El asno y el elefante, por Gabriel Merino

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Es el viejo cuento de ¿a quien quieres más a mama o a papá?. Aquí, a diferencia de otros paises con más tradición en elecciones y democracias, llevamos tantos años dándole vueltas a las historias de los bolcheviques quemaiglesias y a los fascistas de la unidad de destino en lo universal que aún pensamos que las dos fuerzas mayoritarias en España son muy diferentes. Y a eso juegan los que se han adueñado de la democracia para sobrevivirnos como casta subidos a su escalón donde no llega la ola del tsunami que ahoga, haya crisis o no.

 

Recuerdo que antes,  cuando yo era chaval, para afirmarse como ideología en Europa se jugaba con la palabra “demócrata”: así, había por ejemplo demócrata cristianos –gente de derechas- y social demócratas –gente de izquierdas-. Ahora ya se llaman directamente liberales –o populares europeos, ¡anda que si Mao levantara la cabeza!- o conservadores, y laboristas o progresistas o… socialistas. Pero ya solo son siglas. Ni tienen ideología –lo de derechas e izquierdas a estas alturas de economía globalizada se la sopla bastante- ni mandan en realidad, sino que sirven a otros que no somos nosotros.

 

El juego bipartidista de D´Hondt en España nos ha hecho mirarnos en un espejismo que luego , si mirábamos afuera, no nos parecía tan real. A mí, cuando me decían que en Inglaterra se la jugaban conservadores y laboristas me parecían los mismos. Es que desde fuera, la verdad,  parecía que  hacían lo mismo. Y cuando en Estados Unidos se la jugaban demócratas y republicanos, pues igual. En Estados Unidos mandaba quien mandaba –la cocacola, la Ford, Halliburton o la madre que le parió- y daba igual que ahí estuviera Carter o Clinton que Reagan o Bush. El bacalao se partía en los lobbies del congreso. Lo más que se limitaba a hacer un presidente era gestos a la galería: los conservadores solían dejar que los progresistas subieran los impuestos y dieran algún derecho más a las minorías cuando ya tocaba  y, por el contrario, los demócratas permitían que los conservadores invadieran países o favorecieran a las empresas privadas y a los bancos ruinosos cuando tocaba también. Pero cuando llegaba el oponente, nunca se cargaba determinadas cosas del otro.

 

Eso sí. Se tiraban el rollo de grandísimos rivales. Unos decían que dios, el capìtal, la historia, la nación  y la globalización estaban de su lado y los otros afirmaban que quien estaba se su lado era el pueblo, las minorías, el arte, el interés común y el progreso. Ay.

 

Ahora son el negro contra el mormón. Pero la jugada ya está echada. Si no que se lo pregunten a Standard & Poor´s o a Moody´s. O a la NYSE. O al Fondo Monetario. O a China, Brasil y la India. O al tesoro. O al Banco Central Europeo.

 

Lo más que pueden  hacer es ir a ver a las víctimas del huracán, hacer ese absurdo conteo de caucus en que parece que por un voto más en Ohio o un compromisario en Florida se decide si queremos más a mamá o a papá y, al final, que el que salga  haga detener al chino de Cobo Calleja acusánsole de todos los males de los desfalcos de los de la amnistía fiscal de toda la vida.

 

Yo, es que –Mariano, Alfredo- aunque el Tribunal Constitucional diga mañana  al final que ya se pueden casar los gays con todas sus bendiciones y aunque el caso Madrid Arena quede –como quedará- impune de responsabilidad política, ya no se distinguir, la verdad, entre un asno y un elefante.

 

Lo que sé seguro es que ya no quiero ni a esa mamá ni a ese papá que me habéis impuesto.

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