Efecto canallada, por Javier Astasio



Una vez más y, como le ocurre al escorpión, es su condición, el Gobierno ha mostrado su lado más insolidario, por no decir su cara más dura. Se trataba de dar acogida a quienes sufren cada día en aguas del Mediterráneo la tragedia de dejar atrás sus casas para buscar en Europa la libertad o una vida mejor. Se trataba de recibir en suelo español a unos mil trescientos de los veinte mil refugiados que la UE decidió acoger ayer y el gobierno del PP, por boca de su ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, quien, como a los malos estudiantes, le han parecido demasiados los deberes.
Siempre me ha parecido mentira que un país como el nuestro, que es lo que es gracias a las sucesivas oleadas de población que a lo largo de los siglos nos llegaron desde Europa por el  norte y desde África por nuestras costas del sur, un país que ha mandado a sus hijos al exilio, perseguidos por razones de religión, de política y, cómo no de raza u que los envío a ganarse el pan a América o a la Europa que se levantaba de la última posguerra, se sintiese tan insolidarios con quienes, como sus padres o abuelos sólo buscan el pan, la seguridad y la libertad que no tuvieron en su tierra. Más en una tierra donde campan refranes como el de que "donde comen dos, comen tres".
Sin embargo, la respuesta de nuestro gobierno ha sido egoísta y cobarde. Y para justificarla le ha dicho a Europa que nuestra riqueza, esa que aparece como una guirnalda en todos sus mítines en esta campaña electoral, no es tanta, que sólo es relativa, t les ha dicho también que un veintitrés por ciento de paro es mucho paro, algo que nos esconde en los mismos mítines. Y, cómo no, el gobierno se queja también de que "en su clase" hay niños más altos y más guapos que los españoles. Sólo falta que, como acostumbran, como ya hizo el ministro del Interior, nos inviten a acoger uno o dos de esos refugiados en nuestras casas. 
Algo, esto último, coherente y muy acorde con esa visión ultra liberal que tienen de las cosas que se resume en socializar los problemas y privatizar los éxitos y los beneficios. Porque aquello en que no pueda meterse la cuchara de plata de un conde "lobbista" no resulta interesante a los ojos de quienes entran en política para cambiarse el coche, comprarse un rolex o levantar mansiones  Es más, creo que, si por cada refugiado acogido en España el marido de Esperanza Aguirre se llevase algo, estarían ya en suelo español no sólo los mil trescientos que se nos ha asignado, sino los veinte mil del total y más que hubiere.
Durante años, los populares acusaron al gobierno socialista de Zapatero de generar un efecto llamada para la inmigración ilegal al legalizar la presencia de aquellos que pudieran demostrar arraigo en el país. Evidentemente no tenían razón, porque lo que atraía a todos esos jóvenes trabajadores era el trabajo, a veces en condiciones inhumanas, en la construcción y las grandes obras públicas. El mismo que nos hizo a los españoles creernos "los reyes del mambo", para, cuando cesó la conga de la burbuja inmobiliaria, hundirnos en la miseria, salvo, claro está, los que la provocaron, que cambiaron de negocio y de amigos.
Si lo de Zapatero fue un efecto llamada, lo de García Margallo, ayer, tiene otro nombre y no es otro que "efecto canallada".


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