El cerdo es otro, por Alberto Calero (@acaleroj)

En los vagones de metro o tren hay historias y personas que las protagonizan. Hay vidas contadas en las conversaciones que se cruzan o en las caras y las miradas de quienes viajan. Existen muchos aspectos por contar y observar pero todos son imposibles de abarcar. Acabo de llegar a casa después de un viaje en tren. He intentado llegar habiendo digerido una vida que he descubierto en un vagón pero no he podido. Necesito contarlo para que no se me haga una bola en el estómago. Es una historia que se repite cada día y que no vemos o no queremos ver. No importa ser pesado cuando uno denuncia una injusticia o cuenta la vida real con su cara y su cruz.

Hoy tres amigos han subido al tren. Estaban cansados. Uno de ellos más que los otros dos. Sonreían al principio, charlaban sin llamar la atención. Son de esas conversaciones y voces que escuchas aunque no quieras. Después de unos minutos, los tres colegas han cambiado la cara. El que estaba más cansado, sentado a mi lado, tendría unos 30 años. Iba vestido con un vaquero y una camiseta, con normalidad. Olía a sudor. Un sudor característico especialmente en los hombres. Los que estábamos alrededor lo hemos notado y nos hemos mirado sabiendo lo que pensábamos (supuestamente). Era un olor fuerte, de los que se te meten por la nariz y ya no salen hasta pasado un buen rato. Pasados unos minutos, él ha contado a sus amigos que llevaba trabajando desde las seis de la mañana y volvía a casa en ese momento (eran ya pasadas las siete de la tarde). Y trabajo de lunes a sábado, ha añadido. “Y sin asegurar, vamos, que cobro en negro”, ha dicho. “Seiscientos putos euros. Estoy hasta la polla, pero qué voy a hacer”, ha concluido. Más de doce horas trabajando en negro, casi toda la semana, sin descanso, sin apenas vida. La recompensa son 600 euros mensuales que no puede dejar de ganarlos bajo ningún concepto. Qué vida más perra. El olor no era por falta de higiene ni por estos calores. Era porque el chico llevaba trabajando sin descanso. Los demás estábamos pensando que era un guarro. Qué gilipollas somos a veces. Algunos, lo somos siempre.

Es la historia de un joven. Un joven al que no volveré a ver, al que la vida no nos volverá a cruzar con toda probabilidad. Él, y todos quienes viven (o sobreviven) como él, debieran ser protagonistas de portadas de periódicos y no los personajes que cada día aparecen contando sus mentiras. Pero este joven vive en España y, aquí, vende lo que vende. No sé cuál será el futuro de este chaval que contaba, ya harto, su historia. Sí sé cuál es su presente y es digno de contar. Quizás sea víctima de un mundo mal hecho y difícil de cambiar si dejamos a un lado la utopía. Su futuro, como el de muchos, no depende de él totalmente, seguramente dependa de los demás. “Cada uno es artífice de una porción de su propio futuro, pero sólo de una porción, que es la mínima. El futuro mayor y también el menos controlable, es el colectivo, digamos el mundo venidero que se forma al margen de uno”, decía Benedetti. El joven del tren no tiene todo en su mano para cambiar su vida. Los demás, tampoco. Dependemos de ese futuro que no podemos controlar porque lo dirigen los de siempre.

Seguramente estemos en un mundo mal construido donde viven sinvergüenzas como el empresario que paga a este chaval 600 euros al mes por trabajar doce horas diarias a destajo de lunes a sábado. Y otra vez la misma historia, algunos dirán que es mejor cobrar los 600 que CERO euros. Manda huevos. Resulta que es mejor tener una mierda de trabajo y vivir explotado que no trabajar. Y así vivimos, acostumbrados a decir “esto es lo que hay” y a que nada cambie. Mi compañero de viaje intentará descansar esta noche y mañana volverá a levantarse temprano. Quizás le cueste relajarse. Su empresario, el que le paga y se mofa de él, dormirá a pierna suelta sin que se le revuelva la conciencia ni se sonroje por vergüenza. Para tener la conciencia intranquila hay que tener conciencia y para sonrojarse hay que tener vergüenza. El explotador de este relato, creo, no tiene ni una ni otra. El joven olía a sudor por salir de currar con cargas, máquinas y vete a saber qué, pero, en esta historia, el cerdo es otro.

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