El albañal del PP, por Javier Astasio

 
 
Cuando era niño, hace ya muchos años, Madrid terminaba a unos centenares de metros de mi casa, muy cerca del río Manzanares, en cuyas orillas, al pie del Puente de Toledo, llegué a conocer alguna que otra huerta. Recuerdo también que, un poco más allá de mi colegio, cruzando la colonia del Tercio, hoy y después de años negros felizmente repoblada por actores, había un campo de fútbol, chabolas y un arroyo al que iban a parar los albañales de todos esos asentamientos que tan mala fama le dieron siempre a mi barrio.
De alguna manera, lo prudente, a la salida del colegio, era volver a casa. Pero lo lógico, si apenas se tienen doce o trece años y poco control sobre uno, era tomar la dirección contraria y acabar dando patadas a un balón -nunca fui bueno y era el último en "fichar" por cualquiera de los equipos que se formaban echando la suerte "a pies", porque entonces los niños no teníamos monedas que lanzar al aire- o explorando las tapias del cementerio escarbando con palos la blanda arcilla buscando cristales de galena para hacernos una radio o roñosas vainas de munición que imaginaba procedentes de batallas y que, años más tarde, deduje con horror que sólo podían ser el resultado de cobardes fusilamientos. La otra alternativa, era recorrer las orillas del arroyo y los albañales, levantando con palos trapos, cartones, latas, barreños irrecuperables, juguetes rotos y no sé cuántas cosas más a la búsqueda de tesoros o misterios.
Recuerdo que en aquellas excursiones siempre había alguien más grande o más golfo que el resto que nos ayudaba a identificar alguna que otra cosa inexplicable. Pero recuerdo que, lógicamente, lo que abundaba en aquellas aguas inmundas, llenas de espuma grasa y verdín era basura y pura mierda, sin adjetivos.
Albañal. Hoy he vuelto a escuchar esa palabra, casi en desuso, en boca de Antonio Gutiérrez, alguien que, por el pasado árabe de su tierra de origen, Orihuela, y por su infancia campera sabía de sobra lo que quería decir aplicándola al escándalo que hoy agobia al PP. Tiene razón Gutiérrez. La prensa es hoy un tremendo albañal en el que flotan las peores miserias de un partido que, pese a ocultar lo que ocultaba, se ha permitido regañar y castigar de la peor manera a los ciudadanos -algunos de los cuales, hoy arrepentidos, llegaron a votarle en las últimas elecciones- simplemente por haber creído en esa España que les pintaron.
No sé cómo saldremos de este tremendo albañal que nos salpica, ni cuánto tardaremos en hacerlo. Lo que sí sé es que éste no tiene ni la mitad de poesía y misterio que hoy encierran en mi memoria todos aquellos albañales de mi infancia. El PP insiste en defenderse repitiendo cual monótono papagayo que no saben, no consta, nadie podrá probar. Pero hacen mal en insistir en ello, porque, lo peor para el partido que gobierna, es que todo aquello de que se les acusa es verosímil y, a no más tardar, alguien levantará con un palo el trapo que esconde lo peor de la basura del partido.
 
 
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