El ahijado 'Balta', por @FernandoLocuta

El año es 2002. En el pletórico Estadio Nou Camp –ahora Estadio León- hay un hombre que bien podría considerarse como la única parte del inmueble que grita, llora, toca el cielo y el abismo durante cada partido. Su gente lo conoce como el „Balta‟, y en éste ya lejano 21 de abril de 2002, fue testigo del paso final de una fiera agonizante que se dirigía hacia lo que unos llaman Liga de Ascenso, pero para „Balta‟ no es más que un bendito infierno color esmeralda.

Lo que „Balta‟ no sabía es que un año después, conocería un cielo individual, muy particular, llamado Carlos Ahumada Kurtz.

Es el segundo descenso que la memoria de 51 años de Baltasar Gutiérrez Luna, hombre de poco más del metro setenta, tez morena y pelo a rapa; guarda con tortuoso recelo.
Hoy „Balta‟ se encuentra recargado contra la taquilla de su casa, no la segunda sino la primera, el Estadio León. Lo acompañan sus infalibles amigos sabatinos: bermudas de mezclilla, la playera bicolor del León –esmeralda y blanco- y una cachucha negra que usa hacia atrás con el logo del León.

Con paso titubeante me acerco a él entre los cientos de peatones que se dirigen a la Feria. Nunca antes he visto al mítico líder de la porra Ultra Verde, la única que sobrevive desde 1998. “¿Eres Baltasar?”, pregunto en un arranque de valor. Sonríe. He dado con él.

Tras ponernos de acuerdo cuál será el escenario de nuestra charla, empezamos a caminar. Él se adelanta y cruza el bulevar como niño zigzagueando entre los coches, yo le sigo el paso a unos metros.
Llegamos al restaurant acordado. El niño acelerado que cruzó la calle, se transforma en el retraído y humilde curtidor padre de cinco hijos, cuatro de ellos con nombres de ex jugadores del León: Fabián de 22 años, por Fabián Prátola; Misael de 15, por Misael Espinoza; Aldo de 9, por Aldo „Lupillo‟ Díaz, y una pequeña de 4 años de nombre Paola Esmeralda (sobra explicación alguna).
Tomamos asiento y le ofrezco carta abierta. Bromea y pide una cheve, que al final termina siendo una Coca-Cola sin hielos, porque “la garganta me está matando”, dice. Yo le secundo con el mismo pedido.

Teniendo como música de fondo los acordes de la canción emblema de Creedence Clearwater Revival, Have you ever seen the rain, mezclándose en dosis exactas con el agudo choque de la cristalería y los cubiertos; la plática inevitablemente comienza con una pregunta que muchos leoneses y no leoneses se hacen: Irle a León, ¿terquedad voluntaria o enfermedad incurable? “Un estilo de vida”, responde sin dudar „Balta‟.

Baltasar le ha ido al León desde los seis años, convirtiéndose en la oveja negra de una familia que por tradición llevaba tatuada en el corazón el escudo del Unión de Curtidores; y desde esa edad presume, si la traicionera memoria no hace de las suyas, no haber faltado a ningún partido que el equipo ha jugado en la ciudad.

Un miércoles del 2007, su esposa iba a dar a luz a Paola Esmeralda y el León visitaba a Veracruz. Un dilema de amoríos. „Balta‟ optó por seguir al equipo a la costa. “Se la encargue a mi compadre, a mis hermanas y mis hermanos”, recuerda entre risas. Su esposa tuvo su bebé un día después, prueba suficiente de que “Dios le va al León” dice „Balta‟ mientras da un primer sorbo al refresco sin hielos.

Como un psicólogo deja que su paciente hable y exponga de a poco sus problemas, así escucho yo a Baltasar, quien con los ojos irritados –quizá debido a alguna infección- comienza a hablar, a recapitular los grandes o frustrantes momentos que su pasión le ha hecho pasar. Habla de la última final que disputaron los esmeraldas contra el Cruz Azul y en donde el arquero David Comizzo “la cagó”; del descenso contra Veracruz, de la primera final disputada en la Liga de Ascenso contra Irapuato donde un autogol fue la diferencia y de aquél 2008 donde se perdió la final por el ascenso en contra de los Indios de Ciudad Juárez, esa final que pasó a la historia por la invasión de los aficionados –arengados, mas no acompañados por „Balta‟- a la cancha. Con la mirada gacha, reconoce que fue un gran error, pero la pasión le ganó y así lo dijo en el programa de radio “Todo es Futbol” el 27 de mayo de ese mismo año.

Pero no todo ha sido negro en ese fanatismo por el equipo „panza verde‟, las amistades que ha hecho y la porra que lidera, la Ultra Verde; son dos grandes satisfacciones que hacen que los aún irritados ojos, brillen.

„Balta‟ es el capitán en mando del ejército conformado por 76 soldados ataviados de verde; todos envueltos bajo una misma bandera y dispuestos a vaciar sus gargantas y sus carteras para apoyar al equipo de sus amores y dolores. Su lema es “El sueño continua”; su única arma, ráfagas de voz disparadas al unísono; el blanco perfecto y predilecto, la madre del árbitro. Son conocidos como la Ultra Verde, quienes ven en la porra queretana “La Resistencia” la antítesis de lo que es la porra ideal, y que además compartieron escenario con los integrantes de „La Oficial‟, informales productores musicales pioneros en armar el ambiente en las frías y grises gradas de la zona preferente en el Nou Camp.

En un inicio el número de „ultraverdistas‟ rebasaban los 400, pero uno en uno fueron cazados y terminando casándose, cambiando el lugar de residencia y otro puñado más crearon otras porras, como la Pasión 44, creada por Omar Torres y Los De Arriba, cuyos actuales dirigentes son „El Malacora‟ y „El Cauter‟. Hoy los de la Ultra Verde y Los De Arriba son los que sobreviven con la misión de arengar al aficionado ocasional y ser el desahogo del compañero alcoholizado de al lado.

Suenan las primeras cuerdas de Tears in Heaven, y como si el sentido paternalista de la canción despertara un sentimiento, este hombre que se muerde las uñas ocasionalmente confiesa que la Ultra Verde es su familia y él juega a ser el papá que ensaya partido a partido los cánticos de guerra que entonarán -tras haberse apurado unos cuantos vasos de cerveza- para amedrentar al rival. Si hoy la Ultra Verde sacara un disco, este tendría 25 cánticos, la mayoría basados en tonadas de barras sudamericanas, especialmente de Argentina. Y precisamente, fue uno de estos cánticos llevó a „Balta‟ a los separos. Estaba ebrio de pura frustración -comienza a narrar „Balta‟, mientras dos saleros al centro de la mesa lucen como testigos- e iba caminando con unos camaradas en el puente gritando, “hay que estudiar, hay que estudiar porque de poli puedes terminar”; pero no me di cuenta que había un poli atrás de mí, entonces ya nomás sentí que me agarraban por la espalda y pues ni hablar, me llevaron a Cepol, dice mientras deja relucir su no tan blanca pero bien formada dentadura. Ésa no fue la única vez que ha pisado el terreno de los castigados por la justicia. En el 2010 fue detenido por una supuesta reventa de boletos, pero se libró de una pesada condena por su carisma y popularidad con los que se encontraban haciendo guardia en ese momento en Cepol. Pero su carisma no lo salvó del veto que le impusieron los hermanos Batarse: “me vetaron toda la temporada” dice con voz apenas audible; pero ello no le imposibilitó que cada juego de local, Baltasar se colara de una u otra forma entre los aficionados. Después de tres partidos, le levantaron el veto por su ímpetu, o mejor dicho, terquedad.

Su celular Alcatel, de rojo diseño similar a un BlackBerry y funcionamiento igual al de un celular desechable, despierta del largo letargo sobre la mesa y empieza a vibrar. „Balta‟ no quiere contestar, pero el “Manual de Carreño” me orilla a pedirle que lo haga. Se escucha la voz aguda del otro lado del teléfono preguntando en cuánto saldrá el viaje “de mañana”. Mañana el León visita a Neza. Doscientos veinte, responde Baltasar. Ese precio incluye un viaje en un camión de segunda clase de ida y vuelta a Ciudad Nezahualcóyotl, donde los invitados principales son las trompetas y las cervezas, “esas nunca faltan”, se ríe; pero antes de llegar al estadio se tiene planeada una parada en la Villa de Guadalupe para dar gracias y pedir por un triunfo para los verdes. “Es un gancho”, aclara.

Se reanuda la plática no sin antes la inoportuna pero necesaria intervención de una mesera que porta una camisa blanca de manga corta y una falda apenas por encima de las rodillas en color salmón. “¿Van a querer algo más?”, pregunta.

“Ahorita no, gracias”, dice mi delgada cartera. La tranquilidad vuelve cuando veo que a „Balta‟ aún le resta medio vaso de coca.

Sin más interrupciones, pasamos al tema de las amistades que ha ganado por su fidelidad a un solo color. Entre los amigos que cuentan los dedos del „Balta‟ se encuentran los pamperos Luis Islas y Germán „El Ventanita‟ Gords, con quien aún mantiene contacto ocho años después de su paso por el equipo, Christian Patiño, Ulises González y Julio Ceja, quien se mantiene en el plantel actual. Pero entro todos los conocidos y no tan conocidos, amigos y no tan amigos, hay una amistad entrañable que el „Balta‟ recuerda con especial gratitud y que la simple mención de su nombre, lo obliga a esbozar una sonrisa y decir, “él fue como mi padrino”: Carlos Ahumada Kurtz.

El empresario argentino, en una maniobra sorpresiva y quirúrgicamente planeada, pasó de ser socio minoritario de Roberto Zermeño a ser el dueño a capite ad calcem del León. Compró al León a finales del 2002 y con prisa se hizo querer por los miles de aficionados esmeraldas con la contratación de jugadores de renombre como Cirilo Saucedo y los paraguayos Julio César Yegros y Julio Colman. En su segundo torneo como dueño del quipo, Ahumada sufrió la primera caída en una final por el ascenso contra el odiado rival Irapuato. Un año después, volvería a probar la hiel propia de la derrota pero esta vez ante los Dorados de Sinaloa.

En el 2004, Carlos Ahumada fue detenido por la PGR tras aparecer el 3 de marzo en un video en el noticiero conducido por Víctor Manuel Trujillo, „Brozo‟, donde aparecía dándole 45 mil dólares al que en ese entonces era coordinador del PRD en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, René Bejarano.

„Balta‟ recuerda, con la mirada perdida y las manos en los bolsillos, que estaba en su trabajo cuando vio el video. “Fueron sentimientos encontrados” dice al recordar a Ahumada como ese empresario que lo invitó a desayunar con su esposa más de una ocasión, y que incluso, llegó a prestarle veinte mil pesos para saldar las deudas que su esposa y él tenían en su tienda de abarrotes. “Era un hombre con visión de empresario, lo que le hizo falta fue rodearse de gente que conociera el medio, que le cubriera las espaldas” lamenta mientras simula con el vaso el movimiento que se haría para revolver el contenido de una copa.

Para una semifinal que fue en Veracruz, relata „Balta‟ mientras personas de otras mesas disimulan su atención en la plática, yo tenía planeado llevar diez camiones; pero me llamó Nacho Morales –en ese entonces vicepresidente del equipo- y me preguntó cuántos camiones pensaba llevar. Yo le respondí pues que diez. „Balta‟ hace una pausa, su teléfono vuelve a vibrar. Rápidamente despacha la llamada y sigue contando. “¿En qué me quedé?” pregunta con algo de vergüenza. Lo encamino y él sigue con su relato. Ignacio Morales le regaló 170 camiones para el juego ante Veracruz. Ahí „Balta‟ firmó un contrato temporal no escrito, en donde dejaba de ser el líder de una porra para convertirse en un alfil de Ahumada, incluso después de que este fuera arrestado por la PGR.

Entre el 2005 y 2006, el domicilio de Baltasar Gutiérrez Luna sirvió como dirección fiscal a donde se enviaban multas, notificaciones y otros documentos –principalmente de Celaya- por parte de las autoridades al recluido empresario argentino. Cada tercer día o semanalmente, “la contadora” llamaba al „Balta‟ para que le hiciera una síntesis de los documentos depositados en la cochera de su casa hasta ese momento. “Una vez que regresé de un partido contra Tigrillos Coapa, vi una multota de 25,000 dólares”, dice temeroso sin poder recordar cuál era el motivo de la misma. Pero él no veía esos documentos, la encargada de leérselos a la contadora era su esposa. Por este „favor‟, la gente de Ahumada le depositaba mensualmente mil quinientos pesos. A principios del 2009, le hicieron llegar dinero a él y a los líderes de las demás porras para que organizaran una marcha a favor de Ahumada Kurtz. El Arco de la Calzada apenas vio a un centenar de aficionados reunidos en pro el argentino. El „boom‟ ya había pasado admite a media voz Baltasar.

La última llamada que tuvo con gente allegada al también dueño del equipo argentino Talleres de Córdoba, fue el año pasado; el motivo era sólo para decirle que las cosas “iban bien”. No duró más de dos minutos.

„Balta‟ observa su celular, ve la hora, ya ha oscurecido; abre los ojos avisando que ya se le ha hecho tarde, tiene que ir por sus hijos para regresar al estadio, organizar su ejército y partir hacia Neza. Se mete su Alcatel-BlackBerry a la bolsa, apura el último trago de refresco y simula que sacará la cartera, pero lo detengo en el acto entregando un billete a la mesera. “Gracias” me dice sonriendo mientras va caminando hacia la salida y dejando en la mirada de más de un comensal la duda: ¿Y quién es él?. Él fue el ahijado de Ahumada.

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*