Dos buscavidas le sacan partido al síndrome de Diógenes, por @tv_acida

Pongámonos en situación. Un programa televisivo en clave de reality: American Pickers. Mike Wolfe y Frank Fritz son dos cazadores de tesoros del siglo XXI, dos buscavidas que regentan una tienda de antigüedades en Le Claire, Iowa. Allí está su centro de operaciones y la chica de la historia, Danielle, compañera de negocios que pone sobre la pista a este dueto de Indiana Jones del asfalto para que den con su Vellocino Dorado. El caso es que el vellón del carnero alado Crisomallo tiene forma de todo tipo de cachivaches, de objetos datados en los años 50 del siglo pasado... y de ahí, para atrás. Como es lógico, cuanto más polvoriento y antiguo, más “parna para el artista”. Ahí están los dólares, en antiguos carteles, bombas de gasolinera, luminosos, carricoches, biciclos y un largo etcétera.

El enjuto y espigado Mike y en rollizo y barbudo Frank recorren todas las carreteras habidas y por haber de Estados Unidos con el anhelo de toparse con esa granja formada por varios pajares en los que su dueño, cual Alí Babá, acumule el botín de una vida colecciona que te colecciona; esa casa de campo en la que anexos se encuentran dos hangares colmados de puntas de flechas indias, herraduras, minúsculos juguetes de chapa, bajillas de la Guerra de Secesión o asquerosas latas de aceite de automóvil. Oh, sí, esto es para Fritz como un collar de Tiffany’s para Holly Golightly. Este tipo de latas hacen salivar al ínclito Frank, acercándole al orgasmo televisado. Pero, aunque ellos se enorgullecen de descubrir y convencer a coleccionistas de toda la nación para que les vendan sus más preciados tesoros, la realidad dista de ser tan romántica y aventurera.

Las personas con las que se entrevistan Mike y su camarada de pesca en seco se jactan de ser coleccionistas que han formado sus interminables listados a golpe de comprar y comprar, de rebuscar y rebuscar, o de tropezarse por casualidad con esto o aquello, a lo largo de una vida de pasión por lo antiguo. Algunos son octogenarios, y cuando empezaron a apilar objetos, estas piezas, utensilios o vehículos eran cosas recién salidas al mercado. Sin embargo, despojemos a la palabra coleccionista de su velo de elegancia, de erudición, tal vez de ese esmero por cuidar lo valioso. Hay poco de ello aquí, pues los dueños de tanta memorabilia retro suelen despreocuparse del estado de la misma con el paso de los años.

Está el que tiene centenares de motocicletas, de décadas y décadas pasadas, reunidas todas en un extenso trozo de bosque que linda con su vivienda; eso sí, no las cubre con plásticos y parece no importarle que les llueva, nieve o les caiga un sol de justicia. Así, poco a poco, y con el paso de los quinquenios, sus cuerpos se oxidan, terminando cual basura que forma parte de la vegetación, ruedas entre cuyos radios se abrazan todo tipo de enredaderas, asientos desconchados de los que nacen extrañas flores. También se da el caso de aquel individuo que ha llegado a trasladar escuelas de época enteras, vagones de trenes de mercancías, edificaciones de cuando el simpático abuelete sólo era un renacuajo o incluso una hamburguesería de un cadena empresarial hoy olvidada; un tipo que luego se monta su pueblo de “mírame y no me toques” alrededor de su casucha, una seudo choza que da pena verla. Pero él tan contento, al menos se ha podido trae a casa una pop luncheonette cincuentas en la que jamás podrá comer un mísero perrito caliente o una ensalada de col. ¡Bravo!

por Sergio Guillén

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