esas nuevas generaciones del pepé que dicen que la calle está llena de socialistas quemacontenedores indignados- para ver que, aparte de mucho parado y perroflauta, lo que hay también aquí es mucho chandalero y mucho oéoeoé de Cibeles o Canaletas  pero, en este país que se calza sin complejos el chándal en domingo para ir al mall, a misa , a ver a la suegra o a pasear al Retiro, lo cierto es que gracias a Decathlon, a Ikea, a la Oca o a Agatha Ruiz de la Prada, se había conseguido abandonar un poco esa estética poligonera que parecía que se había quedado en reserva espiritual de canis y chonis mientras el vulgo general ya parecíamos de Nike o de camiseta y gayumbo D&G – o imitación- como cualquier beckam o cristianoronaldo que se precie.

Pues no. Es que no: hemos vuelto a la estética de bolsa Elidas de currito años 70, y no a esa estética mercadodefuencarral, sino a la primitiva de chino cobocalleja antes de que contrataran escaparatistas de aquí: camisetas de poquémon con cu, de bobesponja color indeterminado o de marca de diseño del gañán. Se acabaron los logos de Miró o de Mariscal, los puentes de Calatrava, el Hummer, las coloñas de Calvin Klein, DKNY o Carolina Jerrera por reyes…

He visto que vuelve al Floyd para después del afeitado. Pues eso. Igual igual que el chándal ruso de diseño y el táper de Rajoy. ¡Y lo que nos falta por ver…!. A nosotros digo, porque a Rato, por ejemplo,  pues no. Ni al duque de Palma.

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