El algoritmo de la infelicidad, por Javier Astasio



Me enteré por un antiguo compañero de trabajo, que no amigo, de que determinados organismos públicos, en ese caso era la Comunidad de Madrid se gastan el dinero público, nuestro dinero, en pagar a consultoras externas para que les proporcionasen el algoritmo, la fórmula, que, en determinados asuntos, les permita llegar a los resultados deseados. Esto, que puede parecer loable, encierra en determinadas manos toda una serie de maldades que conducen al perjuicio de lo público y de los ciudadanos.
Me explico. Lo que mi antiguo compañero hizo para el gobierno de Esperanza Aguirre fue determinar los plazos que había que establecer y diseñar cada uno de los pasos que había que dar y los baremos que había que establecer para maquillar las listas de espera en la sanidad madrileña, en cuya rebaja había empeñado su cargo la condesa, asegurando que presentaría su dimisión si no conseguía reducirla. De ahí, por ejemplo, la sana costumbre de tratar de convencer a la mayoría de los pacientes quirúrgicos para ser derivados a clínicas privadas, con menos garantías y servicios y un mayor coste para la sanidad pública, bajo la amenaza de que, si no acepta ser operado fuera de su hospital de referencia, se devolverá su caso a la cola de la lista de espera, algo que se sigue practicando, como lo demuestra el hecho de que, en verano, se cierran camas hospitalarias mientras se derivan pacientes a clínicas concertadas. Algo a lo que los trabajadores de la sanidad ya le han sacado rima en el eslogan "cama cerrada, dinero a la privada".
Con mayor o menor artificio, en uno o en otro sector el espíritu que guía la búsqueda del santo grial del algoritmo es el de podar lo público en beneficio de lo privado. O, dicho de otro modo, incautarse de lo que es de todos, para repartirlo entre unos pocos. Y lo vienen haciendo sistemáticamente en toso los sectores, subvencionando, por ejemplo a cada niño que es enviado a una escuela infantil privada, mientras se van encareciendo los precios de las matrículas en las que, por ejemplo, dependen de los ayuntamientos. Y ello no es inocente. Ello conduce a ensanchar la trinchera que, cada vez más, separa a los ricos y los pobres de este país, pobres que, por cierto son cada vez más en número y en pobreza.
Está visto que cada uno de los agentes sociales, no los ciudadanos, maneja su propio algoritmo. Sin ir más lejos, la patronal debe tener el suyo y debe estar deseosa de aplicarlo antes de que los votantes despierten del todo y comprueben quiénes son los responsables de que, España, padeciendo la misma crisis que sus vecinos, es el país europeo en el que más ha crecido la desigualdad, porque aquí, no lo olvidemos, los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Quizá por eso, sin el menor pudor, el presidente de la patronal, ese que vive rodeado de chorizos de todo género sin inmutarse, dijo ayer, arrugando el ceño, que hay que suprimir el salario mínimo interprofesional, esa línea de flotación que señala hasta donde puede descender la dignidad de un asalariado y que impide a los empresarios abusar aun más de lo que lo están haciendo de sus trabajadores. Y, por si fuera poco, pide Rosell que se reduzca el subsidio de desempleo que a él que maneja subvenciones y otros dineros públicos le debe parecer un lujo al alcance, por ejemplo, de las amas y los amos de casa, de los que, según sus cálculos, un millón se ha apuntado a las listas del paro, con el único fin de obtenerlo. Que su dios, que debe ser el mismo que el de Díaz Ferrán, el mismo que nos pedía trabajar más y cobrar menos para sacar el país adelante, mientras se lo llevaba crudo, le confunda.
Pero volvamos a los algoritmos, a otro algoritmo, el que ha debido emplear el "insobornable" -Rajoy dixit- Cristóbal Montoro que aplicado en la reforma tributaria porque, según la simulación que ha hecho Funcas, la prestigiosas Fundación de Cajas de Ahorro, la tercera parte del dinero que dejará de ingresar el Estado con la reforma se la ahorrarán los más ricos que, prácticamente, serán los únicos beneficiarios de la misma, en tanto que más de seiscientos mil contribuyentes se verán directamente perjudicados. Y digo directamente, porque de un modo u otro, los que pagamos nuestras medicinas, hemos visto encarecido el IVA de gran parte de lo que consumimos o nos hemos quedado sin casi treinta mil sanitarios y otros tantos enselantes y dejaremos de percibir la renta social que redistribuye la riqueza en cualquier país civilizado. Maldito algoritmo, pues, que sólo sirve para hacer más pobres e infelices a millones de españoles.


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