EL ASUNTO SE LAS TRAE, por Javier Astasio


Confieso que el título de la entrada, aunque podría haber sido mío, me lo he apropiado del arranque de la respuesta que Antón Losada daba esta mañana, cuando expresaba su punto de vista sobre lo que fue Fidel Castro para Cuba y los que será de cuba sin él. La verdad es que es más que difícil tratar de ser objetivo ante un personaje como lo fue el mayor de los Castro y ante un país como Cuba, ya que ambos son fundamentales en el devenir del mundo, especialmente el de América Latina desde aquel primero de enero de 1959 en que Fidel y sus barbudos entraron en La Habana.
Lo cierto es que uno construye sus opiniones, al menos es mi caso, sobre cimientos de sensaciones y no me duele reconocer que las mías sobre Cuba y Fidel son contradictorias y, en ocasiones, más que contradictorias, paradójicas. Así, por ejemplo, yo que, por edad, tuve durante un tiempo a Castro y su revolución como un modelo necesario, al menos en el Tercer Mundo, vi mi pensamiento saltar por los aires después de ver una película "Fresa y chocolate", de Tomás Gutiérrez Alea, un hombre del régimen que, sin pretenderlo, o al menos eso deduje de algunas declaraciones que le escuché, señaló con lucidez y ternura la carencia más cruel de esa patria que todo lo justificaba, hasta la muerte, y que, sin embargo, fue incapaz de dar a su gente aquello por lo que decían pelear los barbudos que bajaron de la Sierra: la libertad.
He de decir que, si de algo soy absolutamente celos es de mi libertad. Creo que podría sobrevivir con más o menos comodidad sin bienes materiales, pero que difícilmente podría hacerlo con en medio de la falta de libertad que asfixiaba al personaje creado por Roger Salas, inspirado en sí mismo, y que interpretó magistralmente por Jorge Perugorría. Desde entonces ya no fui capaz de mirar a Castro y su revolución con los mismos ojos. Con esa sensación de desesperada angustia que saqué de la película y alguna información añadida, ya no supe ver en Ernesto Che Guevara el héroe que me miraba desde las paredes de tantas y tantas habitaciones de amigos. Le veía altivo, severo e inflexible, presidiendo los tribunales populares que, en los primeros años de la revolución, condenaban, demasiadas veces a muerte, a quienes colaboraron con el régimen de Batista.
Sin embargo, esos años terribles no deben cegarme ni me ciegan para no ver los enormes logros del castrismo en el terreno de lo social, la igualdad alcanzada en muchos terrenos, en un país que venía de la más cruel de las desigualdades, un país de oligarcas obscenamente ricos, frente a los guajiros condenados a vivir en la miseria moral y física más absoluta. Con Fidel Castro todos los cubanos aprendieron a leer y comieron, no todo lo que querrían haber leído ni todo lo que hubiesen querido comer, pero, es innegable, hoy por hoy, leen y comen todos.
Desde que, en la madrugada del sábado, sesenta años después del inicio de su gran odisea, supimos de la muerte Fidel Castro, todo han sido loas, críticas y, sobre todo, preguntas y comparaciones. Nunca sabremos qué habría sido de Cuba si aquel primer día de 1959 Fulgencio Batista no se hubiese subido a un avión, con el rabo entre las piernas y las maletas repletas de joyas y dinero, resultado de años de saqueo de su país, al servicio de la Mafia y las empresas del vecino del Norte.
Después de unos primeros momentos en los que Castro fue un héroe, incluso para la prensa y para los ciudadanos norteamericanos, el joven abogado hijo bastardo de un terrateniente que expulsó de Cuba a Batista, el sanguinario tirano hijo de un campesino, las nacionalizaciones y el exilio forzado de los privilegiados por Batista. las cañas se tornaron lanzas y Castro pasó a ser el enemigo número uno del Tío Sam, del mismo modo que el vecino del Norte pasó a ser el enemigo imperialista. Desde entonces ya nada fue igual. Castro, cuya ideología siempre fue u enigma se vio forzado a echarse en los brazos de una Unión Soviética encantada de haber encontrado un aliado en el Caribe. De ahí a la crisis de los misiles y al bloqueo, mediaron semanas que se han convertido en décadas de privaciones y miseria para los cubanos de a pie. Quizá porque los norteamericanos esperaban que, con hambre y escasez, los cubanos volverían la espalda a Fidel y los suyos. Pero se equivocaron.
Ahora, sin un Castro que llevaba años muerto en vida y sin un relevo claro para su hermano Raúl, impuesto por la enfermedad del dictador. se abren todas las incógnitas, más con Trump, marioneta de los ultra conservadores que siempre odiaron a Castro y su Cuba, al frente de la maquinaria militar y económica del vecino del norte, probablemente más enemigo que nunca, sin la figura mítica del comandante es difícil imaginar el futuro. Más, para quienes no queremos verlo todo blanco o todo, negro, para quienes, por no casarnos con unos ni otros, nos llevaremos todas las bofetadas. Por eso me apunto a ese "el asunto se las trae" de Antón Losada y pongo mis esperanzas en que el sentido común se imponga a las estridencias de uno y otro lado del mar.

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*