Dubai: encadenando electroshocks, por @Lola_Hierro

Esto de dedicarse a escribir es muy socorrido para no aburrirse en los aeropuertos. Una vez más, estoy en uno dándole a la tecla. En el de Dubai, que ha sido prácticamente mi casa durante las últimas 24 horas. En él he comido, me he lavado, cambiado de ropa y guardado mis pertenencias (por el módico precio de 20 DH o 5 euros por doce horas). Solo me ha faltado dormir, y porque en el último momento me salió un plan mejor. Lo cuento mientras ceno a las dos de la madrugada un pad thai aeroportuario, a la espera de que salga mi vuelo con destino Bombay, India. Esta es la historia de los electroshocks (entiéndanse como descargas para los sentidos) que he vivido en apenas 24 horas.

Primer electroshock

Rascacielos por un tubo. / (C) Lola Hierro

Se me apareció un ángel. Hasta volaba. No llevaba alitas ni corona, pero trabaja como paracaidista. No quiere revelar su identidad, así que le llamaremos Ángel. Iba en el mismo avión que yo entre Madrid y Estambul y también entre esta ciudad y Dubái. Me coló con él para sacar la tarjeta de embarque en el aeropuerto turco y nos hicimos amigos. Vive en el emirato desde que decidió cambiar su curro de bombero por uno de instructor de paracaidismo. Ahora trabaja en una empresa de ocio haciendo lo que más le gusta: saltando a diario sobre la famosa palmera artificial Al Jumeirah, construida sobre el mar del Golfo pérsico. Solo tiene que llevar consigo a turistas que pagan muy bien el servicio, es un sueño hecho realidad.

Dos Porsches, así para empezar a conocer Dubai. / (C) Lola Hierro.

Ángel me salvó, sino la vida, la columna vertebral, ya que me ofreció su casa para dormir y para que no tuviera que pasar la noche en el aeropuerto. Hicimos un ejercicio mutuo de confianza y salió bien. Ahora tengo un amigo nuevo en Dubai que se tira en paracaídas. Y él tiene una amiga para lo que le haga falta.

Segundo electroshock

Turistas observan un escaparate del zoco del Oro. / (C) Lola Hierro.

Mujeres en el zoco Naif. / (C) Lola Hierro

Mujeres comprando trapillos. / (C) Lola Hierro

Dubai me gusta para un ratito. Existe una ciudad diferente a la de los rascacielos y centros comerciales de lujo. Busqué zocos, y vi el del Oro con ese anillo-más-grande-del-mundo avalado por el Guinness y que pesa 63 kilos. En el de las especias no compré ninguna, sino un bolsito minúsculo para llevar los dineros a un chico indio, de Kerala. El primer indio que conozco. El zoco más interesante es el llamado Naif. No hay turistas, solo mujeres de negro de los pies a la cabeza cuyos vestidos solo les dejan los ojos al aire. Iban y venían entre las tiendas, comparando precios y probándose vestidos iguales a los que llevaban: unos con más oros, otros con bordados, otros con pedrería… pero todos igual de agobiantes. Esta aceptación de lo que a mi me resulta una restricción clara a la libertad de una mujer fue mi segundo electroshock.

La vida en el Dubai de antes. / (C) Lola Hierro.

 

En los bazares del barrio tradicional de Al Bastakiya los tenderos me llamaban Shakira o Margarita, no sé por qué. Son zocos que no ofrecen ningún producto espectacular que no haya visto ya en Turquía, Marruecos o similar, pero aún así tienen su encanto, sobre todo por el personal: paquistaníes, indios, filipinos… hay comerciantes de muchos países distintos que te aseguran que su mercancía es mejor que la de cualquiera. Todos ofrecen bolsos de marca, gafas de sol y relojes de marca, camisetas de marca… la marca es lo que importa. Aunque a ti te importe tres pitos.

 

Tercer electroshock

Señoruco embarcado. / (C) Lola Hierro

Abras esperando pasajeros. / (C) Lola Hierro

Las casitas del otro lado del Creek. / (C) Lola Hierro.

He buscado el Dubai primigenio, el pequeño puerto comercial de hace un siglo. Lo encontré sin mapa, sin guía de viajes y sin batería en el móvil; solo pateando y preguntando aquí y allá. Embarcar en un abra (barquito tradicional de madera) y cruzar la lengua de agua que separa los dos barrios tradicionales de Dubai fue mi tercer electroshock. La brisa acaricia tu cara como una bendición en medio de tanto calor, huele a mar, los antiguos edificios de dos plantas saludan desde la otra orilla, los barqueros van y vienen cargados de viajeros… Esto, sin duda, es de los mejor es lugares del emirato.

 

Cuarto electroshock

Atardecer en la playa de Al Jumeirah con el Burj Al Arab. / (C) Lola Hierro.

Precioso atardecer dubaití. / (C) Lola Hierro

El metro de Dubái vuela. Es como un cubito de hielo supersónico. Hace tanto frío que acabas poniéndote un jersey. Abrigarse en el desierto, qué cosa más peculiar.

El metro vuela y te transporta por una vía construida sobre las carreteras de un extremo a otro del emirato, que es estrecho y alargado. Pasas de las casas bajas a los inmensos rascacielos en un santiamén. Volando llegas hasta la playa de Al Jumeirah, en concreto al trozo pegado al hotel Burj Al Arab, el más lujoso del mundo. Desde lejos se ve como un inmenso velero. De cerca no tengo ni idea. Tienes que oler a dinero para entrar allí.

Las ocho de la tarde es un buen momento para jugar. (C) Lola Hierro.

Esta playa de Dubai es una maravilla. Arena blanquísima, agua impoluta a temperatura ideal –para algunos seguro que demasiado caliente, yo soy feliz si no me da mucha impresión al entrar-. En la orilla corre el viento, un viento suave que te pone de buen humor después del calor insoportable que se sufre en la ciudad. La puesta de sol no es la esperada en una playa del desierto. Yo la imaginaba llena de naranjas, de amarillos y de rojos. Pero es rosa, turquesa y plata, es una puesta de sol a las Mil y una noches. El Burj Al Arab hace compañía, a lo lejos. Quienes estén ocupando sus habitaciones de mil euros por noche seguro que no son, ni de lejos, tan felices como los niños que a estas ocho de la tarde aún están rebozados en la arena y jugando con cubos y palas.

 

Quinto electroshock

Las fuentes de Burj El Khalifa. / (C) Lola Hierro.

Turistas fotografiando las fuentes a muerte. / (C) Lola Hierro.

Cae la noche en Dubai. Y cuando esto ocurre, algo nace. Nacen las fuentes de la plaza Burj El Khalifa, situadas a las puertas del edificio del mismo nombre, que también es el más alto del mundo. Sorprende la poca iluminación que gasta para la importancia de la que goza. Abajo, como hormiguitas, los mortales nos apretujamos para ver el espectáculo de música, luces y chorros que cada noche ofrecen estos gigantescos surtidores. Empieza la magia. El agua cobra vida propia, sube y baja y se arquea como una bailarina. Los presentes hacemos fotos a todo trapo. Y al final, aplaudimos. Los sonidos árabes, los metros y metros de agua en ascenso y caída libre y el bonito juego de iluminación, con los rascacielos de fondo, nos hacen pensar que tenemos una vida más opulenta que la que de verdad. La mayoría estamos en un escenario que no nos corresponde, pero soñar es gratis.

 

Sexto electroshock

Ciber cafeteando. / (C) Lola Hierro.

Acuario en el Dubai Mall. / (C) Lola Hierro

Mejor tienda de chuches del mundo. / (C) Lola Hierro.

Esos aires de grandeza sobrevienen de forma inconsciente, y aumentan exponencialmente cuando recorres algún centro comercial de Dubai. El Dubai Mall es el más grande del mundo, es tan, tan inmenso que dentro cabe una pista de hockey sobre hielo y un acuario de dos pisos de alto, por ejemplo. Tiene un espacio llamado Zoco que es una recreación de un mercado tradicional pero de lujo. Y otro que se llama The Village y parece un pequeño pueblecito donde cada casa es una sucursal de una marca de vaqueros. Y un área solo de zapaterías donde Imelda se volvería loca. Desde el buzón de correos en el que envié una postal a casa hasta la boca del metro tardé una media hora a pie. Siempre por galerías, pasillos y plazoletas repletas de tiendas y restaurantes de todo tipo: las que conocemos en España y otras tantas. Hay unas galerías Lafayette parisinas. Hay un espacio enorme donde SOLO venden chocolate, my god. Me pregunto cuándo desembarcará El Corte Inglés y me extraña no haber encontrado ningún negocio de Inditex, pero seguro que estaban. Esta oda al consumismo fue mi cuarto electroshock. Tanta opulencia agobia.

 

Séptimo electroshock

Srilanqueses amigables. / (C) Lola Hierro.

Mi almuerzo srilanqués. / (C) Lola Hierro.

La última descarga la encontré en un barecito de comida srilanquesa. Buscaba algo moruno para comer. Un puestecito de comida libanesa, por ejemplo. Pero acabé en un srilanqués. Establecimiento cochambre, como manda la tradición, con excelente servicio y excelente comida bien picante, claro que sí. Me hicieron la típica del turista: no recordé pedir que fueran moderados con las especias y cuando me lloraban los ojos al comer ese thali exótico, los camareros, el dueño y el resto de comensales (todos srilanqueses, me dijeron) se echaron unas buenas risas a mi costa. Pero sin cortarse, eh. A mandíbula batiente. Pese a todo, fue un momento encantador y disfruté muchísimo de esa receta difícil de pronunciar y casi imposible de masticar. Séptimo electroshock: qué bonito es encontrarse en situaciones inesperadas y conocer a personajes como este grupito de srilanqueses.

 

Octavo electroshock

Zocos dubaitíes. / (C) Lola Hierro.

Placitas escondidas en el barrio de Al Bastakiya. / (C) Lola Hierro.

Callejón del hinduísmo. / (C) Lola Hierro

El octavo vino gracias a la casualidad, gracias a que iba perdida como una cabra en un garaje, o como una cabra montesa en un desierto. Recorrer el barrio de Al Bastakiya y perderse entre callejones llenitos de casas con los llamados captadores de vientos, que eran un sistema muy curioso que servía para refrigerar las casas. Cuando no sabes hacia dónde ir ni por dónde volver, te da igual la ruta que tomar, y así es como puedes acabar en un estrecho callejón lleno de tienditas con parafernalia hindú que terminan en un templito disimulado en el interior de un piso destartalado. Y sus fieles, entrando saliendo discretamente. Por descubrimientos así es divertido perderse en una ciudad: acabas encontrando rincones que no salen en los mapas, y generalmente, son los mejores.

Nos hablamos desde Bombay…

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