El abrazo del oso, por Javier Astasio



Después de tantos años viendo comportarse a la derecha española, que gasta ahora sólo ha sido una, no puedo más que desconfiar y, si he de deciros la verdad no me ha gustado ver a Pedro Sánchez en  La Moncloa, acudiendo al rescate del presidente que ha puesto tanto como el propio Artur Mas para que Cataluña esté hoy al borde de "desconectarse" de España.
No me gusta, porque la imagen de uno y otro me lleva a los tiempos del colegio, cuando en la calle y antes de entrar en clase las el listo del curso ayudaba a hacer los deberes a algún que otro gamberrete, un poco por lástima y otro poco con la vaga esperanza de ganarse su amistad. Un gesto en apariencia solidario que, sin embargo, permite salvar la cara a quien ha estado vagueando la víspera y que en nada contribuye a que cambie de actitud. Porque, al final, en la transacción, el único que se beneficia es el que recibe la ayuda y salva el expediente.
Nunca he sabido qué tiene el PSOE -decir "los socialistas" sería ser tan generoso como poco preciso- para que los populares acaben siempre llevándoselo al huerto, pero, en todo caso, debería hacérselo mirar, porque, al final, somos los ciudadanos los que siempre acabamos pagando. Históricamente lo hizo con el pasto de la Justicia cuando Zapatero era solo jefe de la Oposición, en la humillación ante las imposiciones de Europa en plena crisis y en tantas y tantas trampas que aún estamos pagando.
Rajoy se ha cansado de no hacer nada, salvo amenazar y cargar con nueva munición la pistola todavía humeante del Constitucional , que ya se cargó el Estatut, ofendiendo seriamente la dignidad de todos los catalanes, independentistas o no, que vieron frustrarse un marco de convivencia que aprobaron sus  representantes y ellos mismos votaron. No ha hecho otra cosa desde que llegó a La Moncloa hace cuatro años y no creo que sea capaz de hacer otra, ahora que se enfrenta a las urnas y necesita no sólo el voto de los moderados, sino también el de lo más montaraz de su electorado.
Sánchez, lleno de buena voluntad, eso espero, cayó en la trampa de Rajoy y se dejó hacer esa foto en la que él mira a Rajoy y Rajoy mira al vacío, una foto filtrada por la Presidencia del Gobierno, seguro como está el gobierno de que el presidente es el más beneficiado por el encuentro.
Nada sabemos de lo acordado, si es que se acordó algo, ni de las condiciones impuestas por el líder del PSOE para el encuentro, aunque me resultaría extraño que Rajoy hubiese cambiado de opinión respecto a la única solución posible, la reforma de la Constitución, que los socialistas proponen y a la que Rajoy se había opuesto con firmeza unas horas antes, en los micrófonos de la SER.
Creo más bien que el presidente o sus asesores han obrado con astucia poniendo en marcha este auto sacramental antes de que el resto de actores, PSOE, Ciudadanos y Podemos aglutinasen otro frente que le dejase fuera de juego y creo que Sánchez, necesitado de ponerse el traje de hombre de estado para verse como tal, se ha precipitado al acudir a la mesa de Rajoy. 
Puede que Pedro Sánchez haya querido destacarse de sus más directos adversarios en las urnas, puede que por eso haya aceptado la distinción que le ha hecho Rajoy, pero creo que no ha caído en que su anfitrión juega con las cartas marcadas, porque, si no accede a recibir a Pablo Iglesias, ahora en horas bajas, hará un favor a Podemos y, si le recibe, éste tendrá la oportunidad de capitalizar el mensaje de la izquierda en ese asunto, que no puede ser otro que el de dar a los catalanes la opción de decidir su futuro por sí mismos y legalmente.
No sé por dónde van ahora los pensamientos de Sánchez, pero creo que, si se mira desde fuera, se dará cuenta de que, ayer, le dieron el abrazo del oso.


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