El Castelgandolfo de Rajoy, por Javier Astasio

 
 
Siempre he pensado que, de todas las ventajas que comporta tener dos ocupaciones, la mayor es la de que siempre se puede poner una de ellas como excusa para no atender las obligaciones que implica la otra. Pues bien, algo así es lo que vengo observando que hace Mariano Rajoy, poniéndose al sol de los actos de partido, cuando llueve en La Moncloa y, perdiéndose en su despacho de jefe de gobierno, cuando en la calle Génova caen chuzos de punta.
Dicho de otro modo, hoy que el papa Benedicto hará efectiva su renuncia a las obligaciones asumidas cuando accedió al trono del Vaticano, Mariano Rajoy huye de uno a otro Castelgandolfo según pinten las cosas, mientras nosotros los españoles, fieles y no fieles, esperamos día y días bajo el inclemente cielo de la actualidad a que tenga a bien asomarse al balcón de la verdad para dar "urbi et orbi" las explicaciones que desde hace tanto tiempo esperamos.
Hoy el papa se marcha a Castelgandolfo. Lo hará en helicóptero, como aquel Nixon humillado por no haber dicho la verdad a tiempo y se marcha dejando abierta la caja de los truenos en El Vaticano. Los hay que dicen que ha sido su delicada salud la que le ha apartado del cargo, hay quien añade que son la coquetería o la soberbia las que le impiden ir deteriorándose a los ojos del mundo, como ya vio que le ocurrió a su antecesor Juan Pablo II, y que por eso se va. Pero también los hay que dicen que se va porque ha visto y no puede o no quiere combatir tanta miseria y tanto pecado -contra el sexto y contra el séptimo mandamientos, aclaro- como ha visto. En ese caso, mi opinión es que se va por cobardía. Y aquí es donde engarzan las historias del papa alemán y el político gallego. Están rodeados, cuando no salpicados, por todo aquello que dicen combatir y sus espléndidas banderas hechas de limpieza y honradez caen lacias ahora sobre su rostro, poniéndoles en la situación más penosas y ridículas que imaginarse puedan.
Estoy seguro de que a Rajoy, abochornado y sin salida, fracasado en sus promesas de prosperidad y limpieza, le encantaría que un helicóptero, como aquel carro de fuego que se llevó a Elías, le sacase de tanto problema para llevarse a ese Castelgandolfo particular donde, para él, los días pasarían plácidos entre el humo de buenos habanos, la lectura del MARCA y los partidos de la tele.
Lo malo es que, de La Moncloa, salvo para los viajes oficiales, se entra y se sale en coche y que el alquiler del palacete es por cuatro años, salvo que los caseros -todos los españoles- consideren que no se está cumpliendo el contrato de arrendamiento y le enseñen la puerta de salida.
Es una pena que Rajoy no sea papa. Le sería más fácil la huida. Seguro que su sucesor le perdonaría como perdonarán a Ratzinger no haber cumplido con su deber de arrastrar la cruz hasta el final, del mismo modo que él ha perdonado, al menos no los ha puesto públicamente en evidencia, a todos los pecadores que al parecer le rodean. Pero no, Rajoy no es el papa, Rajoy -de ser ciertas las anotaciones de Bárcenas en su cuaderno, y arece que lo son- estaba muy apegado a lo material. Tanto como para recibir sobres, trajes y corbatas a cuenta del "cepillo" del partido. Y eso no se puede borrar con retiro y oración. Eso hay que expiarlo ante los ojos del mundo y, si la justicia es justicia, que a veces lo es, no tardará en hacerlo.
Para entonces, mucho me equivoco o la iglesia del PP se habrá desecho de la curia podrida o se habrá consumado el cisma y todos aquellos que creyeron en el perdón de los pecados en las urnas, se darán cuenta de que, a veces, la ley de los hombres los castiga aunque millones de papeletas los hayan perdonado. Ya le gustaría a Rajoy poder retirarse a un Castelgandolfo, el que fuera, pero, para él, no lo hay.
 
 
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