¿Dónde está Francisco?, por Javier Astasio





Admito que ayer, cuando supe del duro informe de la ONU a propósito de los abusos a menores dentro de la iglesia católica y hasta que ésta se pronunció, abrigué la esperanza de que, por fin, el Vaticano asumiese su tremenda responsabilidad en crímenes tan execrables y pusiese a disposición de la justicia de los hombres -no conozco otra, por imperfecta que ésta sea- a los responsables de tanto horror, incluidos los encubridores, tanto o más culpables que los mismos abusadores, amén de hacer frente a las indemnizaciones que compensasen tanto daño moral y físico a las víctimas.

Vanas esperanzas las mías, porque, ya no me cabe duda, la iglesia es en sí misma una superestructura incapaz de evolucionar, que se cierra sobre sí misma como las cochinillas de las que se extrae la púrpura que distingue a sus cardenales e incapaz de asumir culpa alguna, quizá porque desde hace siglos se viene atribuyendo la potestad de administrar en nombre de una entelequia la justicia y el perdón. Una justicia y un perdón que, pese a las escrituras, imparte desde la parte ancha del embudo o el mango de la sartén, adivinando pajas en ojos ajenos e ignorando capillas sixtinas en los propios.

No es de extrañar, pues, que el ambiente en los pasillos y salas del Vaticano sea tan asfixiante como ara que el papa Francisco haya elegido vivir fuera de él. Bajo las alfombras de la suntuosa sede de la que debiera ser la iglesia de los pobres debe haber toneladas de polvo hediondo. Todo el polvo acumulado después de siglos ocultando las vergüenzas de una curia que se ha movido de escándalo en escándalo, especialmente los que tienen que ver con la cartera y la bragueta.

Cuentan que Benedicto XIII abandonó la viña que el señor le había encomendado, horrorizado y acobardado ante tanta inmundicia como descubrió. Se llegó a hablar, incluso, de una red dedicada a suministrar "carne joven" a un sector de la curia "enfermo" de pederastia. Luego está claro que el mal existe y que estaba diagnosticado, pero está claro también que nadie hay, por el momento, capaz de aplicar el tratamiento adecuado ni, mucho menos, la cirugía que parece ser el único remedio para un cáncer que, en tiempos en que la potencia difusora de las redes hace insostenible la rancia estrategia de barrer bajo las alfombras tanta miseria.

He de confesar que por momentos llegué a pensar que la denuncia presentada por víctimas de abusos en México, acusando al Vaticano de crímenes de estado ante los tribunales internacionales, formaba parte de una estrategia compartida, iluso de mí, por el propio papa Francisco, que encontraría así un punto de apoyo para dar el paso decisivo que permita, por su bien, lavar la imagen de la iglesia católica. Lo pensé y me equivoqué. Como me equivoqué ayer cuando escribí en Facebook que Francisco tenía en el informe de la ONU su gran oportunidad para hundir el bisturí en el envejecido cuerpo de su iglesia  para extirpar el hediondo tumor de a pederastia.

Me equivoque, porque la respuesta dada por el Vaticano al durísimo informe de la ONU fue la de siempre. No hubo explicaciones, no hubo excusas, no hubo defensa, sólo hubo un ataque en toda regla a la ONU, acusando al organismo que, bien o mal, representa a las naciones del mundo, de coartar su libertad.

La respuesta me sonó a déja vu y me supo rancia. Por eso me pregunté y me pregunto dónde está ese papa nuevo y progresista, dónde está la esperanza de renovación de la iglesia católica. En fin, dónde está Francisco.



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